La emboscada mortal del joven Esteban en una calle de Valladolid: “No tuvo un asesino, fueron tres”
Los padres del chico del chico de 18 años apuñalado mortalmente por un niño de 13 años inimputable piden que también se considere autoras a las dos chicas que le ayudaron
Juan Esteban Rubio, un joven de origen colombiano de 18 años que practicaba muay thai y quería opositar para ser militar, se vio acorralado el viernes 20 de febrero a mediodía en una estrecha calle del barrio de La Rondilla de Valladolid. Frente a él tenía un niño de 13 años armado con u...
Juan Esteban Rubio, un joven de origen colombiano de 18 años que practicaba muay thai y quería opositar para ser militar, se vio acorralado el viernes 20 de febrero a mediodía en una estrecha calle del barrio de La Rondilla de Valladolid. Frente a él tenía un niño de 13 años armado con un cuchillo de cocina y a dos chicas, de 17 y 18 años que, según las investigaciones, ayudaron a matarle. Los padres del fallecido sostienen que las jóvenes sujetaron a su hijo para que el niño, de menor envergadura, pudiera apuñalarle tres veces en el pecho, unas heridas que resultaron mortales. “Queremos dejar claro que no fue un asesino, fueron tres”, mantienen.
Diego Felipe Rubio y Mónica Alejandra Torres, los padres de Esteban, conocían al niño que le atacó, también colombiano, al que llaman por su nombre de pila. Hacía unos 20 días que el crío estaba diciendo que iba a matarle. Conversaron con la madre, que les dijo que no podía controlarlo e incluso les pidió ayuda. “En esa reunión que tuvimos con ella semanas antes mi hijo le manifestó que [no tenía] ningún problema hacia su hijo y que, al contrario, si su hijo necesitaba apoyo psicológico o psiquiátrico que debería buscarlo en el centro de salud con su médico y asistir a una terapia o algo, que los medicamentos servían. Eso se lo dijo nuestro hijo: ‘los medicamentos tranquilizan y muy seguramente eso le va a ayudar”, dice Mónica. El hermano menor de Esteban también habló con el menor por Instagram. Le dijo que Esteban “le caía mal”, pero quitó hierro a las amenazas diciendo que solo eran palabras.
“Siempre hemos hablado de Tomás, [el niño de 13 años] pero fueron los tres. Ellas no fueron cómplices, también fueron autoras”, remacha Mónica. “Si unimos que tiene una complexión inferior a la de nuestro hijo, Esteban perfectamente hubiera podido alejarse, salir corriendo, pero no, si tú retienes a alguien, eres autor [de su muerte]”, añade Diego.
La muerte de Esteban se investiga como parte de la guerra entre las bandas juveniles de los Dominican Don´t Play (DDP), y los Trinitarios. Los agresores están vinculados a los DDP y la víctima se situaría entre los trinitarios, según fuentes policiales.
El suceso ha hecho saltar las alarmas por la juventud del niño considerado autor material, que por su edad es inimputable, y también ha puesto el foco sobre una ciudad como Valladolid, en la que muchos vecinos ni sabían de la existencia de estas pandillas. Hasta ahora, el incidente más grave había ocurrido en enero de 2024, cuando cinco miembros de los DDP fueron a un locutorio donde se reunían trinitarios y agredieron a un menor con un machete. “El ambiente está muy tenso a raíz del caso de este chico”, señalan fuentes de la Policía Local. En la madrugada del domingo, 30 personas de estos dos grupos habían quedado en la Plaza Circular, cerca del centro, para pegarse. A uno de ellos, que huyó al oír las sirenas, la Policía Local le intervino un cuchillo con una hoja de 27 centímetros.
Los padres de Esteban sacan fuerza de flaqueza para insistir en que su hijo no tenía nada que ver con las pandillas juveniles, como baraja la Policía, y subrayan su imagen de chico noble, deportista y miembro de una “familia con valores”. “Es muy doloroso todo lo que han dicho [los medios]. Se ha hablado muy mal de nuestro hijo y la gente que lo conoció, todos los que lo rodeaban saben que él no era así”, cuenta la madre.
Diego y Mónica acaban de terminar en rezo de una novena en la parroquia de Santa Teresa de Valladolid. Dentro de la iglesia, cerca del altar, reciben abrazos y muestras de consuelo de una veintena de adolescentes. Son los amigos de su hijo: de su paso por el club Juventud Rondilla, donde era portero del Juvenil B; o del instituto Ribera de Castilla, en el que terminaba un módulo de formación profesional de carpintería. Sus padres, un administrador de empresas y una maestra de infantil, emigraron hace al menos tres años con sus dos hijos desde Bucaramanga, en el centro del norte de Colombia, muy cerca de la frontera de Venezuela. Pasan las siete de la tarde del jueves 26 de febrero y, mientras cierran la verja del acceso principal de la iglesia, los padres siguen recibiendo largos abrazos.
Apenas se ha cumplido una semana de su muerte. Esteban sufrió el ataque mortal en La Rondilla, uno de los barrios más poblados de la ciudad que creció gracias a la expansión industrial de los años sesenta, con la llegada de los trabajadores de FASA-Renault y emigrantes del campo. A la altura del número 11 de la calle Democracia, ha brotado un altar en su memoria. Multitud de jóvenes, aunque también vecinos, pasan por allí durante el día. Encienden velas, llevan flores, dejan dedicatorias o pintan graffitis. “Casi siempre hay alguien aquí, a veces hasta 30 personas, sobre todo en los recreos o al salir de clase, a mediodía, y por las noches. Los chicos lo están viviendo con muchísima intensidad”, describe una de las vecinas, justo después de tirar el vidrio en un contenedor verde. Las patrullas, tanto de Policía Nacional como de Policía Local, circulan por la zona. La investigación, que se mantiene bajo secreto, está en manos de la Brigada Provincial de Información de la Policía Nacional.
A mediodía del jueves, una joven con el cabello largo de color negro llega al altar. Tira la mochila y y se apoya en la pared en la que se lee, entre otros mensajes, “Justicia sobre Esteban”. Poco a poco va dejándose caer hasta quedarse sentada en el suelo. Musita varias palabras y empieza a sollozar. Frente a ella está Mercy, colombiano de 23 años, acompañado de otra chica. “No estaba en bandas, yo le conozco, era mi amigo”, asegura Mercy con tono pausado. Cuenta que Esteban y él iban a trabajar juntos en el Polígono de Argales, en un negocio de juegos recreativos. “Nos conocimos a través de mi hermana, porque le gustaba mi música y le pidió que me presentara”. El joven, que hace música trap, dice que forma parte de momiento de artistas “2R”. Poco después hace una pintada con las iniciales de los apellidos de Esteban con spray negro: “RT Eterno 2R”.
La joven de pelo negro se recompone. “Nos han dicho que nos van a multar si hacemos graffitis”, comenta a Mercy, que repasa los detalles de su inscripción. Se llama Natalia y cursa segundo de Bachillerato de Artes. Aunque no iba al mismo instituto que Esteban, recuerda que la acompañaba en los recreos. Sonríe, pero se le vuelve a nublar la mirada al recordar que hacía apenas tres días que había cumplido 18 años y ni siquiera lo había celebrado. Ella tampoco cree que pudiera pertenecer a ningún grupo juvenil violento.
El viernes en el que mataron a Esteban, minutos antes de las dos y media, varios vecinos de la calle Democracia vieron a “un chico” con un pasamontañas. “Estaba cerca del contenedor verde. Me dije, ‘vaya tontería, con el día bueno que hace’, pero seguí con lo mío”, cuenta uno de ellos. Faltaba poco para que los alumnos del instituto Amor de Dios salieran de clase y llenasen la calle, y las aledañas, en la vuelta a casa. En una obra cercana, vieron “mucho jaleo”. Esteban ya había caído al suelo, perdía mucha sangre. Una enfermera que estaba fuera de servicio pidió a los dueños de la carnicería Manolo, situada a escasos metros, que le llevaran trapos para taponar las heridas. Le hizo maniobras de reanimación hasta que llegó la ambulancia que le condujo al Hospital Clínico, a apenas 500 metros de distancia. “Un vecino llegó a sujetar a una de las chicas para impedir que se fuera. La cogió por la mochila y se quedó con ella en la mano. Me dijo que ella tenía una piedra en la mano”, añade el vecino.
El menor de 13 años, que ya había sido identificado por la Policía en ocasiones anteriores, y las jóvenes fueron localizados y conducidos a la comisaría en apenas una hora. Al niño lo encontraron a unos cuatro kilómetros de distancia, con el pantalón manchado de sangre. Las chicas estaban en unos túneles, a dos kilómetros, y tenían consigo el pasamontañas del supuesto autor material. El arma homicida, un cuchillo de cocina de 20 centímetros de hoja, fue hallada en unos arbustos cercanos.
El niño de 13 años ha ingresado en el área de protección del centro de menores Zambrana de Valladolid, también llamada “de socialización”, en la que los menores pueden salir, aunque a él no se lo permite el juez. Como la madre dijo que “no podía con él”, tuvieron que encontrar una “solución específica”, explican en la Consejería de Familia de Castilla y León. Es algo “completamente extraordinario”, añaden, porque está implicado en un delito grave, como un asesinato, pero no puede estar en una zona de reforma porque no llega a la edad mínima. La chica de 17 años se encuentra en ese mismo centro, pero en las dependencias de menores infractores, y la de 18 años, en prisión provisional.
Los “líos” en los que se había metido el niño de 13 años hicieron que la Policía denunciara su situación. La Fiscalía pidió a mediados de 2025 que se evaluara su caso, pero no hubo forma de hablar con su madre, ni con él, coniciden en el Ayuntamiento vallisoletano y en el Gobierno autonómico. Cuando se les citó en Servicios Sociales, alegaron que estaban fuera del país, señalan en la Consejería de Familia de Castilla y León. En enero, la madre acudió a una trabajadora social, y volvieron a intentar valorar su situación, según fuentes municipales. “El chico está protegido en todo momento porque está bajo la custodia de la madre”, precisan en la consejería.
La Policía: “Reducirlo a la inmigración es un error total”
“Los grupos violentos de carácter juvenil son un fenómeno relativamente reciente en Valladolid”, explican la comisaria responsable de la Brigada Provincial de Información. Hubo un intento de implantación de los Latin King y Los Ñetas, que se autodenominaban “Reino de Castilla y León”, pero se desintegraron entre 2017 y 2019. Sin embargo, a partir de la pandemia comenzaron a detectar nuevos movimientos, no tanto de expansión de los más conocidos, como DDP y Trinitarios, sino más bien de grupos un tanto desorganizados que surgían como “una imitación”.
“El fenómeno delictivo es algo tan complejo como la cabeza de un adolescente”, resume el jefe del grupo especializado en investigar a estos grupos en Valladolid y que en argot policial se llaman gruvios (grupos violentos de carácter juvenil). Los agentes desligan el fenómeno de la inmigración. “Intentar reducirlo a esto es un error total”, añaden. Sus miembros pueden ser de diferentes países, hijos de migrantes y también españoles. En muchos casos son jóvenes que sufren una desestructuración familiar y encuentran acomodo en estos grupos. Aunque no siempre es así. Las reyertas se circunscriben a su ámbito, destacan. Los investigadores les monitorizan, saben por donde andan y quienes conforman los grupos. “En cuanto cometen un delito son inmediatamente detenidos, como ha ocurrido recientemente. La respuesta es inmediata y contundente”, tranquiliza la comisaria.
La captación de nuevos miembros, que antes ocurría en el parque o en la calle, ahora se hace en las redes sociales. Se nutren de ellas para aumentar su número, porque de ello depende su fuerza. “Hay mucho contenido que se hace viral que glorifica a las bandas, como las batallas entre ellas”, explican. Crean perfiles para expandir las bondades del grupo y si humillan a los enemigos, lo hacen público.
Una expandillera:“Utilizan a las mujeres para hacer de cebo”
“El momento del paso al instituto es muy importante”, destaca Mariah Oliver, excabecilla de las Latin Queens y que ahora imparte talleres para prevenir que adolescentes se unan a bandas, especialmente en sexto de primaria y primero de la ESO. “Los chicos quieren sentirse alguien, ser respetados. Les dicen: ‘se te van a acercar las chicas, vas a conseguir dinero’, unos ganchos que tienen mucho que ver con las expectativas de la masculinidad. La banda no les ofrece irse a hacer daño o a que les hagan daño. Esa violencia se justifica como una defensa”.
Oliver, que como investigadora universitaria ha estudiado estos grupos desde la perspectiva de género, cuenta que la presencia de las mujeres es “habitual”, aunque no salga a la luz. “Se las suele utilizar para que hagan de cebo. Se les pide que sean ellas quienes hagan el primer contacto para después agredir. Se las sitúa en el entorno de las bandas, pero no como miembros en activo”, añade.
El tiempo de permanencia en estos grupos está limitado, pero cada vez entran más pequeños. En los últimos años se han detectado accesos incluso con 10 u 11 años. “El desarrollo cognitivo es muy inferior. Con esa edad es más fácil ser víctima de las promesas de dinero, fama, chicas y la sensación de protección, pero luego nada es verdad”, prosigue Oliver. La salida se sitúa en los 18, cuando empiezan a madurar y a comprender las consecuencias de los actos.
Los agentes de Policía insisten en la necesidad del control parental, especialmente en uso de teléfonos móviles, porque la captación de un menor, con un consumo intensivo de sus mensajes, puede ser muy rápida. “Parece que no va con nosotros, pero son nuestros chavales, nuestros hijos (…) Hablamos de banda como un ente abstracto, pero es la suma de los miembros que la componen. Hay que mirarles en conjunto y entender la complejidad el problema. Así será más fácil encontrar soluciones conjuntas para que a ningún chaval se le ocurra recurrir a estas vías. Que tenga a profesores, familia, educadores pendientes de ellos. Deberíamos tratarlo como sociedad, en colectivo”, aconseja Oliver.
Colectas y comidas solidarias para ayudar a la familia de Esteban: “Somos personas que venimos a lucharla”
Tras la muerte de Esteban se han sucedido los homenajes y la colectas para ayudar a su familia a sufragar los gastos del funeral o reunir fondos para llevar las cenizas del joven a Colombia. Ovellys Sandoval, colombiana y dueña del restaurante Nebulosa se despertó el sábado, al día siguiente del crimen, pensando qué podía hacer para ayudarles. “Son clientes de siempre, gente muy tranquila, que venían a comer los fritos típicos”. Organizó una comida solidaria de caldo de costilla con arroz y reunió 756 euros, entre el menú y otras donaciones, cuenta. El Juventud Rondilla también abrió una caja de donaciones. José Antonio Granado, presidente de este club de fútbol base en el que conviven 300 alumnos de hasta 13 nacionalidades, incide que en su club no había “religiones, ni bandas, ni color”. “El único color es el de su camiseta”. Granado mantiene que Esteban, que pasaba seis horas a la semana con ellos, entre entrenamientos y partidos, cumplía con lo que se esperaba de él, al igual que los padres. “Es gente muy humilde, su hermano, que andará por los 14 años, también quería entrar y estaba viendo con ellos cómo hacer con las cuotas”, explica. “Ha sido preocupante, vivir una situación en la que un paisano mata a otro”, valora Nora Fernanda, presidenta de la asociación de colombianos de Valladolid. “Es gente que viene para mejorar, a veces para sacar a sus hijos de la delincuencia, de las bandas. Somos personas que venimos a lucharla”, añade.