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Alberto Sanchis, el arquitecto de la luz y las cooperativas

Una exposición en el Colegio de Arquitectos de Valencia repasa el legado del precursor de las cooperativas de viviendas en la ciudad que salía de la oscuridad del franquismo

Alberto Sanchis se solía sentar en la terraza de su casa que daba al gran jardín interior de La Ecológica, en El Puig. Desde su esquina, el arquitecto observaba cómo iba cambiando la luz del día y cómo fluía la vida en el espacio que había diseñado: ya no correteaban los hijos de los primeros cooperativistas, sino los nietos de aquellos que se embarcaron en un ilusionante proyecto colectivo. Todos ellos han jugado y juegan allí, sobre la hierba, entre los árboles, en la piscina, dentro del ágora, de la cancha de baloncesto, o entrando y saliendo de las casas de los vecinos abiertas al amplio rectángulo que conforman. Probablemente, no hay mayor satisfacción para un arquitecto con una clara voluntad social que haber sido testigo de cómo la gente se apropia de su obra.

De todo eso hablan cuatro vecinos que han crecido en esta urbanización de la población valenciana en uno de los vídeos de la exposición Alberto Sanchis Pérez (1940-2015), que se exhibe en el Colegio Territorial de Arquitectos de València (CTAV) hasta el 16 de febrero. Cuentan cómo ha discurrido su vida en una arquitectura que buscaba siempre la luz natural y la luz de la convivencia, de la interacción social. A menudo, uno no repara en la importancia de determinadas cosas que pasan desapercibidas hasta que se echa la vista atrás

La luz entra a raudales en todas las obras de Alberto Sanchis. No es solo el autor de las cooperativas concebidas en los años setenta y hasta los noventa en la Valencia que dejaba atrás la ominosa oscuridad del franquismo, hasta el punto de que podría ostentar el título oficioso del gran arquitecto de las cooperativas, sino que también diseñó viviendas, colegios, diferentes edificios públicos o rehabilitaciones.

En la muestra se ha analizan 13 obras y se recogen una treintena, con especial atención a la cooperativas de viviendas en la calle de Bilbao de Valencia (Virgen de los Llanos), en la Malva-rosa (La Colla), en Alcásser o en El Puig (La Ecológica) y al proceso de redacción del proyecto que partía de una base: raonar.

Si raonar es “adduir les raons que expliquen o justifiquen (una cosa)” o simplemente “parlar, dialogar, conversar", como dice el Diccionari Normatiu Valencià, Alberto Sanchis raonaba mucho antes de acometer un proyecto, como apuntan los testimonios recogidos. Tanto que hacía encuestas entre los cooperativistas para recabar sus necesidades. También le gustaba platicar e intercambiar opiniones con sus alumnos de la Escuela de Arquitectura de la Politécnica.

Lo recuerda Pablo Sanchis, su hijo arquitecto y comisario junto a David Estal de la muestra, concebida a partir de la donación al Colegio de Arquitectos por parte de la familia del archivo del arquitecto, fallecido hace poco más de 10 años. Planos, apuntes, fotografías, dibujos, un manual práctico de arquitectura, antes y después del advenimiento del ordenador, se despliega en los paneles que recogen los trabajos de Sanchis y su Taller d’Arquitectes en el que trabajaron Josep Manuel Ribera, Ana Peris, Helios Gisbert o su propio hijo Pablo.

“Recuerdo a mi padre siendo yo un niño en la obra, hablando con unos y otros”, comenta el arquitecto. “La verdad es que no sé si le hubiera gustado una exposición con su obra y ser protagonista. Nunca mostraba sus edificios como trofeos, tampoco los buscaba para salir en fotos fantásticas, como hacemos ahora, sino que quería edificios duraderos, con espacios comunes y mucha luz natural, en cuya concepción participaran los propietarios o la comunidad de propietarios”, explica.

El título del gran arquitecto de las cooperativas se dio a posteriori. “Él iba haciendo y fue luego cuando nos dimos cuenta de que se convirtió en buena medida en un precursor de las cooperativas en Valencia”, apostilla Pablo. A finales de los años setenta, Santiago Carrillo, el dirigente histórico del PCE, entonces recientemente legalizado, visitó la cooperativa de la Malva-rosa. Entre algunos de los vecinos, baqueteados en la lucha antifranquista, se comentaba con humor que la estructura laberíntica de los espacios compartidos había sido diseñada para despistar a los grises, como se denominaba popularmente a la policía de la dictadura.

La muestra también se detiene en los detalles. Hijo de carpintero, nieto de ebanista, formado inicialmente como arquitecto técnico, Alberto Sanchis daba continuidad en sus obras a elementos singulares como sus “barandillas exentas, separadas de los muros y recercadas con un perfil metálico que hacía de pasamanos y las anclaba contra el forjado, por lo que no tocan las paredes”, explica Pablo. También “las velas”, los elementos triangulares para captar la luz cenital y duplicar la iluminación natural de las estancias inferiores llevaban su personal sello, agrega. Siempre he pensado que sus casas eran un poco especiales, como en tres dimensiones, no lineales, con espacios conectados, vistas cruzadas y siempre con mucha luz”, concluye.

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