Un comisario al otro lado de las líneas rojas
Las andanzas del policía, cuyos audios de acoso a una subordinada publicó EL PAÍS, eran un clamor en el cuerpo, al igual que los controvertidos medios por los que lograba sus buenos resultados
Las “formas groseras”, las “malas maneras”, las “bravuconadas” y los “dejes chulescos” del comisario Emilio de la Calle eran bien conocidos en algunos círculos de la Policía Nacional desde hace muchos años. Por eso, ...
Las “formas groseras”, las “malas maneras”, las “bravuconadas” y los “dejes chulescos” del comisario Emilio de la Calle eran bien conocidos en algunos círculos de la Policía Nacional desde hace muchos años. Por eso, los escandalosos audios publicados por EL PAÍS esta semana, en los que se le escucha gritar, insultar y amenazar a una subinspectora que estaba bajo su mando, han causado estupor y rechazo internamente, pero no sorpresa: “Lo raro es que haya tardado tanto en salir”, se comenta en el cuerpo.
Las grabaciones fueron realizadas por su subordinada en la Embajada en la India, el último destino del comisario madrileño antes de que ella le denunciara por acoso laboral y sexual y él fuese apartado de su puesto por el Ministerio del Interior hace un año. La Audiencia Nacional sigue la investigación judicial sobre el asunto.
De la Calle, con 54 años y una trayectoria profesional forjada con el acelerador pisado, primero persiguiendo aluniceros en la capital y después a terroristas y narcotraficantes en Sierra Leona y Ghana, asegura que ahora dedica diez horas al día a preparar su defensa.
“Era un bocachanclas, a la gente floja y vaga le hablaba fatal, ya fueran hombres o mujeres”, recuerda un agente que le tuvo como jefe durante años en la Brigada de la Policía Judicial de la Jefatura de Madrid, donde De la Calle fue responsable del grupo de robos, para luchar concretamente contra los aluniceros que en 2005 causaban estragos en las joyerías de la capital. “Luego en el curro fue pionero en lo que hacía. Al niño Sáez [conocido alunicero] y a su grupo, les quitó cuatro millones; la primera vez que se había hecho algo así”, recuerda el mismo agente.
La cara y la cruz de Emilio de la Calle. Un policía que hacía honor a su apellido. Un agente eminentemente operativo, que se codeaba sin despeinarse “con los choros [delincuentes], con sus novias, con sus abogados y con sus abogadas”, en el resbaladizo mundo de la pringue, en el que hay que hilar muy fino para no cruzar la línea roja. Criado en Chamberí, buen conocedor de los terrenos que pisaba, Calles —como le conocían sus compañeros—, un tipo “directo”, “vehemente” y “sin filtros” —se define él mismo— “trabajaba 24/7” y obtenía buenos resultados pero cruzando la línea casi por sistema.
“Perdía los papeles”
“Estaba fuera de tono en la policía actual. Era un bestia hablando, pero luego se mataba por su gente, por cuidarles, por conseguirles medallas y reconocimientos, por invitarles a todo, pero les exigía mucho y, cuando no respondían, perdía los papeles”, relatan quienes trabajaron con él.
Cuando los rumores de sus excesos comenzaban a traspasar los muros de la Jefatura de Madrid, aceptó irse en misión de Paz con Naciones Unidas a Sierra Leona en 2009. Prolongó su periplo por el Oeste africano hasta 2014, en la lucha contra el crimen organizado, como agregado de Interior en Ghana. Regresó ya como inspector Jefe de la Sección Operativa de Relaciones Internacionales e Institucionales en la Comisaría General de Extranjería y Fronteras, donde permaneció cuatro años con notables diferencias con sus jefes.
“Yo llegué en 2018 a una comisaría en la que nadie hacía nada y les puse a trabajar”, dice el comisario de su posterior aterrizaje en Barcelona. “La llamaban ‘la brigada de castigo’, porque nadie quería ir ahí, y en 2019 fue la más condecorada”, presume.
De la Calle llegó a la ciudad en una etapa complicada, en la que Cataluña intentaba coser las heridas abiertas por el referéndum ilegal independentista de 2017. “Él lo puso fácil, intentaba ayudar en todo lo que podía”, asegura un mando policial de los Mossos, que trabajó con él en aquella época. Y también con su superior, Juan Fortuny de Pedro, que en 2024 mató a su pareja y a su expareja y después se suicidó.
De la Calle impulsó y participó en equipos conjuntos, como los que se llevaron a cabo en los narcopisos en El Raval. Por primera vez en tiempo, la Policía Nacional cerraba filas con los Mossos y la Guardia Urbana. “Trabajamos para la ciudadanía, la Policía Nacional volvía a pisar las calles en Cataluña”, se enorgullece el comisario.
Pero el clima en La Verneda, el barrio de Barcelona donde tiene su sede principal la Policía Nacional, se había caldeado, según cuentan diversos policías rasos y mandos del momento. “Fue muy polémico como jefe”, asegura un policía que vivió la etapa con De la Calle como responsable de la Brigada de Extranjería. “Era un bully”, continua, sobre su manera de ejercer la autoridad, abroncando y apretando a la plantilla. Pero, a la vez, recuerda que su humor era cambiante: “Podía estar super enfadado, y al poco venía super feliz”.
De la Calle considera que parte de esas tensiones se deben a que rompió rutinas y lógicas de trabajo. Algunos recuerdan que llegaba a las seis de la mañana ya pegando gritos: “¿Dónde está la gente? ¡No hay ni Dios aquí! ¿Es que no trabaja nadie?”. Su intención, asegura, era volver a enchufar a una plantilla adormecida por las heridas del procés, el despliegue de los Mossos y un pasado polémico que atravesó las unidades de extranjería, implicadas en el sonado caso de corrupción policial de los burdeles Riviera y Saratoga, en 2009. “Él venía a decir que en Barcelona no se había currado nunca”, se queja otro mando intermedio de aquella época, que critica además su estilo arrogante. “Solo él sabía hacer bien las cosas. Era un ególatra”, insiste.
En el día a día, se normalizó que se podía elevar el tono. “Él pegaba voces, pero al final no solo gritaba él, también le gritaban a él”, explica un alto mando de la Policía Nacional, sobre la situación creada. A pesar de eso, otros policías aseguran que De la Calle encajaba bien cuando sus subordinados le paraban los pies. “Te dejaba en paz”, sostienen. “El tío en algunas cosas era muy bueno, tenía experiencia, hablaba idiomas”, añaden. Otros policías, sin embargo, aseguran que algunos de sus éxitos que él mismo se atribuían eran exagerados: “Se le daba bien vender humo”.
El ‘coronapincho’
Fiel a su carácter siguió saltándose líneas rojas y, en plena pandemia, estableció una cita de compañeros a la hora del pincho, que se popularizó internamente como “el coronapincho”: “Éramos 15 comiendo un bocata y con mascarilla”, rebaja el comisario.
En la etapa final de su paso por Cataluña, que duró apenas tres años, el sindicato SUP presentó un duro escrito al Comité de Seguridad y Salud de la Jefatura Superior de Cataluña. Era febrero de 2020. En la denuncia se recogían diversos ejemplos de la “conducta violenta” que supuestamente empleaba el comisario, con referencias a “gritos”, “alaridos”, “feroces críticas”, o “humillaciones”, “castigos” y una “presión indebida y arbitraria”. La Policía abrió una información reservada, que no llegó a nada porque no pudo probar lo que relataba el sindicato. De la Calle además reunió el testimonio de 14 policías que le defendieron y le definieron con una persona con buen talante, humano, y dispuesto a ayudar y motivar. “Fue una denuncia infundada y nadie declaró nada en mi contra”, se defiende ahora el comisario.
Así, su entrega (o adicción) al trabajo, sus parámetros de exigencia, y los buenos resultados que podía exhibir ante sus jefes seguían abriéndole puertas cuando parecía que se iba a llevar un portazo. La última, tras su divorcio de una compañera, fue la de la Embajada en la India.
Esos audios publicados ahora, llegaron al despacho de uno de los jefes de la funcionaria en Madrid hace algo más de un año y, “sin poder terminar de oírlos” —cuenta éste—, los entregó a su jefe superior. Que, a su vez, se los envió a Jota, el DAO José Ángel González, ahora acusado de agresión sexual. Entonces sí activó Jota inmediatamente el protocolo antiacoso y, en cuestión de días el comisario De la Calle quedó suspendido en su empleo.