Columna

‘Eppur si muove’

Ayer celebramos el día de los trabajadores, el Primero de Mayo. Siempre ha sido una conmemoración reivindicativa y festiva a la vez. Su objetivo es recordar la lucha de la clase trabajadora por sus derechos y que esta marchara junta por las calles en un acto de unidad simbólica. Hoy no se sabe ya bien a quién se representa ni el significado específico que haya de tener. Lo único que está claro es que han cambiado radicalmente el signo y el sentido de la misma. Más que proclamarse allí la reivindicación de nuevos derechos, como era lo habitual, lo que se exige ahora es que no se pierdan los ya ...

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Ayer celebramos el día de los trabajadores, el Primero de Mayo. Siempre ha sido una conmemoración reivindicativa y festiva a la vez. Su objetivo es recordar la lucha de la clase trabajadora por sus derechos y que esta marchara junta por las calles en un acto de unidad simbólica. Hoy no se sabe ya bien a quién se representa ni el significado específico que haya de tener. Lo único que está claro es que han cambiado radicalmente el signo y el sentido de la misma. Más que proclamarse allí la reivindicación de nuevos derechos, como era lo habitual, lo que se exige ahora es que no se pierdan los ya conquistados.

Lo cierto es que nos encontramos en una nueva fase del capitalismo que provoca una desigualdad rampante —la “sociedad del uno por ciento”— y una no menor impotencia a la hora de adoptar medidas políticas dirigidas a atajar lo que en buen marxista se llamarían “las nuevas contradicciones”. El vocabulario y los análisis tradicionales sobre los que trazábamos los mapas de las luchas sociales han perdido capacidad de orientación. Esto es una evidencia, pero parece que poco a poco se va moviendo algo en la dirección contraria, que empezamos a ver el fin de la hegemonía teórica del neoliberalismo.

Hoy no se sabe ya bien a quién se representa en el Primero de Mayo ni el significado específico que haya de tener

Un ejemplo de esta nueva ilustración es, sin duda, la obra de Piketty, El capital en el siglo XXI, que ya ha sido de sobra comentada y se ha calificado como la más completa descripción de la lógica desigualitaria que acompaña hoy al capitalismo. Como análisis macro de teoría económica me parece casi imbatible y resalta la incompatibilidad sustancial entre desigualdad económica y lo que deberían ser los presupuestos igualitarios de un sistema democrático.

Hay otra perspectiva que tampoco es nada desdeñable, aunque no pueda presentarse con ningún aparataje empírico o estadístico. Precisamente porque penetra en los mecanismos más sutiles con los que opera hoy el poder. Me refiero a las reflexiones de Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio) sobre la forma en la que hemos interiorizado lo que antes se llamaba “explotación”. “La explotación de sí mismo es más eficiente que la ajena porque va unida a la idea de libertad”, nos dice. El énfasis sobre la motivación, la iniciativa, el proyecto, el emprendimiento, el afán competitivo... hace que los sujetos se “autoexploten” y a la vez puedan pensarse como “libres”. Y la coacción propia es más eficaz que la ajena porque uno no puede luchar contra sí mismo. Quien fracasa es doblemente fracasado porque se ve como culpable de su fracaso.

El corolario lógico de todo esto ha sido bien visto por A. Touraine al hablar de la “lógica post-social”. La ideología del emprendimiento y las medidas y reformas del mercado laboral tienden a restar fuerza a la lucha colectiva, a eliminar la red que siempre estuvo representada por sindicatos, partidos o proyectos comunes. Hay un vacío en el centro que antes ocupaba lo social y que se ha desintegrado al erigirse el sujeto en el pivote de lo colectivo. Aquí está el nudo gordiano, ahora solo falta saber cómo cortarlo.

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