Magnetismo animal
Ahí está el peligro de darle tribuna, sobre todo en tiempos así, a magos así. El poder una vez concedido, es muy real. Y ya está en marcha. La pregunta es si la escena puede caer. Escena en la que casi nadie cree y, sin embargo, arrastra a casi todos
Un click es un acto moral. No porque implique una virtud, sino porque compromete. Deja una huella en el mundo. Hemos aceptado la idea de que uno es más su muro que lo que piensa en silencio. Con eso aparece la sensación de estar bajo observación constante.
Y no digamos que pertenecer o ser rechazado sea fácil de soportar, por más que se repita que vivimos en una época individualista. Que lo individual prime sobre lo común no quiere decir que las mentes funcionen solas. Las mentes no son individuales: son gregarias, viscosas, buscan calor, confundirse. El yo es una fantasía tardía. Antes está el coro.
Lo nuevo no es la presión social; es la absorción. Uno despierta ya adentro del flujo: noticias, mensajes, opiniones, una atmósfera que no informa tanto como indica cómo hay que sentir. La pregunta por la verdad aparece tarde y, cuando llega, ya no manda. Porque incluso la verdad necesita uso: lo decisivo es qué se hace con esa verdad. Con los hechos, pero sobre todo con la propia verdad: si se va a poner el cuerpo al servicio de esa circulación y, si se hace, con qué fin.
La cuestión no es solo la adhesión ideológica, sino el tipo de participación que se acepta: acoplarse o no a una máquina de efectos.
Estas maquinarias pueden nacer de una causa justa, incluso corregir algo real. Pero una vez en marcha se bastan a sí mismas. Ya no responden al escándalo: lo requieren. Acaban siendo un monstruo funcional —prolífico, inmune a la conmoción— y que fabrica los suyos. Hay figuras que solo existen así. Crecen del escándalo como otros de la tierra.
Cuando el escándalo ya no detiene nada y solo hace girar la rueda, la pregunta ética deja de ser colectiva y se vuelve personal. Exige algo más que acomodarse en los sentimientos nobles, o precisamente en ellos. Porque el peligro no siempre es sentir poco, sino sentirse a salvo gracias a lo que se siente. A veces el gesto más difícil no es disentir, sino desacoplarse.
Eso lo sabemos desde chicos. En la adultez no solo cambian las razones con que nos justificamos; también aumenta la responsabilidad. Ya no basta con seguir una causa. Hay que distinguir si se actúa para seguir siendo invitado o para responder a la exigencia de la realidad, esa que, a diferencia de lo social, no circula bien.
La escritora Lídia Jorge hizo una observación muy fina. Notó una semejanza entre cierto tipo de mensaje —el de alguien inmune al escándalo, como Donald Trump— y el viejo mecanismo de las cartas en cadena. Antes llegaban en papel, hoy circulan por la pantalla; pero la lógica es la misma. No piden que uno crea, piden que uno haga algo: reenvía esto, actúa ahora, o algo malo ocurrirá. Y uno se sorprende pensando, casi a su pesar: ¿y si igual pasa algo?, ¿y si las mentiras tienen consecuencias de todos modos? Y como en un juego torcido, la responsabilidad cae entera sobre quien recibe. Seguir la cadena o quedarse con la amenaza.
El mal circula así: liviano, sin firma, de mano en mano.
El mensaje de Trump funciona de ese modo. No argumenta, irrumpe. No se apoya en la ley ni en la verdad; por eso no se le puede responder con lógica. Uno es expulsado del tiempo político del debate, al tiempo rudo de la contingencia inmediata: esto puede pasar.
¿Cómo llegamos hasta acá? ¿Cuál fue el truco que lo volvió inmune?
Thomas Mann lo vio hace casi un siglo en Mario y el mago. Describe un balneario cuya atmósfera no es abiertamente violenta, pero sí impaciente, crispada. Un público sigue a un mago mediocre, resentido, sin gracia. Siempre humilla a alguien de la galería y, sin embargo, fascina. Nadie está obligado a quedarse, pero nadie se va. Lo que ofrece no es talento, sino una descarga: la posibilidad de pertenecer mirando caer a otro.
Mann insinuó que hay épocas especialmente vulnerables a esa clase de fascinación hipnótica, incluso cuando todos creen pensar por cuenta propia. En otro tiempo a eso se lo llamó “magnetismo animal”: un fluido capaz de unir las mentes si alguien sabía ponerlo en marcha. Hoy suena arcaico. Pero basta haberlo vivido alguna vez para reconocerlo. No es algo en lo que se crea. Es algo en lo que se entra.
Casi al final del siglo XIX, la hipnosis fue medicalizada. Jean-Martin Charcot, el neurólogo de moda, sostuvo que no había ningún fluido en juego, sino enfermedad. La hipnosis era posible en la condición histérica. Para probarlo montó un dispositivo serio. Un espectáculo clínico donde las pacientes obedecían y se contorsionaban ante auditorios llenos.
Los efectos eran reales. Charcot no mentía. Pero un médico joven, Sigmund Freud, sospechó de la escena e hizo algo poco frecuente: no seguir la corriente.
Contra el saber de su tiempo, dijo: ni fluido ni lesión cerebral. Escribió de lo que vio: una escena creada por una dependencia muy concreta entre el médico, el síntoma y el público. Con ello dejó expuesto el punto ciego del maestro —quien terminó en un rincón vergonzoso de la historia médica—: no advertir que su autoridad dependía por completo del dispositivo que él mismo había montado. Su poder no era propio. Era prestado. Concedido.
Trump tampoco miente, no disimula sus intenciones. Lo que no impide que como todo curandero espurio tenga un punto ciego: creer que la fuerza es propia. No lo es. Proviene de la circulación de su palabra, de cómo es tomada, repetida.
Ahí está el peligro de darle tribuna, sobre todo en tiempos así, a magos así. El poder una vez concedido, es muy real. Y ya está en marcha. La pregunta —tardía, incómoda— es si la escena puede caer. Escena en la que casi nadie cree y, sin embargo, arrastra a casi todos.
En el cuento de Mann, la hipnosis se rompe del peor modo. No interviene la razón, sino Mario, un camarero del hotel, que dispara y mata al mago. La escena cae, sí, pero al precio de una violencia que no repara nada. Es la salida desesperada cuando ya no quedan palabras disponibles.
La pregunta queda flotando: si la maquinaria no se desarma con pensamiento, ¿queda otra cosa que no sea violencia contra violencia? No está demás insistir en que en esas batallas, siempre hay un tercer bando: todos los que quedan en medio; la mayoría.
En momentos así, hay un llamado a que la política responda —quizá también atrapada en su propia hipnosis— para que no sean los ciudadanos quienes pongan el cuerpo en sacrificio.
Algo de eso asomó el discurso de Mark Carney, primer ministro de Canadá, en Davos. Dijo algo brutal: el mundo de las normas está roto. No va a volver, no por ahora, entonces cómo reaccionar sin seguir alimentando el teatro. Propuso algo modesto, pero arduo: pactos parciales, situados, operativos. Acuerdos entre quienes todavía tienen algo que perder. De ahí su énfasis en las llamadas potencias medias. No por una superioridad moral, sino porque aún se mueven dentro de algún régimen de responsabilidad. A diferencia de la defensa psicopática, donde destruirlo todo, se presenta como gesto heroico cuando no es más que mediocridad nihilista: que no ganes tú, aunque yo tampoco.
La apuesta no es grandiosa. Es casi clínica. Algo parecido al gesto freudiano: sacar a los enfermos del espectáculo, dejar de aplaudir las contorsiones y, en cambio, escuchar. No todos aceptaron; las contorsiones siempre tienen demanda. Pero ocurrió algo: sin cuerpos para el show, el maestro se quedó sin escena y, con ella, sin poder.
Y no se vaya a creer que lo de Freud fue sencillo. No tenía el poder de Charcot, no podía enfrentarlo. Lo volvió irrelevante. Necesitó una estrategia oblicua: escribió con obediencia aparente, movió los énfasis lo justo para que el maestro aún se reconociera. Cuando la teoría ya había cambiado por completo con ese corrimiento, se había puesto en marcha una revolución de las ideas.
Para eso tuvo que hacer algo a lo que pocos estarían dispuestos. Dejó la hipnosis, que daba prestigio. Dejó la cocaína, que también lo daba (entonces se creía que curaba; basta imaginar cómo dejaba a los pacientes: excitados, potentes, y adictos). Y lo más difícil: dejó al maestro. Seguro dejaron de invitarlo.
Ese desplazamiento fue político. Eligió no manipular el griterío, no fascinarse con curar a cualquier precio, no sumarse al espectáculo del “sentir con”, sino devolver dignidad y, con ella, una exigencia a cada persona. Leyó, en el sentido fuerte: no imponer su idea, sino dejar que aparecieran en la palabra de los enfermos las contradicciones y la sordera de su tiempo.
La analogía aparece sola: ¿Hemos sabido escuchar las contradicciones de nuestro tiempo o hemos pasado la mayor parte del tiempo hablando para que los amigos nos den la razón, moralizando desde la política o buscando con fervor científico, una lesión conveniente que permita curar sin la molestia de escuchar a nadie?
Freud no cambió el mundo —sabemos bien cómo terminó el suyo—, pero dejó una exigencia que no envejece: que cada cual responda por su parte. Antes y ahora, a Freud se lo detesta. No nos engañemos: nadie quiere saber de su punto ciego, ni siquiera cuando se invoca el pensamiento crítico. Como recuerda Lídia Jorge, las cadenas no se rompen con argumentos, porque no nacen de una lógica que pueda discutirse, sino de un fondo oscuro que habita en cada uno en distinta medida. Por eso solo se rompen cuando dejan de pasar de mano en mano.