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Carlos Westendorp, la determinación de Europa

El exministro fue el diplomático ‘total’, desde su entrada en la carrera diplomática en 1964, hasta su despedida del Club de Roma en 2017: ningún profesional ha tenido ni tendrá ese currículum vitae

El secretario general del Consejo de Europa, Marcelino Oreja, el presidente del Senado, Federico de Carvajal, y el embajador ante la CEE, Carlos Westendorp (de derecha a izquierda), en la sesión inaugural del Parlamento Europeo, el 3 de enero de 1986.J. CARLOS MARTÍN (EFE)

Carlos Westendorp y Cabeza, fallecido este lunes a los 89 años, ha sido el diplomático más poliédrico y total de España desde el advenimiento de la democracia. Fue cónsul en São Paulo (Brasil), consejero económico y comercial en La Haya, negociador con las Comunidades Europeas (CE) ya en la época de Franco, director del gabine...

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Carlos Westendorp y Cabeza, fallecido este lunes a los 89 años, ha sido el diplomático más poliédrico y total de España desde el advenimiento de la democracia. Fue cónsul en São Paulo (Brasil), consejero económico y comercial en La Haya, negociador con las Comunidades Europeas (CE) ya en la época de Franco, director del gabinete técnico del ministerio de Industria, secretario general en la secretaria de estado de las CE, secretario de estado de la Comunidad Europea y posteriormente de la Unión Europea, ministro de Asuntos Exteriores (1995-96). También ocupó sucesivamente los puestos de embajador de España ante la CE, ante las Naciones Unidas en Nueva York, y en Washington.

El secretario general de las Naciones Unidas lo designo su Alto Representante en Bosnia-Herzegovina cuando había que crear un nuevo Estado en medio de un conflicto étnico brutal. Diseñó el Banco Central, la Administración, la moneda e incluso la bandera de dicho nuevo país. Su gestión fue muy eficaz, sentó las bases del Estado bosnio y apaciguó los rescoldos de la guerra.

Posteriormente el PSOE lo incluyo en sus listas al Parlamento Europeo, siendo eurodiputado en la legislatura 1999-2003. Al jubilarse en el 2007 fue nombrado secretario general del ”Club de Madrid”, donde trabajó hasta el 2017 cuando finalizó su mandato. Se trata de un organismo creado en 2001 a iniciativa de Felipe González, del que son miembros más de 100 ex primeros ministros. Ese selecto club ha luchado por la democracia y la paz ocupándose de los temas más vidriosos de la agenda internacional (migración, conflictos territoriales y étnicos, cambio climático…). Westendorp ocupó incluso una vertiente autonómica, la de diputado por el PSOE de la Asamblea de Madrid.

Fue presidente del Grupo de reflexión de la UE creado en el Consejo Europeo de Corfú, que aprobó en 1994 el mandato para la negociación del tratado de la UE de Ámsterdam (1996-1997) y asesor principal del presidente Felipe González para el Grupo de la UE 2020-2030 en el 2010. Siempre estuvo en los foros donde se ponían las luces largas sobre el futuro de Europa.

En suma, fue el diplomático total, desde su entrada en la carrera diplomática en 1964, hasta su despedida del Club de Roma en 2017. Ningún profesional ha tenido ni tendrá ese currículum vitae.

En cuanto a su fortaleza y firmeza baste recordar la última cena de los ministros de Asuntos Exteriores de la UE en diciembre de 1991, unos días antes del Consejo Europeo donde se negoció y aprobó el Tratado de Maastricht, que creó la moneda única.

España había propuesto la creación de un nuevo Fondo de Cohesión para los países que tuvieran una renta per cápita inferior al 90% de la media comunitaria, donde toda España sería elegible y no solo las regiones del objetivo 1 (menos del 75% de la renta media comunitaria). Con ello, Cataluña, Navarra, País Vasco, Rioja y Madrid recibirían cuantiosos fondos también. Había una fuerte oposición a tal propuesta. En esa cena el presidente (en ese momento, holandés) fue preguntando, uno a uno a todos los ministros, si aceptaban una “declaración” de intenciones, sin carácter vinculante alguno, para el futuro renunciando a crear por ahora ese Fondo en el nuevo tratado. Carecía del menor valor jurídico. Todos los ministros aceptaron esa declaración incluyendo Portugal, Grecia e Irlanda, nuestros presuntos “aliados” por tener como España una renta per cápita inferior al 90% de la media comunitaria. El último en ser preguntado fue Carlos Westendorp en una clara y obscena encerrona. Les contestó, sin levantar la voz, con gran determinación, que si no se creaba dicho Fondo España bloquearía el Tratado de Maastricht; punto final. La cena había acabado. Yo fui testigo presencial. Unos pocos días después el Consejo Europeo por unanimidad daba su conformidad a dicho Fondo.

Tuvo a Europa en su corazón de tal modo qué renunció al puesto de embajador de España en Naciones Unidas a los dos años de su comienzo de mandato, cuando el secretario general de la ONU Kofi Annan le ofreció el puesto de su Alto representante para Bosnia-Herzegovina. En ese momento los Balcanes aún sufrían los efectos de la guerra. Prefirió participar en esa diabólica tarea que estar cómodamente sentado en una silla en Nueva York.

Humanamente, Carlos Westendorp, era una mezcla de pasión, española, y de frialdad y realismo, holandeses, nacionalidad de su abuelo paterno, banquero de ese país, que había arribado a Málaga años antes.

Era muy socialista, de mente muy abierta. Tuvo la habilidad de trabajar y rodearse de tirios y troyanos. Lo único que contaba para él era la inteligencia, el rigor profesional y la dedicación absoluta. Daba un enorme margen de maniobra a sus colaboradores. Era capaz de cesar a un mal funcionario en 24 horas pero también de apoyar durante años a su equipo a muerte en negociaciones rayanas en lo imposible. ¡Bloqueamos numerosos Consejos Europeos, la ampliación a los países de la AELC (EFTA en siglas inglesas) en 1993-1994 durante cuatro meses y la patente europea durante más de 30 años! Nunca nos dejo caer, jamás.

Siempre fue muy pragmático y realista, y nunca se calentaba al negociar, aunque su pasión le quemara las entrañas. Incluso defendía con tenacidad sus puntos de vista frente a sus “jefes”. Los ministros Solana y Corcuera lo saben bien. Y todo ello con una sonrisa cautivadora y siempre con los pies en la tierra. Jamás fue un iluso.

Era un diplomático atípico, no le importaban ni las condecoraciones ni el boato social, ni las lisonjas ni los honores, siempre primaba el fondo del tema que tratara y los intereses de España con e mayúscula.

Y sabía escuchar a todos sus colaboradores y expertos. Solo tomaba su decisión de manera muy meditada y teniendo en cuenta todos los escenarios posibles, y siempre que podía con un plan b disponible.

Se caso dos veces, la segunda con Amaya de Miguel, gran profesional del teatro español, organizadora de los festivales de teatro de Almagro y directora general del Instituto Nacional de Artes Escénicas y de la Música (INAEM) y posteriormente de una gran fundación. Tuvo tres hijos: Carlos, Rocío y Lucas.

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