La esquiva agenda
Hay una pulsión evidente por copar la agenda, por no dejar un espacio vacío que pueda ser llenado por otros. Pero la política no funciona como un tablero sino más bien como una corriente: si uno intenta contenerla con las manos, se escapa entre los dedos
La realidad tiene la mala costumbre de morder. No es un animal dócil y domesticado que se puede moldear a voluntad y dirigir como si fuera un arado o un carruaje. La convicción de las administraciones entrantes respecto de que su programa, sus compromisos y su agenda pueden superar a este animal salvaje es una tentación más recurrente de lo que se podría esperar.
Tempranamente, la estrategia de “copar la agenda” del presidente José Antonio Kast se transformó en “seguir la agenda” y no exclusivamente por fallos propios o internos, sino por la cruda realidad de estar en un mundo globalizado, líquido y en una economía abierta como la chilena que, así como recoge el bienestar general, también sufre de las turbulencias globales.
No olvidar, además, que la idea de ‘copamiento’ viene nada menos que del ideólogo de Donald Trump, Steve Bannon quien dijo “flood the zone with shit” en 2018, al argumentar que la principal oposición de la Administración republicana en Estados Unidos eran los medios de comunicación, a los que había que saturar de contenido, ruido y desinformación.
Así, el alza de las bencinas era un golpe anunciado. No hay misterio en ello: los precios internacionales, el Mepco tensionado y sin recursos para capitalizarlo, con un contexto mundial que se movía dentro de la dificultad y la incertidumbre. Pero la forma en que el Gobierno decidió enfrentar ese anuncio —con un coro de ministros repitiendo la misma frase en distintos tonos, con minutas filtradas que parecían advertencias más que orientaciones, con un despliegue comunicacional que buscaba controlar la conversación y terminó multiplicándo gracias al fallido “Estado quebrado”— dejó la sensación de que el problema no era solo económico. Era, sobre todo, político.
Porque cuando un Gobierno habla demasiado, la ciudadanía empieza a escuchar demasiado poco. Y cuando un Gobierno intenta explicarlo todo, termina explicando nada. La sobreexposición, ese viejo vicio de los ejecutivos inseguros, volvió a aparecer disfrazada de pedagogía. Pero la pedagogía, para ser eficaz, necesita calma. Y la calma ha sido un recurso escaso.
A esa turbulencia se sumó el portazo a Michelle Bachelet. El Gobierno insistió en que la decisión de retirar el apoyo a su candidatura para la ONU respondía a criterios diplomáticos, no ideológicos. Pero la política rara vez se deja encerrar en explicaciones tan limpias. En un país donde Bachelet encarna una mezcla de memoria, prestigio y proyección internacional, el gesto fue leído como un acto innecesariamente ruidoso, casi un desaire deliberado. Y lo que pudo haber sido un movimiento técnico terminó convertido en un episodio simbólico, de esos que se instalan en la conversación pública con la persistencia de un eco.
La oposición, que también lucha por moldear y construir ‘su’ realidad, hizo lo que la oposición hace: denunció improvisación, acusó bochorno, habló de cortinas de humo. Pero más allá de la disputa partidista, quedó flotando una pregunta incómoda: ¿por qué un Gobierno que dice querer orden termina generando tanto ruido? ¿por qué cada decisión parece abrir un nuevo frente en vez de cerrar el anterior?
Tal vez la respuesta esté en la propia lógica del Ejecutivo. Hay una pulsión evidente por copar la agenda, por ocupar todos los espacios, por no dejar un solo vacío que pueda ser llenado por otros. Pero la política no funciona como un tablero que se controla pieza por pieza, funciona más bien como una corriente: si uno intenta contenerla con las manos, se escapa entre los dedos. Y eso es lo que ha ocurrido. El Gobierno ha querido administrar cada conversación, cada interpretación, cada matiz, intento que ha terminado amplificando la sensación de desorden que buscaba evitar.
Mientras tanto, el país observa, pero observa con una paciencia frágil y sin tolerar la excusa de “aprender sobre la marcha”. La experiencia del Frente Amplio y Boric clausuró la posibilidad de una ‘luna de miel’ a las administraciones entrantes. El alza de las bencinas golpea el bolsillo; el episodio Bachelet golpea la imagen internacional; la sensación de improvisación golpea la confianza. Tres golpes en un mismo compás no hablan de fatalidad, sino de falta de ritmo.
Gobernar es un arte de tiempos, de negociar, de esperar el momento justo. No basta con tener razones; hay que saber cuándo decirlas, cómo decirlas y, sobre todo, cuándo callar. La sobriedad, esa virtud tan escasa en la política contemporánea, suele ser más eficaz que el despliegue. Y la coherencia, más poderosa que la insistencia.
El Gobierno aún puede corregir el rumbo. Pero para hacerlo necesita algo que hasta ahora ha escaseado: una respiración más lenta, una mirada más larga, una comprensión más profunda de la agenda, pues la política no premia la ansiedad; premia la consistencia. Y un país cansado no busca gobiernos que reaccionen, sino gobiernos que piensen.
Quizás el mayor desafío del Ejecutivo no sea enfrentar las crisis externas, sino aprender a no fabricar las propias. Porque las crisis, cuando se administran mal, dejan de ser contingencias y se convierten en estilo. Y ningún Gobierno sobrevive demasiado tiempo a la tensión permanente.