Ir al contenido
suscríbete

Neruda como “revistero”

Una característica del poeta es que no es fácil clasificarlo. Su producción es amplia, igual que su imaginación parece no tener límites

Pablo Neruda en París, el 21 de octubre de 1971.Laurent Rebours (AP)

A primera vista, la poesía y el periodismo no congenian. Así parecía creerlo Pablo Neruda. Insistió con frecuencia que no le gustaba publicar sus versos en medios periodísticos. Pero hizo excepciones. Junto con el despertar de su vocación poética en Temuco, fue capaz de crear, con un compañero de curso, una revista que vendían en 40 centavos y que les sirvió para financiar algunos gastos de niños.

No fue el único encuentro con el periodismo a lo largo de su vida compuesta de poesía y de militancia política. En una crónica para Ercilla se declaró “Revistero también”, dando cuenta de sus varias aventuras en la materia. Fundó, dirigió y colaboró en varias publicaciones periódicas, empezando desde la fundación de Caballo de bastos, en 1927. En los años 30 se dio tiempo para embarcarse, a pedido del poeta Manuel Altolaguirre, en la dirección de: Caballo Verde: “Mi mejor revista de poesía”. Su último número, en 1936, no salió de la imprenta -del propio Altolaguirre- al estallar la guerra. Entre enero y junio de 1962.con el título de “Las Vidas del Poeta”, entregó la primera versión de sus memorias a O’Cruzeiro, revista brasileña de circulación continental. Y, poco antes de recibir el Premio Nobel se publicaron 44 comentarios suyos “Desde Isla Negra” en la revista Ercilla.

Modelo del buen decir

La clave, en toda su prosa, incluyendo la destinada a medios de comunicación, fue su prodigiosa capacidad, desarrollada desde niño en Temuco, de captar y describir lo que recogían sus sentidos.

Es una virtud que lo acompaña siempre: en uno de sus comentarios en Ercilla afirma que “Chile es un país amontañado, encumbrado, lleno de aristas y de vertiginosos abismos. Los minerales erizaron de cobre y hierro las alturas. Encima de ellas vive la nieve blanca. Chile es un balcón titánico y estrecho…”.

(Sería de desear que nuestros periodistas, nacidos con -o para- la TV y en constante querella con las redes sociales, recordaran un principio básico: contar una historia incluye retratar a las personas, describir los ambientes, recoger el detalle del paisaje, urbano o rural en que se desarrollan las noticias. Lamentablemente, son pocos los que lo hacen. Al parecer, creen que basta con la televisión).

Neruda era poeta, no periodista, pero fue un maestro en el arte del buen decir, ajeno al rebuscamiento, y dejó testimonio de ello en todos sus textos, poéticos o no.

“No me interesa relatar cosa alguna”, dijo en el prólogo de “El habitante y su esperanza”, y en ese mismo prologo añadía: “Yo tengo un concepto dramático de la vida, y romántico; no me corresponde lo que no llega profundamente a mi sensibilidad”.

La verdad es que, en último término, como planteó Terencio más de un siglo antes de Cristo: “Soy un hombre, nada de lo humano me resulta ajeno”. Desde entonces, varios ilustres escritores han hecho suya la frase. Neruda no lo dijo, pero la asumió. Está en su poesía, en su prosa y, sobre todo, en su actitud ante la vida. De las muchas encrucijadas de su existencia, es quizá la década de 1930 la que lo marcó más profundamente. En España vivió momentos inolvidables en el mundo cultural hasta el estallido de la Guerra Civil. También fueron los años en los que adhirió al Partido Comunista, aunque -recordó en “Confieso que he vivido”, que solo más tarde, ya en Chile, recibió su carnet de militante.

El protagonismo de Melipilla

Una característica del poeta es que no es fácil clasificarlo. Su producción es amplia, igual que su imaginación parece no tener límites. Si, además, se agregan los episodios de su intensa vida que pudo quedar encerrada en el extremo austral de Chile, es comprensible que tenga mucho de qué hablar: paisajes diversos, lugares distintos, experiencias sin límites y países, países, países de todo el mundo.

Es lo que se advierte en su producción en Ercilla: sus recuerdos van desde su propia experiencia, a veces en revistas, otras en lugares que siempre son fascinantes según su mirada y, por cierto sus muchas amistades famosas: escritores, sobre todo.

Habla poco de política.

A veces desliza una nota de nostalgia: En “Cuento y recuento”, dice que “un escritor que sobrevive va cumpliendo una pequeño o larga pero enlutada antología…. Es que uno no quiere constituirse enun catálogo de muertos, aunque estos sean los muy amados”. Menciona luego varios amigos escritores ya fallecidos, y muy especialmente, a Ilia Ehrenburg, de “grácil estatura”. De manera destacada recuerda al Che Guevara, cuyo “asesinato oficial”, dice, ocurrió el año anterior (1968) “en la tristísima Bolivia”. Este “amargo recuerdo” está marcado en su memoria porque “el Che me contó… que leyó muchas veces mi “Canto General” a aquellos primeros, humildes y gloriosos barbudos”.

En estos textos reflexiona sobre otros personajes -reales o imaginarios- que son parte imborrable de su memoria: desde Lord Cochrane hasta Robinson Crusoe. Cada uno instalado en un paisaje propio como Alexander Selkirk en Juan Fernández.

Una inclusión notable en esta serie periodística cabe al “El Barón de Melipilla”, Roger Charles Tichborne, cuyo rastro se perdió en el naufragio del barco en que viajaba desde Brasil en 1854. Diez años después se publicó en el Times de Londres un aviso por si alguien tenía noticias suyas. El tema no era banal: Tichborne, hijo de Sir James Tichborne, era “su único heredero”.

Según el relato de Neruda, después de pasar por Melipilla y por Australia, donde dijo que lo había llevado el barco que lo rescató el naufragio, un hombre que dijo ser Tichborne, llegó a Londres a ecamar su herencia. Le fue mal. Hasta vecinos de Melipilla fueron llevados a declarar en su contra y, finalmente, fue condenado a catorce años de cárcel por hacerse pasar por quien no era. La herencia pasó a manos de parientes menos cercanos encabezados por un jesuita.

¿Conclusión?

El misterio no había sido resuelto cien años después. Dictamina el poeta al final de su crónica: “Yo soy un humilde coleccionista de enigmas. Este les toca resolverlo a ustedes (los lectores)”.

Archivado En