Crítica:

Rugir en libertad

A veces, la historia del cine está jalonada de asuntos como éste: nacido al mismo tiempo que otro proyecto también de animación, el exitoso Madagascar, Salvaje habla de parecidas cosas, aunque lo hace con mucha más gracia y con un mayor acierto, si cabe, desde el punto de vista técnico: las imágenes impactantes, los fondos enormemente ricos y una creación de personajes brillante hacen de la película un pasatiempo muy superior a su competidora.

También aquí, como en Toy Story 2, el filme cuenta una huida a través de un territorio hostil, más que nada por desconocido,...

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A veces, la historia del cine está jalonada de asuntos como éste: nacido al mismo tiempo que otro proyecto también de animación, el exitoso Madagascar, Salvaje habla de parecidas cosas, aunque lo hace con mucha más gracia y con un mayor acierto, si cabe, desde el punto de vista técnico: las imágenes impactantes, los fondos enormemente ricos y una creación de personajes brillante hacen de la película un pasatiempo muy superior a su competidora.

También aquí, como en Toy Story 2, el filme cuenta una huida a través de un territorio hostil, más que nada por desconocido, rumbo a la lejana patria de origen: del confortable zoológico de Nueva York hasta las ignotas selvas africanas. Y lo hace porque se debe recuperar algo que se ha perdido: en este caso, un león muy joven con problemas con su padre, ahí es nada, porque éste no le enseña adecuadamente a rugir.

SALVAJE

Dirección: Steve Spaz Williams. Con las voces de: Kiefer Sutherland, James Belushi, Janeane Garofalo, Don Cherry. Género: animación, EE.UU., 2006. Duración: 94 minutos.

Toda la peripecia está contada con un ritmo trepidante, con sus inteligentes trampas de guión (el padre atesora un secreto inconfesable, por ejemplo), con malos malísimos (los ñus, vaya uno a saber por qué) y una panda de adorables criaturas, entre ellas una ardilla surrealistamente enamorada... de una jirafa. Pero tal vez lo más gracioso de la función sean las continuas referencias cinéfilas, tan posmodernas, pero tan inteligentemente colocadas, que abundan por la trama: el koala que es confundido con un enviado de los dioses, como Sean Connery en El hombre que pudo reinar; una serpiente que se disfraza de ¡Carmen Miranda!, por no citar al malvado jefe ñu, de nombre Kazan (ahí queda eso), que en el paroxismo de su derrota grita, emulando a James Cagney en Al rojo vivo: "¡Estoy en la cima de la cadena alimentaria!"... ejemplos al azar de un filme lleno de jugosos, productivos ecos.

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