Vox desafía a las encuestas y extrema propuestas y actitudes
La formación ultra pone a la Iglesia en el punto de mira por la inmigración
El único vaticinio que se ha cumplido respecto a Vox ha sido el de que cerrarían acuerdos de gobierno en Extremadura y Aragón. La confianza del PP se basaba en las consecuencias que podría tener ...
El único vaticinio que se ha cumplido respecto a Vox ha sido el de que cerrarían acuerdos de gobierno en Extremadura y Aragón. La confianza del PP se basaba en las consecuencias que podría tener para todos los partidos políticos, pero sobre todo para el partido ultra, de forzar a que extremeños y aragoneses volvieran a las urnas de nuevo. Ahora, no tienen dudas de que también habrá acuerdo en Castilla y León. Andalucía, que votará el 17 de mayo, es capítulo aparte, con unas características políticas, sociológicas y de liderazgo que la alejan del resto.
El resto de las hipótesis que se han barajado en el último trimestre sobre un eventual cambio de estrategia de Vox, de modos y de formas, a tenor del supuesto estancamiento del partido de la ultraderecha, no se vislumbran, sino todo lo contrario. Las formas se han extremado, los contenidos se han exacerbado y no hay operador político, institucional o social que quede a salvo de sus ataques si lo que defienden choca con sus posiciones. La Conferencia Episcopal Española ya conoce de primera mano la dureza de la crítica de la tercera fuerza política española. La defensa de la Iglesia católica desde todos los púlpitos, incluido el más alto, el del Vaticano, del proceso en marcha de regularización de inmigrantes que viven de manera irregular en España ha desatado la ira de Abascal contra los obispos: “No se atreven a criticar al gobierno mafioso porque les proporciona negocio, y su prioridad es el negocio”.
La incomodidad en el PP nacional es ostensible, pero gobernar es lo primero y Alberto Núñez Feijóo solo puede bendecir los pactos en Extremadura, Aragón y el esperado de Castilla y León. Vox sí quiere gobernar, con mando e influencia, señalan fuentes populares. Mientras, el presidente andaluz, Juan Manuel Moreno Bonilla, alerta a los ciudadanos de su comunidad de que no le pongan en “el trance” de tener que sentarse, escucharse y compartir gobierno con el partido ultra. En este marco de compartimentos estancos por territorios, la competición entre PP y Vox en el ataque al gobierno de Pedro Sánchez no tiene límites. Tampoco la del partido ultra contra el PP, aunque con menos aparato eléctrico insultante ni adjudicación directa de delitos. Sí coinciden las derechas en despojar al PSOE y el gobierno de tener otra intención y actuación que no sea la propia de una “banda criminal”.
Estas denominaciones que contienen la adjudicación de delitos gozan de inmunidad al ser expresadas en el Parlamento. Los insultos en la calle no tienen recorrido. “Pedro Sánchez es un mierda…” y Fernando Grande-Marlaska “es una rata”, proclamaba este fin de semana Santiago Abascal en un mitin en Cádiz, a lo que el auditorio respondió con el ya clásico “Pedro Sánchez, hijo de puta”. Ese insulto tampoco es ajeno en entornos del PP, que es de donde salió a través de la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, disfrazado en su “me gusta la fruta”.
“La prioridad nacional” que han firmado Vox y PP en Extremadura sobre el acceso a ayudas sociales para que los inmigrantes con residencia legal queden detrás de los españoles de origen es la idea fuerza hasta las elecciones generales. Este concepto de los nacionales primero, inaugurado en los años setenta en Francia por el líder de la ultraderecha Jean-Marie Le Pen, que su hija Marine quiso aligerar, va más allá de los residentes legales y de los nacionalizados españoles.
En el ámbito nacional, los populares saben que la aspiración de Vox alcanza la españolidad de origen, no la mera nacionalidad. De momento no hay que tomar decisiones porque la suerte de manifiestos firmados entre PP y Vox en Extremadura y Aragón, más que un programa con medidas concretas, permite que uno y otro expongan la interpretación que consideren más favorable.
No hay complejos del lado de Vox, como se ha visto en las duras descalificaciones a la dirigencia de la Iglesia, que se ha sentido “injuriada” por el partido ultra al acusarla de seguir el juego al gobierno por puro interés económico. Sí es cierto que algunos obispos se han manifestado más en la línea de Vox que de su Conferencia Episcopal, así como más cerca de Donald Trump que del papa León XIV a propósito igualmente del trato a la inmigración regular y regulada.
Tampoco hay titubeos en el presidente andaluz sobre la posición sobre la inmigración. Moreno Bonilla considera que su franja de apoyos se ensancha separándose de Vox y estos, por su parte, no creen que sus posiciones les mermen apoyos en la calle cuando vinculan inmigración con delincuencia y menoscabo del acceso de los españoles a las ayudas públicas. Así seguirán hasta las elecciones generales, con diatribas y violencia verbal extremas hacia los adversarios y las instituciones que les lleven la contraria, incluida la Iglesia y la jefatura del Estado, llegado el caso. Moreno Bonilla no los quiere como socios con el argumento de que no le dejarían ser libre. El temor del PSOE es que potenciales votantes suyos se apresten a ayudar al presidente andaluz para tal objetivo.