El espíritu nómada de Pascuala Ilabaca: folclor andino, combativo y comunitario en escena
La intérprete y compositora chilena, nacida en España, contagia energía ancestral y vibrante en una trayectoria de dos décadas danzando por Sudamérica


Pascuala Ilabaca cumplió 41 años en México. En su presentación del foro Hilvana, en el corazón de Ciudad de México, los asistentes, maravillados tras casi dos horas de música, le cantaron Las mañanitas. “Eso es algo que nunca escucharía en Chile”, dice, emocionada, antes de que el público se arroje con porras y cantos. Ilabaca, con una trayectoria de más de dos décadas, con siete músicos en escena y una energía ancestral y vibrante tanto en su música como en su presencia, ha recorrido algunas ciudades de México, como Aguascalientes, Zacatecas y la capital, en un debut que demoró unos años, tras algunas postergaciones, para poder cristalizarse.
Pascuala Ilabaca nació en un viaje. Sentada con su acordeón a un lado, en el bosque de Chapultepec, su risa se escucha adornada del canto de pájaros y del sonido de la podadora de un trabajador que arregla la hierba de los jardines. “Mis padres eran muy jóvenes, tenían 21 y 23 años. Estaban migrando de Chile por la dictadura. No en un contexto de persecución, pero sí en un contexto de que dos jóvenes artistas, en un país donde el arte estaba prohibido, no tenían esperanzas de hacer una vida. Mi mamá dice que hicieron el amor en el avión y que quedó embarazada. Yo nunca sé si es verdad o no”, dice, entre carcajadas.
Llegaron a España, el lugar en donde nació en 1985, y sus primeros años los pasó entre una familia migrante rodeada de otros de sus parientes que llegaban y se iban. Unos años después, en 1989, volvió a Chile. Durante ese tiempo, Ilabaca, sin un pasaporte todavía, permaneció como apátrida hasta que se estableció con sus padres de vuelta en su país. Sus primeros recuerdos, dice, fueron las campañas del plebiscito y lo que se vivía en un país que recuperaba su democracia. (Pseudodemocracia, puntualiza Ilabaca).

Con la vuelta de la institucionalidad, su padre, pintor, consiguió una beca con la que se compró un coche y se llevó a su familia a recorrer el país entero, de norte a sur. Durante un año, Ilabaca vivió en carpas, campings y en el auto, rodeada de artistas, cruzando fiestas tradicionales en pueblos que palpitaban y transpiraban la identidad chilena. “Conocí el Chile rural de fiestas sincréticas, religiosas, donde los danzantes se quedan tres semanas acampando en el desierto con sus máscaras y sus instrumentos, y yo estaba por ahí revoloteando. Absorbí todo esto. Ahí descubrí lo que era Sudamérica. Lo místico, la fe, la mezcla de todo lo indígena que en Chile, por todo el racismo, ha sido tan aplastado”, cuenta.
Su madre hacía retablos con fotos de vírgenes y ella la acompañaba a venderlos entre las carpas. Cuando tenía unos seis años, Ilabaca vio Tiempo de gitanos, la película de Emir Kusturica, y entonces no hubo vuelta atrás. Todo lo que se estaba cocinando desde su nacimiento, en sus viajes y en sus visiones del mundo, comenzó a cobrar forma. “El protagonista tocaba el acordeón, yo era una niña y aluciné, y me acuerdo que ponía el casete de Tiempo de Gitanos y bailar con los ojos cerrados y marearme, y estar como en uno de los estados místicos de mareo, con baile, con inspiración artística. Ahí yo empecé a cantar”.
También recuerda aquella noche, cuando su padre montaba una exposición en el mítico Valparaíso Roland Bar, un lugar que congregó durante muchos años la vida bohemia del puerto, sus artistas, marinos y poetas, y ella quedó hipnotizada por la música. “Pidieron la canción del Zorba, el griego, y me acuerdo que yo cerré los ojos y me subí a la barra, y bailé toda la barra de largo, y los marineros aplaudían y yo me acuerdo de esa sensación de cerrar los ojos y avanzar como un niño gitano, porque estábamos en esa; familiarmente, era la inspiración artística de mis padres, y se nos coló a nosotras". Su hermana, Danila Ilabaca, es artista gráfica y vive desde hace tiempo en México.
El legado chileno
La música de Ilabaca se ha nutrido de la poesía y la tradición chilena. Menciona como tres de sus principales influencias a Violeta Parra, Víctor Jara y Jorge González, el vocalista de la legendaria banda Los Prisioneros. “La historia de Chile ha sido escrita por puños muy normativos y muy aristócratas; no coincide nada con la historia que el pueblo vive. Entonces, la historia que cuenta Violeta en sus canciones, la que cuenta Víctor Jara o Jorge González, es la historia que realmente representa a la gente, a la calle. Entonces, como que ahí viene una inspiración. De recibir un legado”, dice.
Para Ilabaca, Parra y Gabriela Mistral son dos ejemplos de fuerza y talento que la historia no ha sabido retratar: “La artista mujer latinoamericana ha sido muy estigmatizada y se ha elegido una parte que mostrar de ella. Así pasó con Violeta. Se eligió mostrar a la Violeta de Gracias a la vida y no la del Maldigo del alto cielo. Y por eso tampoco se entiende su suicidio y se dice que fue por amor. No se entiende su contradicción, que es justamente lo que define su obra. Es decir, una persona que en el mismo disco un día está maldiciendo la primavera y Venus y los jardines en flor y el otoño y el color: ‘Yo los maldigo deveras. Maldigo el vocablo amor con toda su porquería’. Y al otro día estaba escribiendo: ‘Gracias a la vida, que me ha dado tanto’. Para mí, el valor de Violeta Parra es que ella sí se atrevió a mirar la contradicción“, dice.
De Mistral, asegura, se ha mostrado poco -aparte de su papel como escritora y educadora- a la lesbiana en su cama de dos plazas, llena de gatos encima, con su compañera Doris Dana. “Ni se ha mostrado a la Gabriela indigenista, a la política, la vegetariana, la budista”.

Ilabaca es una artista que nunca ha actuado en solitario. Junto con Fauna, su banda actual, han creado una cooperativa con la visión clara de que ser artista es un trabajo que tiene que ser remunerado. “Mi banda somos ocho integrantes y nos nutren las músicas comunitarias, como la música de las culturas andinas, que es la experiencia que se percibe en los carnavales rurales, que se hace con bronces, con percusiones, con danza, con fe también. Me enorgullece llevar el legado de la cultura andina a todas partes, porque siento que en este momento las sociedades necesitan volverse a lo comunitario”, relata.
Pero también reconoce la influencia del rock, o de Björk, por ejemplo, y aboga en alto por una visión no binaria del mundo. “No solo lo aplico en lo sexogenérico, sino a lo cultural, porque creo que el mundo, al estar dividido en Oriente y Occidente, está borrando toda la riqueza cultural y la diversidad. Para mí, una persona indígena latinoamericana no es una persona occidental. ¿Dónde cabemos en este mundo partido en dos? Mi sensación es que no cabemos".
Su música es vibrante y contiene identidades tan variadas como los lugares en donde le tocó vivir y conoció en distintos capítulos de su vida: México, Guatemala, India, China. Siempre con mensajes que trasciendan al baile y al encuentro, dos poderosas herramientas que encuadran sus presentaciones. “La experiencia en vivo es como hacer comunidad en un presente, mirarnos las caras, transpirar. Siempre he tenido la sensación de que la música bailada y transpirada con mensaje político es un muy buen ensamblaje“, concluye.







































