El Último de la Fila: entre dos aguas bajo la lluvia
El grupo reapareció en Barcelona con un concierto para la interiorización y el desahogo en un Olímpic colmado. El jueves repiten
Bajo una tenue e irregular lluvia, en un Estadi Olímpic que recibía a sus héroes de proximidad tras media vida de ausencia, quedó claro qué razón ha demandado su regreso: Manolo y Quimi se lo pasan en grande sobre un escenario. No hay vuelta de hoja. Ellos, que en sus años de gloria siempre fueron renuentes a los grandes recintos, que sólo pisaron en compañía, junto a Tina Turner y Sopa de Cabra en el mismo lugar o en la Mercè de 1.986, revivieron lo que es tener una multitud que te admira bajo los pies, la sensación de plenitud que debe transmitir algo tan frío como los números. Claro está, una multitud es algo más que un número, incluso más que una nostalgia que tampoco afloró hasta hacer pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor; una multitud es el eco de unas canciones, la materia viva que refleja y reenvía la música de vuelta al escenario. El público disfrutó, pero si hay alguien que lo hizo en mayúsculas fueron esos Manolo y Quimi que volvieron para ser lo que un día fueron, hace tiempo, cuando los tiempos eran otros. Fue su primera gran noche en Barcelona. El jueves repiten.
Público mayor en el estadio, pero sin muchas personas en la edad de la pareja que volvía a ser de hecho. Es probable que para muchas de las personas allí presentes, bajo un cielo encapotado, aquel fuese el primer concierto de El Último de la Fila, y lo que se encontraron fue un grupo que no quiere ser muy diferente de lo que fue. Es más, en cierta medida Manolo hasta rozó la sobreactuación brindando campechanía, no guareciéndose de la lluvia para mojarse como uno más, tirando de albornoz como capa de cómico héroe de pueblo para cubrirse, negándose a que un operario le secase el suelo para evitar unos resbalones a ciertas edades desaconsejables, empujando a lo loco un sofá en el que brevemente se sentó y que acabó cayendo del escenario y soltando tacos encadenados hasta la redundancia. Es cierto que más vale un buen taco que una mala úlcera, pero su proliferación mostró o bien nervios o bien un atajo para hacerse pronto con una multitud a la que jaleó con denuedo. Por su parte, Quimi estuvo como siempre en el grupo, en un segundo plano que no permitió comprobar ese humor socarrón que ha lucido durante los 30 años en los que ha pateado salas pequeñas en su papel de “astro intercomarcal”, cuando los estadios eran para él lugar donde se va a ver deporte. Si es que es de esos.
Y desde la inicial Huesos hasta la final El rey, también pieza de cierre en los conciertos de Manolo en solitario, se ofreció lo prometido, un repaso a una discografía que giró el cuello de la música española en los 80-90, entre el hedonismo de la “Movida” y el ensimismamiento “indie”. Y esas canciones se vivieron en el estadio como se viven las cosas que han dejado huella, más bien para adentro. Por ejemplo, ya en los bises, momento álgido de cualquier concierto, sonaba Ya no danzo al son de los tambores y el público, sentado en las gradas o de pie en la pista, la cantaba quedo, como el bisbiseo de una confesión, construyendo la banda sonora de una ristra de recuerdos demasiado personales para ser compartidos a voz en grito. Fue una tónica del concierto, el contraste entre momentos de euforia propios de Sin llaves, Aviones plateados o El loco de la calle, por citar ejemplos del primer tramo de la noche y momentos de sosiego como en Mar antiguo, con los móviles haciendo de mecheros o Disneylandia, con Manolo sentado en el sofá luego despeñado. También hubo algún tema de respuesta híbrida, caso de Querida Milagros, coreada pero no bramada, Soy un accidente, con protagonismo de los coros o La piedra redonda, donde parte de la letra se interiorizaba pero su uh-uh-uh-uh se extendía como la humedad de la noche y el estribillo se gritaba.
A todo esto Manolo, que en Lejos de las leyes de los hombres y Dulces Sueños portó una especie de bastón, que igual resulta ser un elemento percusivo, objeto antropológico o un recuerdo albaceteño, se mostró en una espléndida forma vocal, no escatimando requiebros, ni subidas de volumen, como quien no ahorra nada para el mañana. Estaba pletórico en su hoy de ayer, en su constante vaivén, con esa forma tan particular de escenificar físicamente sus canciones, a golpe de brazos y gesto medio aflamencado. Salió con gafas oscuras de estrella de rock, ¿ironía?, que no le pegaban y rápidamente desaparecieron. Como su pañuelo, ya agitado en mano con El loco de la calle. Quimi, camisa de ir a la compra y gafas ahumadas, no paró de sonreír y volver a colocar esos riffs de guitarra que son parte del alma del grupo, al que él insufla desvarío tribal. Hablando de guitarras, Manolo vino a confesar que Sara García es su hija, momento en el que la joven guitarrista ganó protagonismo notable en las pantallas, e inició con su guitarra Sara, tema que Manolo dijo ella le había inspirado. La banda, con el perfil flamenco de la guitarra de Pedro Javier González, la eléctrica de Josep Lluís Pérez y los teclados, tan morunos en ocasiones, de Juan Carlos García, llevó la pauta de Antonio Fidel y Ángel Celada, metrónomos con alma, y sonó bien y compacto. Tenían ganas de estar juntos otra vez.
La escenografía fue la típica de un grupo que no cree se explica mediante luces y cachivaches, sólo con su música. Es pues una suerte de peaje y tuvo onda albornoz de superhéroe, con pollos a l’ast, vacas, peces, “marcianitos” de época, fotos de juventud de los protagonistas y frases humorísticas tipo “Vendo Opel Corsa”, “Catarsi col·lectiva” o “Compro oro”, quitando así hierro al torpedo que para cualquier modestia representa tener a 56.000 personas –todo Calahorra, sus dobles y 7.000 más- entregadas y exprimiendo cada palabra de Cuando el amor te tenga, Canta por mí o Lápiz y tinta. En un concierto en el que se repartieron recuerdos y saludos a agricultores, pescadores y autónomos, a Quim Monzó, a Irán, añadido a la letra de Conflicto armado en lugar de Irak, a los músicos que como Llach, Ia i Batiste, Sisa o Pau Riba inspiraron a Manolo y Quimi, la apoteosis absoluta llegó con Como un burro amarrado en la puerta del baile, una rumbita había de ser, e Insurrección, tema que aún hoy ejemplifica el espíritu de un grupo que nació del fracaso para dejarlo atrás sin querer olvidarlo.