Todo lo que hay que ver y hacer en Omán, el sultanato más singular de la península arábiga
Diferente por completo a los emiratos y reinos vecinos, este país, con sus montañas, desiertos, playas en el Índico, castillos y oasis, es la nueva gran atracción turística en Oriente Próximo
“Las palabras humildes son mejores que un regalo”, me dijo un omaní cuando le pregunté el porqué de la extrema amabilidad de las gentes de este sultanato situado al sur de la península arábiga. Y es que la cordialidad y la seguridad que encuentras cuando viajas por Omán llaman tanto la atención como el blanco impoluto y el planchado perfecto de las dishdashas que visten los hombres; sea la hora del día que sea, parece que los omaníes acaban de salir del sastre.
Omán es el Estado más antiguo del mundo árabe y uno de los más antiguos del mundo: fue fundado en el año 751. Conserva una cultura y una identidad propias que le hacen muy diferente de otros reinos y emiratos de la región. El sultán Qabús, un hombre prudente e ilustrado que gobernó el país desde 1970 hasta su muerte en enero de 2020 —y al que aquí se le venera como al gran padre— decidió que los ingresos del petróleo se invertirían en mejorar las infraestructuras, crear una sanidad y una educación públicas y gratuitas y mejorar las telecomunicaciones y el ejército en vez de invertirlo en rascacielos, arquitectura ultramoderna o centros comerciales mastodónticos, como sus emiratos vecinos. Por eso lo primero que se percibe al llegar a Omán es autenticidad.
Lo segundo que llama la atención es la vastedad de los grandes espacios vacíos. Es un país de montañas y desiertos. Montañas enormes, de hasta 3.000 metros de altitud, que recorren el norte del país y forman una barrera natural con la meseta interior que ha mantenido históricamente a esta parte de Omán libre de invasiones extranjeras. Es la cordillera de Al Hajar, con dos lugares de imprescindible visita para el viajero.
Por un lado, Wadi Ghul, un enorme desfiladero de piedra de hasta 1.500 metros de desnivel en algunos puntos, conocido como “el gran cañón de Arabia”. Sus paredes de roca caliza narran millones de años de erosión y de historia geológica. El cañón nace casi en la cumbre de Jebel Shams, el pico más alto de la cordillera, y sus miradores son accesibles por carretera desde la localidad de Al Hamra. Si te va el senderismo, existe una ruta muy aérea y adrenalínica —y apta para todos los públicos—, por los cantiles del Wadi Ghul hasta un antiguo pueblo abandonado.
Por otro, Jebel Akhdar, la “montaña verde”, un lugar muy especial para los omaníes, pues por su altitud, más de 2.000 metros, tiene un clima más fresco que las tórridas llanuras. Se accede desde la localidad de Birkat Al Mouz y solo están autorizados a subir los vehículos 4x4. A diferencia de la mayoría de las montañas de la región, Jebel Akhdar es fértil. Desde hace siglos, la tribu Bani Riyam ha esculpido la roca en forma de escalones para cultivar granadas, nueces, albaricoques y, sobre todo, rosas de Damasco.
Una de las actividades más populares aquí es el senderismo. En especial la ruta de los tres pueblos, una caminata sencilla de unas dos horas que une los pueblos de Al Aqur, Al Ayn y Ash Shirayjah a través de las terrazas de cultivo. La otra es disfrutar del atardecer en el Dianas’s Point, un mirador privilegiado sobre los acantilados. El nombre hace honor a Lady Di, quien estuvo en este lugar en noviembre de 1986 con el entonces príncipe Carlos durante una gira real de nueve días por los estados del Golfo. Llegaron en helicóptero, pues entonces no existía nada en este remoto lugar.
En cuanto a desiertos, Omán tiene también dos singulares. El primero es solo apto para viajeros intrépidos: Rub Al Khali, el “Cuarto Vacío”. Con una extensión de 630.000 kilómetros cuadrados (más grande que España) ocupa la esquina suroeste del país y buena parte del sur de Arabia Saudí, norte de Yemen y una porción de Emiratos Árabes Unidos. Es el desierto de arena más grande del mundo y, por su aislamiento y su clima, también uno de los lugares más inhóspitos del planeta.
Mucho más asequible si se quiere ver un desierto de grandes dunas es Sharqiya Sands, a solo tres horas por carretera de Mascate, la capital. Un océano de dunas de arena roja que ocupa unos 12.000 kilómetros cuadrados, más o menos la extensión de la provincia de Granada. Y con una treintena de hoteles de todo tipo en su interior para experimentar cómo es una noche en el desierto y disfrutar al día siguiente de un amanecer espectacular sobre las dunas.
Mascate es la capital política y financiera. Pero la capital turística y cultural se llama Nizwa, a 160 kilómetros al sur de la primera, al otro lado de la cordillera Al Hajar. Niswa fue el centro cultural, religioso y comercial hace siglos. Pero su casco histórico estaba prácticamente abandonado y sus edificios de adobe y piedra, en un estado ruinoso. Hasta que el Gobierno emprendió en los años ochenta un ambicioso plan de renovación. Aunque queda mucho aún por restaurar, es hoy la ciudad más visitada de Omán, tanto por los viajeros extranjeros como por el turismo local, omaníes que vienen a descubrir cómo eran las ciudades-fortaleza de su país hace siglos, ya desaparecidas bajo el imparable avance del desarrollo.
Los antiguos palacios de Nizwa se están reconvirtiendo en hoteles boutiques o en restaurantes elegantes donde probar la gastronomía local o tomar un té a la menta o un café omaní con unas vistas increíbles. El lugar más impactante de la ciudad, y en torno al que creció, es el fuerte, la construcción hecha por el hombre más grande de todo Oriente Próximo durante casi 300 años. Su enorme torre circular tiene 34 metros de altura y 45 de diámetro. Y llegó a albergar hasta 24 cañones para defender la ciudad de ataques extranjeros. El interior se puede visitar, es un museo sobre la historia y las formas de vida en el Omán del siglo XVII. Un consejo: ve al atardecer al tramo de muralla reconstruido al sur. Pasear por su camino de ronda a esa hora bruja de las dos luces es como meterse en un túnel del tiempo y salir en un cuento de las mil y una noches.
Omán es también un país de castillos. Como encrucijada histórica entre África, la India y el resto de Oriente Próximo, controlar sus costas fue vital para las potencias regionales. Así que la invasión de los portugueses, los ataques de persas y otomanos y las guerras civiles internas dejaron en el país un reguero de más de mil edificaciones defensivas. Fortalezas como la de Bahla, una colosal construcción de adobe declarada patrimonio mundial de la Unesco en 1987, con murallas de 12 kilómetros que rodean el oasis, torreones de hasta 50 metros de altura y un laberinto de pasadizos en su interior. O como los castillos de Al Jalali y Al Mirani, construidos por los portugueses en el siglo XVI para proteger el puerto comercial de lo que hoy es Old Muscat. Reconstruidos son también el castillo de Mirbat, en la costa sur, con sus cañones mirando aún al Índico, o el fuerte Bayt Al Ridaydah, construido alrededor de 1649 durante la dinastía Yaruba, que, a diferencia de otras fortificaciones puramente militares, combina elementos defensivos con un diseño residencial elegante. Hoy alberga un interesante museo de armas tradicionales.
Existen muchas más cosas que ver y hacer en Omán. Por ejemplo, pueblos-oasis como Misfat al Abriyeen o Al Sibani, aldeas de montaña rodeadas de palmeras datileras, limoneros y acequias que aún mantienen el ingenioso sistema de riego omaní llamado afalaj, declarado igualmente patrimonio mundial.
Y visitar un wadi, una palabra que vas a escuchar muchas veces durante tu periplo y que hace referencia al cauce de un río seco que se transforma radicalmente cuando llueve o le llega agua de alguna surgencia. En Omán, los wadis son oasis de vida, zonas de recreo y esparcimiento local y piezas fundamentales de su historia y su agricultura. Algunos de los más recomendables son el Wadi Shab, el más aventurero; el Wadi Darbat, al sur, en las montañas Dhofar, que en verano se vuelve completamente verde y tiene tanta agua que se puede recorrer incluso en pequeñas lanchas; y el Wadi Bani Khalid, quizá el más asequible de acceso y el más familiar, con sus enormes piscinas y pozas naturales, siempre también con agua.
Para amantes de la naturaleza, la actividad imprescindible es ir a ver el desove de tortugas a Ras Al Jinz y la isla de Masirah, la costa más oriental de Omán, 250 kilómetros al sureste de Mascate. Cinco de las siete especies de tortugas del mundo frecuentan las costas omaníes, y cuatro de ellas —verdes, bobas, carey y laúd— anidan además aquí en los meses de verano.
Si queda tiempo, la mejor manera de acabar el viaje es en Salalah, la segunda ciudad más grande de Omán y capital del profundo sur del país. Conviene ir en avión, porque queda a mil kilómetros de Mascate. Lo curioso es que cuando aterrizas allí piensas que tomaste el avión equivocado y has llegado a Filipinas o a Tailandia. Cocoteros, bananeras, papayas, mangos y puestos callejeros con todo tipo de frutas tropicales forman el decorado de Salalah; nada que ver con los desiertos del resto del país. La razón es el khareef, el monzón de verano del sur de la India que llega hasta esta esquina omaní, trayendo niebla y lluvia ligera de junio a septiembre. Por eso, Salalah y sus alrededores gozan de un microclima tropical que permite cultivar frutales que serían imposibles de encontrar en el resto de Omán e incluso en los países vecinos.
Salalah es el destino de sol y playa. Los arenales son interminables y vírgenes y las aguas del Índico, dóciles y transparentes. Se han levantado hoteles de todo tipo, desde cinco estrellas de cadenas internacionales a más sencillos y económicos de carácter local. Por eso, en el duro invierno del hemisferio norte, el agradable clima y las buenas infraestructuras la han convertido en un destino popular para turistas del centro y norte de Europa, a donde hay incluso vuelos directos.
A unos 40 kilómetros al este de Salalah, sobre un promontorio costero, se levantan las ruinas de Samharam, que durante ocho siglos fue el puerto más importante del mundo para la exportación de incienso —una resina vegetal que en la Antigüedad tenía tanto valor como el oro y que se producía aquí, en el sur de Omán—. Desde los almacenes y viviendas hoy en ruinas de Samharam salían toneladas anuales del preciado elemento hacia Egipto, Grecia, Roma e incluso China y la India. Samharam, junto con otros tres yacimientos arqueológicos y naturales más de la región de Dhofar, al sur de Omán, forman el sitio protegido por la Unesco conocido como Tierra del Incienso. De todos ellos puedes encontrar valiosa información en el museo del Incienso de Salalah, que hace un recorrido por la evolución de su comercio en Omán, por su tradición marítima y por la importancia estratégica que este sultanato, un gran desconocido para la mayoría de europeos, tuvo en la Antigüedad.