Columna

Agua

La provincia de Alicante, ella sola, es diez veces más pequeña que Aragón pero tiene trescientos mil habitantes más, y eso sin contar a los numerosísimos turistas, a tantos residentes extranjeros y a la población foránea sin legalizar. La provincia de Alicante es un portaaviones de tierra cargado de hombres y mujeres de paz, dignidad y gobierno, y estas gentes se caracterizan, como todas, por necesitar agua, más agua, mucha agua, porque la vida de las personas es cada día más higiénica, más deportiva, más compleja, más movida y más conviviente, y no hay higiene, ni deporte, ni tarea, ni divers...

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La provincia de Alicante, ella sola, es diez veces más pequeña que Aragón pero tiene trescientos mil habitantes más, y eso sin contar a los numerosísimos turistas, a tantos residentes extranjeros y a la población foránea sin legalizar. La provincia de Alicante es un portaaviones de tierra cargado de hombres y mujeres de paz, dignidad y gobierno, y estas gentes se caracterizan, como todas, por necesitar agua, más agua, mucha agua, porque la vida de las personas es cada día más higiénica, más deportiva, más compleja, más movida y más conviviente, y no hay higiene, ni deporte, ni tarea, ni diversión, ni campo ni ciudad ni nada si no hay agua, que es justo lo que falta en Alicante. Mucha agua, y quien dice Alicante dice la provincia de Valencia y también la de Castellón, y eso sin salir de nuestra comunidad.

Seis millones de españoles, la mayoría valencianos, viven en comarcas que tienen sed. De justicia y de agua. Esta evidencia es cada día más abrumadora y sobre todo, más irreversible porque en el futuro habrá más personas viviendo en la Comunidad Valenciana, pues no es el nuestro un país en trance de despoblamiento: ese mal que afecta a otras tierras peninsulares y del que no tienen la culpa los vecinos, legales o ilegales, de las tres provincias valencianas.

A partir de este hecho inexorable, que el futuro AVE no hará más que acentuar, caben muchos debates, larguísimas disputas, agrios cruces de intereses electorales y muy bellas elegías a los antiguos paisajes, entonces vacíos, de la costa alicantina. Mas, se mire como se mire este asunto, al final siempre habrá que recurrir al agua forastera. Y ello sin dejar de exigir a nuestros gobernantes un uso más racional y cívico del agua actual y de la futura. Por lo demás, conviene recordar que vivimos en un estado-nación, democrático y solidario y no en una confusa confederación de estados-región. De ahí que el agua -como la soberanía- sea de todos, conjuntamente, y no sólo de quienes viven en su orilla. La Comunidad Valenciana necesita el agua del Ebro. Pero, ojo, sólo de una parte del agua que hoy se pierde lastimosamente en el mar.

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