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Explicar, explicarse

El ‘No a la guerra’ no debería tomarse como un simple eslogan para animar mítines. No es una jugada táctica, es política de fondo

Pedro Sánchez con el lema del No a la Guerra.Emilio Fraile

A la mayoría de los políticos se les recuerda por una sola frase. Bueno, a la mayoría simplemente no se les recuerda. Los que tienen suerte son recordados por una sola frase. Si tienen más suerte aún, la frase en cuestión no es un gazapo, o un tropiezo. Hay políticos a los que se recuerda incluso por más de un gazapo. Rajoy, por ejemplo. Pich i Pont, su precedente, sólo recordado por una excelsa minoría. Rafel Campalans, fundador de la Unió Socialista de Catalunya, es de esos políticos con suerte, por haber sido el autor de una frase que le ha sobrevivido, y gracias a la cual su figura no ha d...

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A la mayoría de los políticos se les recuerda por una sola frase. Bueno, a la mayoría simplemente no se les recuerda. Los que tienen suerte son recordados por una sola frase. Si tienen más suerte aún, la frase en cuestión no es un gazapo, o un tropiezo. Hay políticos a los que se recuerda incluso por más de un gazapo. Rajoy, por ejemplo. Pich i Pont, su precedente, sólo recordado por una excelsa minoría. Rafel Campalans, fundador de la Unió Socialista de Catalunya, es de esos políticos con suerte, por haber sido el autor de una frase que le ha sobrevivido, y gracias a la cual su figura no ha desaparecido del todo. Campalans dejó escrito: “Política és pedagogia”. Breve y contundente, como deben ser las frases recordadas de los políticos olvidados.

La política es, o debería ser, ante todo pedagogía. El político es alguien que debe explicarse ante la ciudadanía. Debe actuar, obviamente, pero a la vez debe explicar las razones que le llevan a tomar las decisiones que toma, si quiere que esas acciones sean comprendidas, y aceptadas, por sus conciudadanos. La buena política se explica, la mala política se impone o, peor, se comunica, es decir se emite como eslogan vacío.

Cuando un político explica sus decisiones está tomando a la ciudadanía por adulta, está considerando que tiene capacidad para entender los argumentos que le expone, y a la vez se expone a sus críticas, se abre al debate. Al hacerlo, refuerza la democracia, ese lazo invisible que ata al representante con sus representados y con el conjunto de la sociedad.

La recuperación del No a la guerra por parte del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, puede considerarse una buena jugada para girar el eje de la conversación pública a su favor, aprovechando la terrible circunstancia bélica en Oriente Próximo. También es una postura arriesgada en un contexto internacional que se mueve en la lógica de la adulación al nuevo emperador por parte de prácticamente toda la clase política mundial. A la vez, es una decisión impulsada por un resorte moral intachable, como lo fue la oposición a la limpieza étnica impuesta por el gobierno israelí a la población de Gaza.

En cualquier caso, la decisión de Sánchez es de esas que merece ser explicada, pedagógicamente, a la ciudadanía española. No sólo porque han pasado veintitrés años del original no a la guerra, lo que limita su efecto pavloviano (o de madalena de Proust) a sólo una parte del cuerpo electoral. Según los datos más recientes del INE, uno de cada cuatro de los electores potenciales de hoy tenían menos de quince años en 2003.

Pero más allá de esto, Sánchez debería explicarse porque la ocasión lo merece y porque vale la pena hacerlo. El No a la guerra no debería tomarse como un simple eslogan para animar mítines. No es una jugada táctica, es algo más. Es política de fondo y, por ello, merece una explicación por parte de quien la decide. Nos lo merecemos.

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