Ubisoft: crónica de un ‘shock’ anunciado
La compañía sufre el mayor descalabro que se le recuerda tras años encadenando proyectos que no cumplieron con las expectativas de ventas
La noticia llegaba como una bomba el pasado día 21: Ubisoft cancelaba varios videojuegos en desarrollo y se precipitaba en Bolsa. ¿La razón? Una reestructuración profunda de la compañía por los recurrentes problemas de gestión, retrasos continuos y a la necesidad de reducir costes tras varios años de resultados financieros negativos. La noticia ha generado un fuerte malestar en la comunidad de jugadores y ha evidenciado la crisis interna que atraviesa la empresa, pero viene de un problema difícil de ignorar: al gigante francés no le salen las cuentas, y de una valoración bursátil de 11.000 millones de euros en 2018 ha pasado a apenas 606 millones hoy. Además, proyecta pérdidas de 1.000 millones de euros para 2026. ¿Qué hacer entonces?
Con más de 17.000 trabajadores, es difícil concretar lo que uno siente cuando piensa en Ubisoft, porque en parte representa lo peor y lo mejor de la industria. Para ilustrarlo, un detalle propio: en la visita que EL PAÍS hizo a los estudios de la compañía en Malmö -lugar imponente que desbordaba creatividad y profesionalidad- algunos miembros del equipo hablaron del juego Star Wars Outlaws que estaban desarrollando. Las aportaciones de los principales creativos sobre diseño de niveles, mecánicas o arte conceptual fueron tan fascinantes como innecesarias resultaron las charlas de otros miembros del equipo (y hablamos de decenas) encargados del diseño de las botas específicas para cada personaje o de las texturas de los diferentes asientos del juego. Es decir: el trabajo del estudio era ímprobo y riguroso, pero era imposible desprenderse de la sensación de que todo aquello estaba hinchado.
Sin embargo, aunque muchos piensen que esas botas (es un ejemplo entre muchos) eran un desperdicio superfluo, el caso es que esa política de gasto alegre de Ubisoft posibilitaba otras acciones que han contribuido, por ejemplo, a la consolidación del videojuego como agente cultural. Por ejemplo, la unión que la compañía tuvo con Patrimonio Nacional para restaurar un casco samurái del siglo XVI y rescatar su historia, muy imbricada con España. Acciones así evidencian la voluntad cultural de la empresa, cuyo mejor ejemplo es quizá el Discovery Tour de la saga Assasin’s Creed, una herramienta de divulgación pura, en la que han intervenido cientos de historiadores y que se usa ya en muchos institutos para dar clase. Quiere decirse que las empresas gigantes invierten mucho dinero, a veces en artefactos revolucionarios que unen tecnología y cultura, a veces en chorradas. La clave de todo esto es que no es tan fácil discernir una cosa de la otra hasta que se gasta el dinero necesario en materializarlas.
La voluntad de Ubisoft de seguir siendo una empresa de videojuegos con las formas de hace 20 años parece que queda truncada, y orillados quedan el remake de Prince of Persia: Las Arenas del Tiempo, un Assassin’s Creed, un Splinter Cell o el nuevo Watch Dogs. De nuevo, la cuenta de resultados no miente. Lo hemos dicho muchas veces en este espacio: el sobrecoste de los juegos en los últimos tiempos hace que, para ser rentables, muchas superproducciones no tengan que vender tres millones de unidades, sino 30, cosa muy improbable. Y Ubisoft, desgraciadamente, ha encadenado muchas menos ventas de las esperadas en sus proyectos recientes más grandes: Avatar: Frontiers of Pandora, Skull & Bones, Star Wars Outlaws. Su última gran apuesta, Assassin’s Creed Shadows, ha vendido más, pero menos de lo necesario.
La conclusión es clara: no ha muerto, ni mucho menos, pero Ubisoft ha entrado en modo supervivencia. O las demás grandes empresas se ponen las pilas y ajustan sus presupuestos a sus beneficios reales, o esta no será la última noticia similar que veremos este año. Cuando las barbas del vecino veas quemar... pon las tuyas a recortar.