Política de la resignación
Resulta imperativo recuperar la capacidad de intervenir antes de que el desorden se instale como norma
Un periodista norteamericano me preguntó una vez qué palabra representaba mejor a mi país. Respondí sin titubear: resignación. Pensaba entonces en los altos niveles de paro, en la erosión de las políticas públicas, en esa quietud densa que se instala cuando la apatía se vuelve costumbre. No solo en la sociedad civil, también en la clase política. No imaginé hasta qué punto esa palabra terminaría describiendo el clima moral de estos días.
Hace unas s...
Un periodista norteamericano me preguntó una vez qué palabra representaba mejor a mi país. Respondí sin titubear: resignación. Pensaba entonces en los altos niveles de paro, en la erosión de las políticas públicas, en esa quietud densa que se instala cuando la apatía se vuelve costumbre. No solo en la sociedad civil, también en la clase política. No imaginé hasta qué punto esa palabra terminaría describiendo el clima moral de estos días.
Hace unas semanas, volviendo de una sesión de trabajo, cancelaron un vuelo de Bilbao a Barcelona sin explicación alguna. Horas de espera hasta que la única alternativa fue un autobús improvisado hacia el aeropuerto. Ocho horas de trayecto en silencio. Ni una queja, ni un botellín de agua. Nadie levantó la voz.
Días después, empezando una reunión, una colega escribió por WhatsApp: “No me esperéis, estoy en el AVE de Madrid a Barcelona y nadie sabe cuándo llegaremos”. No hablo de los días posteriores a los accidentes de Adamuz y Gelida; hablo de ayer mismo. Nadie se sorprendió: nunca se sabe a qué hora llegarán los trenes de alta velocidad. Parece que hemos incorporado la incertidumbre como si fuera un rasgo natural del paisaje.
La situación es mucho más dura para las 400.000 personas que usan Rodalies. No solo ignoran a qué hora llegarán: a menudo ni siquiera saben si su tren saldrá. Y han visto muy aumentado el tiempo de sus trayectos, con enorme coste para sus vidas. Y, sin embargo, a la manifestación convocada para exigir un transporte digno en Barcelona acudieron apenas 8.000 personas. La desproporción es elocuente. Y la pregunta latente: ¿Cómo podemos aceptar esta indignidad?
Vivimos como si lo excepcional se hubiera vuelto norma. Cuando el entorno se percibe incontrolable, aparece la indefensión: la convicción íntima de que nada cambiará, hagamos lo que hagamos. Esa indefensión aprendida paraliza la acción y erosiona la expectativa de futuro. Hannah Arendt relató que, cuando la resistencia francesa llegó al campo de concentración donde estaba prisionera con otras judías y les ofreció escapar, solo un 5 % aceptó. Todas sobrevivieron. El resto no creyó posible salvarse y ni siquiera lo intentó; terminaron en las cámaras de gas.
Quienes viven en contextos que perciben como incontrolables se vuelven pasivos, asumen la irreversibilidad de lo que ocurre y pagan un grave peaje emocional. Creo que ese mecanismo está operando aquí, tanto en la ciudadanía como en quienes gobiernan. A ello se suma otra forma de desconexión: viajamos con la mirada cautiva en las pantallas, protestamos individualmente en las redes, pero rara vez nos organizamos con quienes comparten nuestro vagón, nuestra fila o nuestro cansancio. Esa soledad acompañada refuerza la inercia.
El eco de Indignaos de Stéphane Hessel suena hoy distante, pero sigue marcando un rumbo: frente a la indiferencia y la derrota, moverse. En aquel 2010, la crisis impulsó movilizaciones y los gobiernos despertaron bruscamente de su resignada autocomplacencia. Resulta imperativo recuperar la capacidad de intervenir antes de que el desorden se instale como norma; actuar radicalmente o el caos decidirá por nosotros.