Cola de autor
Una fábula sobre qué puede suceder cuando dos escritores coinciden en la Feria del Libro y, sentados uno junto al otro durante las dedicatorias, no consiguen sumar más de seis ejemplares firmados
Observo a los escritores (o escritoras) que exhiben en las redes solo avances de sus libros —si ya salió en tal revista, si está en el top 100 (o en el 10.000) de más leídos de la semana— como a esas madres (o padres) que no saben hablar de otro tema que no sean las supuestas altas capacidades de sus hijos.
Después fabulo con qué puede suceder cuando dos de esos escritores coinciden fuera de Internet; por ejemplo, en la...
Observo a los escritores (o escritoras) que exhiben en las redes solo avances de sus libros —si ya salió en tal revista, si está en el top 100 (o en el 10.000) de más leídos de la semana— como a esas madres (o padres) que no saben hablar de otro tema que no sean las supuestas altas capacidades de sus hijos.
Después fabulo con qué puede suceder cuando dos de esos escritores coinciden fuera de Internet; por ejemplo, en la Feria del Libro de Madrid y, sentados uno junto al otro durante las dedicatorias, no consiguen sumar más de seis ejemplares firmados durante la primera hora, mientras miran, salivando, la cola interminable que tiene otro del gremio.
“¿Cuántas copias habrá firmado ya? ¿Cincuenta? ¿Cien?”, se preguntan, incapaces de concebir cifras mayores. En varias ocasiones, alguien se detiene frente a su caseta para preguntar a uno de ellos, confundiéndolo con un librero o con un vendedor de libros, si tiene la última novela de… “Ahora mismo no me acuerdo del nombre, pero sí, ya sabes, ese libro del que todo el mundo habla”.
El escritor tomado por librero se desentiende ante estas situaciones, pero al otro, que se toma la vida menos en serio, no le importa hacer su jornada más corta señalando el primer libro de una pila casi vacía que tiene frente a sus narices. “¡Ese, ese! —dice el paseante—, me lo llevo”. Entonces el verdadero librero aparece, datáfono en mano, y, una vez cobra, le aclara al comprador que esos dos no trabajan en la feria: son escritores. El paseante, como si hubiera cometido un delito, se disculpa; incluso ojea el libro de uno de ellos, abriendo la solapa donde se encuentra la biografía y una foto en blanco y negro. Después mira al autor, luego la foto y luego al autor de nuevo, buscando el parecido o tal vez las siete diferencias, como en los cuadernos de pasatiempos. El escritor sonríe amable, pensando que tiene ante él a un lector a punto de pedirle una firma antes de llevarse también su libro, pero al final lo deja en el mismo sitio y se despide con un “Que vaya bien”. También sucede que a veces no dejan el libro donde estaba y es el mismo autor el que tiene que colocarlo.
El escritor sonríe amable, pensando tiene ante él a un lector a punto de pedirle una firma, pero al final deja el libro en su sitio
El librero, que viene de aguantar egos y vanidades desde hace tiempo, podría regodearse hablando en voz alta sobre lo bien que se le dio el día de ayer a tal autor y a tal autora, y, en cambio, comienza a animarlos diciéndoles lo mucho que le han gustado sus respectivos libros y que no deja de recomendarlos en su librería; pero enseguida llegan lectores a preguntar a qué hora firma no sé quién, y los abandona a sus cosas.
Así pasan la mañana del sábado. Aburridos, comienzan a conversar entre ellos como esas otras madres (o padres) que llevan a sus hijos al médico y se entretienen comadreándose en la sala de espera.
—¿Qué tiene el tuyo?
—Quinientas páginas.
—Bueno, pero Menganito hizo una novela de 600 y mira la de gente que ha venido a verlo.
—Ya, ya. Y al tuyo, ¿qué le pasa?
—No lo sabemos. Parece que no consigue hacer amigos y se atasca en público. Un experto nos ha dicho que puede que se encuentre entre géneros.
—Vaya. A nosotros ya nos advirtieron que no era realismo mágico.
—No lo entiendo. Parecía tan listo cuando estaba en la imprenta.
—No te apures. Mira, ¿te acuerdas de aquel de Fulanita que era buenísimo? Pues ha cumplido diez años sin una segunda edición siquiera.
En ese momento, otra librera, que lleva un rato escuchando, les cuenta una anécdota de sus primeros años en las casetas de El Retiro: en una ocasión, un autor de moda vino a la feria a presentar su último éxito de ventas. Después de haber firmado aquel día más de 500 ejemplares —o, más bien, harto al ver la nueva cola que se le avecinaba—, alegó sentirse indispuesto y le ofreció su silla, su sombrero y sus gafas de sol al escritor que le había precedido, uno de los que se quejaban de la gloria de los demás y que ya estaba a punto de marcharse a casa tras dos horas sin haber echado un solo garabato. Además de la escritura, tenían en común dos cosas: la barba y la guasa.
El escritor disfrazado de ese autor fue firmando una a una las copias —con cariño— mientras escuchaba a algunos lectores del afamado expresarle lo que más les había gustado del libro anterior, las emociones despertadas, su admiración; a otros, que ellos también escribían, que tenían un poemario autopublicado, que si no le importaría darle su correo para poder mandárselo en PDF. El impostor asentía a todo, inventándose respuestas sobre la marcha, apoyando la mano sin bolígrafo en su propio libro, buscando el momento de deslizarlo en la conversación y poder, si no firmarlo, al menos venderlo. Sin embargo, en ninguna ocasión fue capaz siquiera de mencionarles el título.
Cuando firmó exhausto el último ejemplar de aquella novela que tanta cola traía, el escritor se quedó un rato mirando la suya, leyó en silencio algunas páginas y, al fin, lo dejó entre las pilas de novedades, acariciando la cubierta, como quien se abrocha la chaqueta frente al espejo un segundo antes de salir.
Rosario Villajos es escritora. Su último libro es ‘Cortarse el cabello’ (Seix Barral, 2026).