Los regalos que no traerán los Reyes Magos
Las políticas públicas no solo dependen de datos, sino de emociones, sesgos y tendencias sociales; y cuando se deciden sin reflexión profunda generan más exclusión, resentimiento y polarización
Los Reyes Magos están de camino, una metáfora colectiva de nuestros deseos infantiles, un símbolo de nuestros deseos adultos. Pedimos regalos, pero también cambios políticos y sociales que esperamos lleguen con el nuevo año: soluciones rápidas, decisiones contundentes, líderes fuertes… pero rara vez calculamos las consecuencias. No se nos ocurre que calmar nuestra inquietud vital vaya a significar atraer peores servicios, peores políticas, peores líderes. El presidente de Estados Unidos, por ejemplo, recuerda al rey Midas quien, al convertir en oro todo lo que tocaba, destruyó lo que le rodeab...
Los Reyes Magos están de camino, una metáfora colectiva de nuestros deseos infantiles, un símbolo de nuestros deseos adultos. Pedimos regalos, pero también cambios políticos y sociales que esperamos lleguen con el nuevo año: soluciones rápidas, decisiones contundentes, líderes fuertes… pero rara vez calculamos las consecuencias. No se nos ocurre que calmar nuestra inquietud vital vaya a significar atraer peores servicios, peores políticas, peores líderes. El presidente de Estados Unidos, por ejemplo, recuerda al rey Midas quien, al convertir en oro todo lo que tocaba, destruyó lo que le rodeaba. Fue el primer aviso moral de los límites del deseo en el que posteriormente profundizó Oscar Wilde al escribir que cuando los dioses quieren castigarnos, responden a nuestras plegarias.
Somos, además, poco fiables prediciendo cómo nos sentiremos en el futuro tras conseguir un objetivo. Tendemos a sobreestimar la intensidad y duración del placer que nos proporcionará un deseo cumplido. El clásico estudio de Brickman (1978) sobre ganadores de lotería ya evidenció este fenómeno de adaptación hedónica: pasado un breve tiempo (que suele calcularse en unos tres meses), la mayoría vuelve a su nivel previo de felicidad, e incluso algunos se sienten peor. Los Reyes Magos funcionan como una proyección de nuestros anhelos, pero no son más que eso: un reflejo. Y, en consecuencia, nadie traerá lo que deseamos porque, en el fondo, depende de nosotros mismos.
Pedir acciones rápidas o soluciones simplistas a problemas complejos puede generar resultados crueles o irracionales cuando la política y la ética divergen. Aquí en Catalunya estamos viendo día tras día a inmigrantes bajo la lluvia y el frío debido a un desahucio deseado por muchos, pero sin un plan digno que evite el sufrimiento y la miseria. Un poco más lejos escuchamos a un ministro israelí proponer una prisión para palestinos rodeada de cocodrilos. La primera reacción de los funcionarios encargados de realizarla fue reírse. Después vieron que la cosa iba en serio.
Ambos casos muestran decisiones nacidas de la ansiedad y del deseo de control, con consecuencias que difícilmente aceptaríamos si miráramos de frente el dolor humano que provocan. Porque nuestra opinión importa, nuestro voto importa, mucho más de lo que a veces pensamos. Las políticas públicas no solo dependen de datos, sino de emociones, sesgos y tendencias sociales; y cuando se deciden sin reflexión profunda generan más exclusión, resentimiento y polarización.
“Quien mira hacia fuera, sueña; quien mira hacia dentro, despierta”, escribió Carl Jung. El cambio real exige examinar valores, motivaciones y someter el impulso a la razón. Reorientarnos hacia deseos conscientes y éticos en lugar de dejarnos llevar por reacciones emocionales. Nuestro propósito debe ser formular metas que integren justicia, dignidad y evidencia, no solo impulso punitivo o miedo.
Quizá el verdadero regalo de estos Reyes Magos simbólicos no sea la gratificación inmediata, sino la capacidad de introspección. En definitiva, el desarrollo de una ciudadanía que asuma la responsabilidad de sus deseos y de las consecuencias que conllevan, tanto individuales como colectivas.