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Opinión

¿Profesionalizar la dirección de los centros educativos?

En demasiados centros cuesta encontrar candidaturas y, en ocasiones, la dirección acaba recayendo en personas que no la buscaban

Alumnos de un centro eduicativo de Valencia.Mònica Torres

Profesionalizar la dirección de los centros educativos no es una opción ideológica ni un gesto de modernidad. Es una necesidad. Lo es por la complejidad creciente de la escuela, por las exigencias normativas y organizativas, por la diversidad del alumnado, por el papel central que hoy tienen los equipos docentes y por la presión que recae sobre los centros. Y lo es también por una evidencia que nadie discute. La dirección influye decisivamente en la calidad de un centro, en su clima de convivencia, en su capacidad de mejora y en su estabilidad.

Dicho esto, conviene precisar que profesionalizar no equivale necesariamente a importar un modelo en el que la dirección sea una profesión separada de la docencia, como ocurre en algunos países. Ese planteamiento tiene una fuerza aparente, sobre todo cuando se apoya en un hecho real. En demasiados centros cuesta encontrar candidaturas y, en ocasiones, la dirección acaba recayendo en personas que no la buscaban o que se ven empujadas a asumirla por falta de alternativas. Pero del síntoma no se deduce automáticamente el remedio. Y aquí empieza el verdadero debate. Profesionalizar, sí, pero qué profesionalización, para qué tipo de dirección y, en última instancia, para qué tipo de escuela.

Una parte del problema se describe con frecuencia de manera demasiado simple. No se presenta nadie. La pregunta, sin embargo, debería ser otra. ¿Por qué no se presenta nadie? Y la respuesta rara vez está en que la dirección sea docente. Está, sobre todo, en que el puesto se ha convertido en una función de desgaste. La sobrecarga burocrática, la gestión permanente de conflictos, la presión de la administración, las demandas cruzadas de familias y profesorado, la exposición pública en tiempos de redes sociales, la responsabilidad jurídica y la falta de apoyo efectivo en lo cotidiano hacen que, a menudo, dirigir un centro sea más una prueba de resistencia que un ejercicio de liderazgo educativo. Si, además, las compensaciones laborales y económicas no guardan proporción con esa exigencia, el resultado es previsible. Escasez de candidaturas, rotación y proyectos interrumpidos.

Por eso, si queremos resolver el problema, conviene no confundir el objetivo con el instrumento. El objetivo es claro. Necesitamos direcciones sólidas, formadas, estables y capaces de impulsar proyectos de centro. El instrumento no está predeterminado. Y aquí es donde creo que debemos situar el énfasis. La dirección escolar no puede entenderse como una figura de mera gestión. Una escuela no es solo una organización que administra recursos y horarios. Es una comunidad educativa que enseña, aprende, convive, incluye y construye ciudadanía. En ese marco, la dirección debe ser, ante todo, dirección pedagógica.

Esto significa algo muy concreto. Una dirección profesional tiene que saber de organización, sí, pero también de aprendizaje. Tiene que manejar normativa, sí, pero también entender lo que ocurre en un aula. Tiene que coordinar equipos, sí, pero también sostener procesos de mejora. Tiene que responder a problemas, sí, pero también anticipar y planificar. Y, hoy, si hablamos en serio, una dirección tiene que ser capaz de liderar un proyecto de centro coherente con retos como la inclusión, la convivencia, la innovación metodológica o el fortalecimiento del trabajo colaborativo del profesorado.

Por eso, profesionalizar no debería traducirse en separar la dirección del mundo docente, sino en construir una carrera directiva docente, exigente y dignificada, que combine preparación, experiencia, proyecto y evaluación. No se trata de que por ser docente se esté preparado para dirigir. No lo está. Pero tampoco se puede ignorar que una dirección con ambición pedagógica necesita comprender la escuela desde dentro.

Profesionalizar la dirección no puede reducirse a declarar que hace falta formación. Hace falta, sí, pero dentro de un itinerario completo. Ese itinerario debería empezar por establecer requisitos mínimos de experiencia docente. No como un filtro corporativo, sino como garantía de conocimiento real del centro, de sus aulas y equipos, de su convivencia, de su diversidad, de su relación con las familias y de su cultura profesional. A partir de ahí, la profesionalización exige una formación inicial rigurosa que aborde con seriedad competencias como el liderazgo pedagógico, la gestión de equipos, la mediación de conflictos, la organización escolar, la normativa, la evaluación y mejora, la inclusión, la relación con el entorno y la capacidad de planificación estratégica. Un centro sin proyecto acaba gobernado por la urgencia y una dirección sin herramientas acaba arrastrada por el día a día.

De hecho, en el acceso a la dirección debe ser fundamental la presentación de un proyecto de centro. Un plan de actuación coherente, con prioridades claras, ajustado al contexto, defendible ante la comunidad educativa y evaluable en su desarrollo. Esa exigencia introduce una diferencia esencial. No es lo mismo aceptar el cargo que asumir un liderazgo. Y solo cuando hay proyecto la dirección deja de ser un parche para convertirse en una función de transformación.

Ahora bien, incluso con experiencia, formación y proyecto, dirigir sigue siendo un aprendizaje continuo. Por eso, la profesionalización debe sostenerse con formación permanente, mentoría y redes de aprendizaje. Acompañamiento en los primeros años, intercambio de experiencias, trabajo colaborativo entre direcciones y espacios reales para compartir prácticas y problemas. La soledad profesional es uno de los grandes factores de desgaste y, a la vez, uno de los mayores obstáculos para la mejora.

Pero todo esto se queda en un discurso si no se toca el punto que, en la práctica, determina la existencia o no de candidaturas. Las condiciones laborales y económicas. Sin una reducción efectiva de docencia, sin apoyo administrativo real, sin simplificación de burocracia, sin reconocimiento retributivo acorde y sin respaldo institucional ante conflictos, cualquier modelo fracasa. Porque el problema no es solo que la dirección sea difícil. Es que, a menudo, resulta poco sostenible. Y cuando todo el tiempo se consume en trámites, la dirección deja de liderar pedagógicamente y se limita a apagar fuegos.

Queda un elemento final que conviene decir sin rodeos. La legitimidad interna importa. Una dirección que aspire a liderar un proyecto pedagógico necesita confianza. Y la confianza no se decreta, se construye. Por eso, el procedimiento de selección y nombramiento debe garantizar que la comunidad educativa, a través de sus órganos y de sus mecanismos de participación, tenga un papel sustantivo. Sin implicación del claustro y sin un mínimo de reconocimiento por parte del centro, el liderazgo se queda en autoridad formal.

En resumen, profesionalizar la dirección es imprescindible. Pero profesionalizar no es convertir a los directores en gerentes ni separar la dirección de la docencia como si esa desconexión garantizara automáticamente calidad. Lo que necesitamos es dirección profesional con sentido pedagógico, con liderazgo compartido, con apoyo institucional y con condiciones dignas. Porque una escuela no se mejora solo administrándola. Se mejora orientándola, acompañándola y construyendo comunidad. Y eso, precisamente eso, es lo que debería significar profesionalizar.

Miguel Soler es secretario de educación de la ejecutiva del PSPV-PSOE

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