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Koldo, la banalidad de la corrupción

Lo más evidente en este caso es que el protagonista del capítulo no es plenamente consciente de su papel en la obra

Koldo García declara en el Tribunal Supremo por el 'caso Mascarillas'.

El interrogatorio de Koldo García ha supuesto un giro de guion en el juicio por la trama de las mascarillas. Lo más evidente en este caso es que el protagonista del capítulo no es plenamente consciente de su papel en la obra. Sí sabía lo que hacía y por qué lo hacía, por supuesto, pero es más que dudoso que fuera consciente de la significación y relevancia de sus actos. Este episodio se podría titular “La banalidad de la corrupción”, parafraseando una vez más la expresión creada por la filósofa alemana Hannah Arendt, quien se refirió a la banalidad del mal en circunstancias mucho peores, en to...

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El interrogatorio de Koldo García ha supuesto un giro de guion en el juicio por la trama de las mascarillas. Lo más evidente en este caso es que el protagonista del capítulo no es plenamente consciente de su papel en la obra. Sí sabía lo que hacía y por qué lo hacía, por supuesto, pero es más que dudoso que fuera consciente de la significación y relevancia de sus actos. Este episodio se podría titular “La banalidad de la corrupción”, parafraseando una vez más la expresión creada por la filósofa alemana Hannah Arendt, quien se refirió a la banalidad del mal en circunstancias mucho peores, en todos los sentidos.

Fue a comienzos de los años 60 del siglo pasado, a raíz del juicio a Adolf Eichmann, funcionario del régimen nazi acusado de crímenes contra la humanidad, organizador de miles de deportaciones a los campos de concentración, especialmente los de Polonia. Obviamente, no se trata de comparar los hechos atribuidos a Koldo con aquella terrible página, sino de constatar cómo se repite el perfil de burócrata en esta otra historia. Koldo García examina con naturalidad su actuación, y nada de lo que expone le parece grave, porque todo era simple desarrollo de sus funciones auxiliares y de atención a las necesidades de su ministro, José Luis Ábalos, y de su empresario de referencia, Víctor de Aldama.

Pero es potencialmente sobrecogedor imaginar a Koldo García en el despacho que tuviera en el Ministerio de Fomento, moviendo los hilos del tráfico de mascarillas registrado durante los peores momentos de la pandemia de covid. Se ha hablado de aviones cargados de ese protector y de ocho millones de piezas en circulación, esperando caer en las manos de una u otra administración con la esperanza de hacer frente a un zarpazo cotidiano de centenares de muertos. No hay más que recordar las filas de ataúdes dispuestos en su momento en el Palacio de Hielo de Madrid.

Se pueden evocar también circunstancias tan o más conmovedoras que aquellas filas. Por ejemplo, cabe volver sobre el drama de las residencias de la tercera edad en Madrid. Mientras en los hospitales había que seleccionar pacientes, decidiendo a quiénes se daba una oportunidad de sobrevivir, y mientras miles de ancianos esperaban tener la posibilidad de ser desplazados y atendidos en centros sanitarios, algunos encontraban en la situación el escenario idóneo para el pelotazo.

Quizá Koldo no se llevara ni un euro por su papel de distribuidor de las mascarillas, reclamadas por todas las administraciones. Pero se le tuvo que remover el estómago y la conciencia asistiendo al espectáculo de un negocio tan miserable. Y al oírle hablar de ello sólo parece que aceptó sin angustia el papel de colocador de mercancía. Eso sí, comprometiendo a todo aquel que recibía la oferta de un material sanitario cuya eficacia real se desconocía, pero que todo el mundo buscaba como reducto de esperanza frente a la amenazadora extensión de la enfermedad.

Lo mismo en relación con otras actividades. Acomodar a parejas del ministro, ya fuera en pisos de alquiler o en puestos de trabajo donde no se exigiera horario, formación específica ni presencia, o buscar allende los mares —en México, por ejemplo— “señoritas” que ayudaran al jefe a relajarse, no entraría dentro de la clasificación de actos de corrupción, ni económica ni moral. Y ya queda como mera anécdota que los billetes de 500 pudieran ser “chistorras”. En el fondo, es un modo de definir su cotidianeidad. Esa cantidad puede ser una suma importante, un dineral, para mucha gente, pero para Koldo es una cifra que recuerda por su color una consumición de barra de bar, o de aperitivo; es decir, un gesto banal.

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