‘Periodismo de sangre y fuego’, el número de marzo de la revista ‘TintaLibre’
El ejemplar recoge los estremecedores testimonios sobre un oficio que a veces es de riesgo
América Latina ha sido tierra de grandes periodistas y reporteros, y sigue siéndolo, pese a que las condiciones de trabajo en que se ejerce están estrangulando de forma temible su capacidad de acción e intervención. Los testimonios y crónicas que aporta este número de TintaLibre (recabados con la competente colaboración de uno de los autores, Javier Lafuente) son estremecedores: desde la luminosa valentía de Lydia Cacho sobre su experiencia o de Darío Alemán sobre el drama cubano hasta la hegemonía de la violencia en México que narra Gladys Serrano, desde la persecución de José Rubén Zamora en Guatemala a las dificultades que narra Estefanía Pozzo bajo la Argentina de Javier Milei, mientras el perfil de María Corina Machado amplía el foco más allá del periodismo en Venezuela, como lo hace el corresponsal de RTVE, José Guardiola, echando la vista atrás. La racionalidad insospechadamente optimista de Martín Caparrós pone el contrapunto fuerte del maestro.
La óptica de Olga Rodríguez y Enric González acerca la reflexión a la sociedad española, y en ella se instala también Manuel Rivas en una excepcional crónica sobre sus orígenes profesionales, todavía con la sombra del Ejército franquista muy cerca. El resarcimiento contra el miedo que transmiten las confidencias de Rivas llega por la vía de una suerte de humor húmedo, galaico, pero también por la ironía desatada de Max Pradera pensando en los ocios herrumbrosos de Franco en La Granja: el espanto se redime con el humor.
Lo que no tiene redención es que dos aficionadas al fúbol y el deporte en general como Nadia Tronchoni y Ángeles Aguilera no sepan por qué carajo alimenta el multimillonario fútbol patrio el proceso de blanqueo del petrodólar de autocracias teocráticas como Arabia Saudí y Qatar yéndose a jugar allí partidos de fútbol. Sobre la sospechosa toxicidad de la política en el mundo del deporte se explaya también alquien que ha vivido su peor cara, Sandro Rosell, cuando sus dos años de cárcel inmotivada quedan lejos pero ya irrecuperables. De nuevo la nota de optimismo (agónico) la pone la lealtad rockera en La Habana que tan bien sabe fotografiar Alina Sardiñas.