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Móviles negros, años dorados

El teléfono inteligente conectó a miles de millones de personas en unos pocos años y se convirtió en el objeto más importante del siglo. Esta es una crónica del tiempo que pasé junto a mis dispositivos

En la blackberry bold, el teclado era como el de “una diminuta máquina de escribir”.ALAMY / CORDON PRESS

Cuando a las diez de la mañana del 11 de julio de 2008 veo a Carlos Ramírez, un chico colombiano de 19 años que ha pasado la noche haciendo cola, entrar en la fastuosa nueva tienda de Telefónica en la Gran Vía de Madrid para comprar el primer iphone vendido en España, yo ya llevo uno en el bolso. Me lo ha prestado Apple durante unos días porque trabajo como periodista tecnológica en un med...

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Cuando a las diez de la mañana del 11 de julio de 2008 veo a Carlos Ramírez, un chico colombiano de 19 años que ha pasado la noche haciendo cola, entrar en la fastuosa nueva tienda de Telefónica en la Gran Vía de Madrid para comprar el primer iphone vendido en España, yo ya llevo uno en el bolso. Me lo ha prestado Apple durante unos días porque trabajo como periodista tecnológica en un medio digital que nació el año anterior y morirá al siguiente, una brizna de innovación arrasada por la misma crisis que en cinco años acabará con tres millones y medio de empleos, incluido el mío. Al final de ese verano Lehman Brothers quebrará, iniciando una recesión de la que aún sufrimos sus consecuencias.

A diferencia de lo que ocurriría en crisis posteriores, es un tiempo duro en lo económico, pero muy feliz en internet. En los ocho años posteriores a la presentación del iphone en California en 2007, la población mundial con acceso a internet se duplica hasta sobrepasar los 3.000 millones. Internet para toda la humanidad y en todo momento, ¿no es eso acaso algo maravilloso? Enloquecemos de diversión con el primer Facebook, el primer Tuenti, el primer Twitter. En 2010, España es el tercer país del mundo que más utiliza las redes sociales después de Brasil, casi empatado con Italia. Publico dos reportajes de portada para El País Semanal: uno anuncia la era de las redes sociales, otro la Twitterrevolución. También escribo para este periódico un blog, Trending Topics, hijo de su tiempo, que cubre las primaveras árabes, el 15-M, Anonymous, WikiLeaks. Internet empieza a ser tomado en serio más allá de los chistes y la piratería. Puede ser usado para la revolución.

Dejo de ser autónoma para trabajar en redacciones, primero en el lanzamiento de S Moda y después en The Huffington Post, y cambio mi blackberry bold, un teléfono inteligente con un teclado físico que contenía todas las letras del alfabeto, como una diminuta máquina de escribir, por otro iphone, esta vez de empresa. Resulta ser un regalo envenenado. El trabajo ocupa todas las horas del día y miro el mundo a través de su gran pantalla táctil, más pensada para consumir información que para crearla. Es irresistible. En unos pocos años se inventan el feed, el like, el retuit, el scroll infinito, las notificaciones, las listas públicas de seguidos y seguidores. Los algoritmos de recomendación empiezan a sustituir cualquier criterio editorial o cronológico y a darnos lo que no sabemos que queremos.

Internet es aún una fiesta, aunque una leve preocupación la enturbia. David Fincher dirige La red social, Nicholas Carr se pregunta si internet nos está haciendo estúpidos, Evgeny Morozov plantea si, más que una herramienta para la revolución, aquello no es una herramienta del poder; y se estrena la serie Black Mirror. El año 2013 marca el fin de la web libre: nos hemos olvidado de que hay vida más allá de las redes sociales y cierra Google Reader, el lector de titulares que facilitaba la lectura de medios y blogs. Yo hago el primero de mis muchos experimentos radicales de desconexión: compro un nokia 100 tonto de color rosa por 23 euros para librarme del iphone en vacaciones, pero sé que el problema no es el dispositivo.

Las historias se propagan más rápido y más lejos, y no son los medios sino las tecnológicas, que se están convirtiendo en las empresas más poderosas del mundo, quienes controlan su distribución y su explotación publicitaria. En 2014 propongo a EL PAÍS lanzar Verne, un lugar donde explorar las nuevas audiencias y narrativas de la cultura digital. Estamos en la era dorada de la viralidad, y cuando en nuestro primer día publicamos textos como “El olor de la lluvia sobre la tierra seca y otras 28 cosas que no sabías que tenían nombre”, es un gran éxito. Mi nuevo iphone tiene una pantalla aún más grande.

La curiosidad por ver el mundo cambiar me puede, y dos años después estoy en Miami, trabajando en una gran redacción estadounidense, desde cuyas enormes televisiones veo ganar las elecciones a Donald Trump y entrar en shock a medio planeta. Uso cada vez más las expresiones posverdad, desinformación, fake news, polarización, discurso de odio, conspiración. En unos pocos años vertiginosos hemos pasado de dudar de la importancia de internet a echarle la culpa de todo, pienso mientras viajo en Uber, me alojo en Airbnb y compro en Amazon. Han terminado los sueños revolucionarios, de creación y libertad, que creímos posibles en la Red. Yo aún tendría que pasar por otro iphone, un xiaomi, un hisense de tinta electrónica y dos google pixel más antes de regresar a este periódico como columnista. Aún echo de menos el internet que cabía en mi blackberry bold.

Durante estos años, también contamos estas historias:

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