Ir al contenido

Perded, perded, malditos

De estos Juegos Olímpicos de Invierno me están cautivando algunas historias ligadas al fracaso y al dolor. Esas no exigen saber demasiado, solo lo justo

Atle Lie McGrath se acerca al bosque tras caer en la prueba de eslalon en los Juegos Olímpicos de invierno Milán-Cortina.Christian Hartmann (REUTERS)

Robert Walser encontró la muerte en la nieve. Solo, tumbado boca arriba, con el sombrero separado unos palmos de su cabeza, las huellas de sus últimos pasos hundidas en la nieve. El escritor fetiche de Kafka o Walter Benjamin, el escritor que mejor enseña a escapar del rebaño y a sentir pasión por lo que uno hace y no por aquello que le reporta —“Sólo se quiere un futuro cuando no se tiene un pres...

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

Robert Walser encontró la muerte en la nieve. Solo, tumbado boca arriba, con el sombrero separado unos palmos de su cabeza, las huellas de sus últimos pasos hundidas en la nieve. El escritor fetiche de Kafka o Walter Benjamin, el escritor que mejor enseña a escapar del rebaño y a sentir pasión por lo que uno hace y no por aquello que le reporta —“Sólo se quiere un futuro cuando no se tiene un presente”—, vivía en un sanatorio mental desde hacía veintitrés años. Aquella mañana de Navidad del año 56 había salido a dar un paseo. O a perder la vida congelado, quién sabe. En la fotografía de su cuerpo inerte todo es blanco, solitario, poético. Recordé esa estampa brutal cuando el esquiador noruego Atle Lie McGrath también se adentró solo en la nieve, también caminó dejando atrás sus huellas, también se quitó su sombrero en forma de casco de competición, y también rezumaba soledad, fatalismo y final cuando quiso desaparecer del mundo. ¿Por qué nos fascina ver perder?

De estos Juegos Olímpicos de Invierno me están cautivando algunas historias ligadas al fracaso. Al dolor. Esas no exigen saber demasiado. Solo lo justo. Como enterarte de que Atle Lie McGrath tiene 25 años y estaba a punto de colgarse su primer oro olímpico. Saber que su padre fue esquiador alpino. Que su madre había sido esquiadora de fondo. Y que su abuelo, muerto el día de la inauguración, era su gran inspiración y que a él quería dedicarle esa medalla de oro que ya acariciaba cuando algo falló. Y eso quizá sea lo de menos. A los espectadores de esta tragedia shakesperiana nos da igual entender qué es el eslalon, cuál es la mística del Stelvio y sus pendientes suicidas, cómo son los 72 obstáculos que deben derribar los competidores en zigzags locos, o por qué es un deporte a todo o nada. Todo eso nos da igual. Lo que nos impresiona es ver a ese pobre chico en una secuencia memorable.

Ahí está Atle Lie McGrath: iba en cabeza, pero ha cometido un fallo letal cuando faltaban quince segundos para el oro. Queda excluido. Descalificado. Ni oro ni plata ni bronce. Grita. Tira sus bastones. Se desata los esquís. Se quita las protecciones. Sale de la pista. Cruza una valla y se adentra solo —solo— en la inmensidad blanca. Camina. Cae sobre la nieve y se vuelve a levantar. Va en dirección al bosque. Quiere desaparecer. Busca paz, silencio, un poco de tiempo. Una valla perimetral frena su camino. Se arroja al suelo. Queda solo. Tumbado boca arriba. Como muerto. Como Walser.

Decía Schopenhauer que sentir envidia es humano, pero que gozar de la desgracia de otros, demoníaco. Y algo de ello hay en esta atracción poética por el fracaso ajeno. Por la fascinación que nos despierta la caída del héroe. Su humanización ante la derrota. Saber que no todo está escrito. Que otros han caído como tú. En alemán lo llaman schadenfreud: lo contrario a la compasión o la empatía. Sentir regocijo ante el sufrimiento o la infelicidad de otro.

En eso iba pensando cuando unas horas más tarde me encuentro a un chico coreano sentado, solo, en la gran plaza. Entablo conversación con él. Le pregunto si ha venido por turismo. Me cuenta que ha venido por amor. Pero que su chica, con la que lleva 10 meses —cinco meses juntos y el resto a distancia—, ya no quiere verlo. Que él se ha cruzado medio planeta y ha venido hasta aquí para nada. Teclea nervioso el móvil. Parece que ella le está diciendo que es el final. El chico me pregunta si conozco algún psicólogo que atienda en inglés. Tiene 31 años. Me cuenta que es su primera relación amorosa. Que ella tiene casi 40 y un hijo de seis. Le digo que mire a todos los viandantes: a todos les ha ocurrido alguna vez lo que a él. Y que el mundo no se acaba. Que él es guapo, con cara de buena persona y un gran futuro por delante (olvido a Walser y su presente). Él se derrumba. Sus ojos lagrimean. Dice que no puede conformarse con eso. Que él la quiere. Entonces, ante esa rampa vertiginosa de la vida, solo se me ocurre decirle que, si es así, se levante y haga como el protagonista de Cinema Paradiso: que vaya hasta su casa y allí la espere día y noche bajo su ventana hasta que ella baje y compruebe su infinito amor. Él sonríe, se levanta y se encamina, solo, por la fría nieve del desamor. Y entonces es imposible deleitarse ante semejante dolor. Ahí la distancia lo es todo. Como en el eslalon.

Archivado En