La sonrisa entre el estupor y el dolor de José Luis Ábalos
El exministro tiene en este juicio una particular forma de expresar disgusto, enfado y desacuerdo: se ríe
De los tres acusados, el más famoso de todos, el que acumuló más poder y más influencia, el exministro y ex número tres del PSOE José Luis Ábalos, es el más contenido en el banquillo de los acusados. Depresión, ansiedad, hipertensión, diabetes y lumbalgias, según los informes médicos que presentó al Supremo para evitar ir a la vista previa del juicio que se celebra estos días. Es compatible su delgadez con esos males.
Ábalos acude al Supremo cada mañana con un traje azul, bien peinado, y permanece quieto, casi tieso, en su asiento en el banquillo. De vez en cuando atiende a Koldo García, su exsubalterno, y otras veces se inclina hacia adelante para decirle algo a su abogado (el tercero que tiene, con el que ha llegado al juicio), Marino Turiel. Tiene una particular forma de expresar disgusto, enfado, desacuerdo: se ríe. A veces ostentosamente. Se rio con algunas de las declaraciones de Jéssica Rodríguez, su expareja, de la que había negado siempre, con mucho énfasis, que se dedicase a la prostitución, para luego acabar preguntándoselo delante de toda España a través de su letrado.
Ábalos ha dado tantos pasos adelante y atrás, ha dicho tantas cosas luego desmentidas y desmentido tantas cosas luego confirmadas, que cuesta saber qué pasa por su cabeza estos días. No le gusta el espectáculo, eso está claro, pero hubo un momento esta semana en que sacó pecho: cuando declaró su hijo, y dijo las cosas que su padre quería escuchar, y hasta dejó algún zasca al tribunal que Ábalos celebró con la única sonrisa limpia que ha tenido en el juicio, la única que no expresaba enfado, estupefacción o burla.
Escuchó cómo Leonor González Pano se refería a él en los chats de WhatsApp con su pareja: putero. “El putero se ha enfrentado al guapo”, le dijo Leonor a su novio, y por el guapo se refería a Pedro Sánchez. ¿Por qué le llamaba así a Ábalos?, le preguntó el fiscal. “Es que a una persona que no me cae bien, le puedo decir idiota o le puedo decir algo más fuerte”, contestó Leonor. Claro. Porque ahora no se lleva “cabrón”.
Leonor González Pano fue la única que sacó un brillo en la mirada de Víctor de Aldama cuando recordó que habían estado juntos de jóvenes. Otro brillo de Aldama ocurrió cuando bajó del coche cargado con unos pasteles para entregar a la prensa. Hay varias opciones, la primera es que confundiese a los periodistas con los magistrados, la más plausible, desde luego. Otra, más delicada, más sutil, es que Aldama regalase los pasteles para llamar a los periodistas “muertos de hambre”.
Su exnovia dijo, al dar una noticia amarga a su jefe de la trama de los hidrocarburos, Claudio Rivas, que este “se puso por los cerros de Úbeda”. Ha habido prensa que reflejó estas palabras sin mover una ceja. Irse por los cerros de Úbeda significa —a esto hemos llegado ya— desviarse de un tema, irse por las ramas, alejarse del asunto capital de una charla, divagar.
Leonor González Pano lo que quiso decir en el juicio es que Claudio Rivas montó en cólera, pero lo que dijo realmente es que, después de enterarse de que Sánchez había destituido a Ábalos y frustrado su acuerdo, Claudio Rivas se puso a hablar del Celta de Vigo. Es un juicio a Ábalos, Koldo y Aldama, pero se está juzgando también muy severamente la lengua castellana. Muchas faltas de respeto a la sacrosanta que José Luis Ábalos recibe aparentemente con una actitud crítica y desafiante. Se acumulan las malas noticias, no se esperan buenas.
Avanza el juicio donde cada frase corrige a la anterior y cada testimonio abre una grieta nueva en el relato que debía cerrarse. En ese ruido, Ábalos sigue rígido, como si la contención fuese una estrategia o una forma de supervivencia: no lo toquen, que se desmonta. Koldo García gesticula alardeando de pelo nuevo, Víctor de Aldama sonríe cuando no toca, y los nombres propios entran y salen del relato sin llegar a fijarse nunca del todo. Lo más revelador, pasada una semana, es la sensación de que nadie está contando la historia completa, ni siquiera cuando piensa que lo está haciendo.