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A los cinco minutos de terminar el partido

El fútbol es un juego en el que un equipo puede tirar cuarenta veces a puerta por ninguna del rival y perder el partido, por eso buscamos explicaciones

Ronald Araujo se lamenta tras la eliminación del Barça ante el Atlético.AFP7 vía Europa Press (AFP7 vía Europa Press)

Ocurre casi siempre en los cinco minutos posteriores a la finalización de un partido: todo el mundo sabe por qué ha ganado uno de los equipos y por qué ha perdido el otro, a menudo con explicaciones que tienden a guardar algún tipo ...

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Ocurre casi siempre en los cinco minutos posteriores a la finalización de un partido: todo el mundo sabe por qué ha ganado uno de los equipos y por qué ha perdido el otro, a menudo con explicaciones que tienden a guardar algún tipo de correlación, pero no necesariamente. Quiero decir que uno puede creer que su equipo ha perdido por culpa del árbitro y al mismo tiempo declarar la superioridad táctica del rival, o su fortaleza mental, o el colmillo de sus delanteros. Si algo tiene el fútbol de bueno es un extenso catálogo de frases hechas que se pueden ir colocando aquí y allá en función del resultado, intercambiables unas con otras, todas igual de vacías en cuanto comienza el siguiente partido.

Se podría tildar de pequeño gran milagro la fortaleza financiera de las casas de apuestas: aquí no somos todos millonarios porque no queremos. Porque a los cinco minutos de caer eliminado en el Metropolitano, todo el mundo parecía saber que al Barça no le alcanza para competir en Europa con esta plantilla, con esas edades, con semejantes centrales, con la línea defensiva tan adelantada que hasta el suicidio forma parte de la explicación. Es curioso cómo se conjugan algunas sentencias en el fútbol. O como se concede valor de ley a expresiones livianas que casi nunca explican gran cosa, pero ofrecen satisfacción. Que al campeón de la Liga española no le alcance para competir en Europa, pero sí al cuarto clasificado de la misma –casi veinte puntos de distancia entre uno y otro- es una de esas incongruencias que solo nos permite el fútbol. Vaya usted a un juicio por asesinato y explique que el campeón olímpico de los cien metros lisos nunca tuvo opción de alcanzar a la víctima, pero su vecino, que perdió una pierna hace años por culpa de la diabetes, sí: a ver cómo le mira el jurado.

Pep Guardiola, que algo debe saber de derrotas, hablaba esta semana de los pequeños detalles como elemento diferenciador en una eliminatoria a doble partido. Detalles que uno no puede controlar en su mayoría, porque el fútbol es un deporte tan vivo que al primer descuido te deja seco. Dos centímetros arriba o abajo, a la derecha o a la izquierda, convierte -o no- en gol el mismo desarrollo de jugada. Un resbalón puede mandarte a la tierra en el peor momento, aunque estés haciendo el mejor partido de tu vida. Y un error de apreciación del colegiado podría tener la misma influencia en el resultado final que un gol por la escuadra o la parada redentora del santo portero. Ninguno de estos factores se puede calcular a priori, pero a todos le encontramos una explicación mayor, un designio fatal, en cuanto besamos la lona.

El fútbol siempre será un juego al que, con mucho trabajo y algo de fortuna, apenas se le puede restar una porción más o menos mayor de incertidumbre. Un juego en el que un equipo puede tirar cuarenta veces a puerta por ninguna del rival y perder el partido: para ello se inventó el gol en propia puerta y también para esto encontraremos una explicación razonada, que no razonable. Porque a los cinco minutos de terminar el partido, cualquier misterio queda resuelto por millones de entrenadores vocacionales que llevarán razón hasta el próximo saque inicial. El relato siempre llega tarde, pero llega contundente, como si en el centro del caos existiera un plan perfectamente definido: por eso seguiremos confundiendo las explicaciones con el consuelo, que es todo lo que uno necesita –si su equipo pierde- a los cinco minutos de terminar el partido.

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