Marx Arriaga, otro legado incómodo del obradorismo que tensa la política educativa en México
La influencia del funcionario en los contenidos escolares y en el discurso pedagógico lo sitúan en el centro de una disputa que trasciende las aulas y refleja las tensiones políticas que atraviesan el sistema educativo
Marx Arriaga Navarro (Texcoco, Estado de México, 44 años) ha saltado del anonimato a los titulares nacionales e internacionales con la misma velocidad que su carrera en el servicio público. Hasta hace unos días ocupó una posición estratégica en la Secretaría de Educación Pública (SEP), como director general de Materiales Educativos, el área encargada de elaborar los libros de texto de la educación básica en México. El polémico arquitecto de la Nueva Escuela Mexicana construyó su ascenso en la política educativa en corto tiempo y al amparo del proyecto del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Su cercanía con la escritora e investigadora Beatriz Gutiérrez Müller, esposa del mandatario, lo colocó en un espacio privilegiado, pero con el relevo presidencial y la llegada de la presidenta Claudia Sheinbaum, Arriaga Navarro entró en una zona de tensión política que culminó en una salida polémica, marcada por desacuerdos internos y críticas públicas a los cambios en la estrategia educativa. Su actitud combativa lo sitúa en el centro de una disputa que trasciende las aulas y refleja las tensiones políticas que atraviesan el sistema educativo en México.
Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, Arriaga había desarrollado una carrera académica con el foco en la promoción de la lectura y el análisis literario antes de incorporarse al aparato gubernamental. Su perfil intelectual fue una de las apuestas de la Administración de López Obrador para dar un giro de tuerca que lo distinguiera de los gobiernos anteriores. El primer contacto de Arriaga Navarro en la burocracia mexicana fue en la dirección de Bibliotecas en la Secretaría de Cultura en 2019; de ahí saltó en 2021 a ocupar la dirección de Materiales Educativos, desde donde delineó el plan de estudios de la Nueva Escuela Mexicana, además de editar los materiales educativos para los 23,3 millones de estudiantes en educación básica. Antes de eso, acompañó a Gutiérrez Müller como sinodal en su camino para obtener el grado de doctora en Humanidades.
El material abrió uno de los capítulos polémicos del Gobierno anterior. La nueva estrategia ha sido criticada por la presunta carga ideológica y adoctrinamiento plasmados en los nuevos libros de texto, la improvisación en su implementación y la falta de capacitación para los docentes. Eso, aunado a supuestas deficiencias en la enseñanza de matemáticas, la complejidad de contenidos y la falta de interés en las habilidades básicas. En ese momento su nombre alcanza notoriedad nacional. Arriaga emprendió una defensa férrea de los contenidos con el argumento de que los materiales debían romper con el modelo educativo “neoliberal” y apostar por una visión comunitaria, crítica y humanista del aprendizaje. La narrativa conectaba con el discurso presidencial, pero también abrió un frente de confrontación con especialistas, organizaciones civiles y gobiernos estatales que cuestionaron tanto el contenido como el proceso de elaboración de los libros.
Las polémicas se multiplicaron. Críticos señalaron errores conceptuales, así como fallas metodológicas. La respuesta de Arriaga fue combativa, acusando a sus detractores de defender privilegios y de resistirse a un cambio profundo en el sistema educativo. El académico apostó por la polarización y confrontación constantes y hasta el último momento, un funcionario ideologizado que ha puesto en tela de juicio la apuesta educativa de Sheinbaum y su deseo de continuar con el modelo de su antecesor. Arriaga asumió el debate público como parte de su estrategia política. En varios momentos cuestionó a organismos internacionales, especialistas y sectores empresariales, lo que amplió el alcance de las controversias más allá del ámbito educativo.
La transición política de 2024 modificó el equilibrio de poder que había sostenido su trayectoria. Con Claudia Sheinbaum en la presidencia, la SEP a cargo de Mario Delgado realizó cambios de fichajes, inició ajustes de prioridades y depuró equipos. Aunque la mandataria ha mantenido la narrativa de continuidad con el proyecto de la cuarta transformación, también ha buscado imprimir su propio sello, especialmente en la gestión pública y en la relación con actores educativos y en el cambio en el contenido de los materiales educativos, incorporando a las mujeres en la narrativa, una fórmula a la que Arriaga puso resistencia y comenzó a quedar en una posición incómoda.
Las diferencias de Arriaga se reflejaron en decisiones administrativas, pero también en el mensaje político. Un cargo clave hoy disponible en el que no sorprendería que Sheinbaum coloque a alguien afín a su estrategia. Su salida —rodeada de versiones encontradas sobre renuncias, reacomodos y desacuerdos— evidenció una ruptura con el modelo político anterior. Un desenlace lógico, dicen morenistas cercanos a la presidencia, para un funcionario estrechamente identificado con el círculo de López Obrador y Gutiérrez Müller y un síntoma de tensiones internas sobre el rumbo de la política educativa mexicana.