Misión de la universidad
La catedrática de Ética apuesta por la candidatura de Juan Luis Gandía como rector de la Universitat de València
La Universidad es una institución esencial de las sociedades modernas, un “invento” del que europeos y latinoamericanos podemos estar muy satisfechos, porque nació en Europa, se extendió por América Latina y sólo más tarde por Estados Unidos y el resto del mundo. Potenciarla por su inestimable relevancia para la vida de nuestra sociedad local y global es de primera necesidad.
La Universitat de València está convocada el próximo 3 de marzo para elegir Rector o Rectora y también a su equipo de gobierno. Una ocasión que lleva a reflexionar sobre las metas que dan sentido a la vida universitaria y deben encarnarse en ella. Las leyes y las instituciones han de estar al servicio de esas metas facilitando alcanzarlas, y no es de recibo instrumentalizarlas con otros fines. Por eso importa preguntar: universidad, ¿para qué?, ¿cuál es –por decirlo con Ortega- la misión de la universidad? Y, muy especialmente, ¿cómo cumplirla en la nuestra?
Esta pregunta sólo puede contestarla satisfactoriamente un equipo excelente y bien articulado que haya elaborado sus propuestas desde el diálogo con los distintos sectores de la sociedad y la universidad, escuchando sus necesidades y expectativas legítimas y tratando de bosquejar las mejores respuestas. Comprometerse a trabajar responsablemente para satisfacerlas en lo posible es el siguiente paso.
Este modo de actuar desde un equipo sólido, con investigadores y docentes sobradamente reconocidos en cada uno de sus ámbitos, sean ciencias, técnicas o humanidades, pero conscientes de que el grupo es más que la suma de las partes y que en él está la fuerza, es el que caracteriza al equipo de Juan Luis Gandía. Y es el modo de ejercer la gobernanza que proponen para nuestra universidad desde la transparencia, el diálogo y la deliberación. Por eso creo que apostar por esta candidatura es la mejor opción para tratar de alcanzar las metas de nuestra universidad en un mundo tan complejo.
Esas metas serían tres al menos: la formación de profesionales excelentes, de la que empezó a ocuparse ya la universidad medieval, la formación de una ciudadanía democrática, abierta realmente al diálogo crítico y argumentado, herencia de la Universidad Humboldt, y el impulso universalista hacia una sociedad cosmopolita y multicultural de personas con sentido de la justicia y sentido de la compasión, en que nadie quede excluido. Esa universidad es la que ha merecido ser reconocida como “una universidad con alma”. Una universidad que, además de figurar en los ránquines universitarios, toma como motor los valores éticos que le dan sentido.
Formar profesionales dispuestos a poner las tecnologías al servicio de la meta de la profesión, y no meros técnicos, sigue siendo indispensable, aunque los perfiles se han multiplicado y es preciso actualizarlos. Esa meta se ha llamado el bien interno de la profesión, el que le da sentido, para distinguirla de los bienes externos que también se consiguen con ella, pero pueden alcanzarse con otras actividades. Bienes externos son, por ejemplo, el dinero, el prestigio y el poder, que son necesarios para vivir, pero nunca deben sustituir a los bienes internos, porque en ese caso se corrompe la actividad.
Por su parte, la Universidad Humboldt entiende que la universidad es universitas scientiarum, totalidad de los saberes, entre los que existe una unidad. Las tareas de la actividad universitaria serían entonces tres: el entrenamiento en la búsqueda de la verdad, generando hábitos de investigación, porque los seres humanos somos verdávoros; la transmisión de conocimientos, sabiendo que evolucionarán; y la discusión abierta y crítica en la comunidad de los que aspiran a la verdad.
Se genera así una forma de vida que arrumba dogmatismos y fundamentalismos, porque todo puede someterse a crítica, todo debe argumentarse. La universidad es el lugar de la libre expresión, de la libre opinión y la libre convicción, y el lugar en que se aprende a defenderlas con argumentos en que deben unirse razón y corazón. Afortunadamente, vivimos en una sociedad pluralista y el pluralismo es un hecho y una riqueza que urge fomentar.
La universitas del siglo XXI tiene por horizonte la humanidad, porque somos humanos y nada de lo humano puede resultarnos ajeno. Misión de la Universidad es entonces proporcionar a las sociedades conocimientos, pero también sabiduría auténtica para proyectar el presente y el futuro desde la aspiración a lo justo y a lo bueno.
Creo que la solidez del equipo de Juan Luis Gandía y la coherencia del programa de gobierno que propone para alcanzar en nuestra universidad las metas que le dan sentido infunden confianza, que es la piedra angular de la vida compartida. La centralidad del alumnado, la propuesta de una gobernanza democrática, basada en la deliberación, el compromiso de no dejar a nadie atrás y eliminar la aporofobia, son piezas clave.
Y si consiguen reducir la burocracia, que está envenenando las universidades y matando la vida, merecerán un monumento junto a Luis Vives en ese muy querido claustro de la Nau, en el que algunos de nosotros empezamos nuestra vida universitaria.
Adela Cortina es catedrática emérita de Ética y Filosofía Política de la Universitat de València.