El Athletic de Ernesto Valverde
El técnico ha conservado desde el comienzo de su carrera una cualidad que es hoy paradójicamente extraordinaria: la normalidad
Escribo este texto en la mañana del viernes 1 de mayo, Día del Trabajador. Me he despertado a primera hora y, acompañado de un café bien cargado, me he sentado frente al ordenador para teclear esta columna que quiero dedicar a Ernesto Valverde, un hombre al que admiro y quiero, y ...
Escribo este texto en la mañana del viernes 1 de mayo, Día del Trabajador. Me he despertado a primera hora y, acompañado de un café bien cargado, me he sentado frente al ordenador para teclear esta columna que quiero dedicar a Ernesto Valverde, un hombre al que admiro y quiero, y que este sábado cumplía 500 partidos al mando del Athletic Club. Pero llevo más de dos horas levantándome a cada rato, mirando por la ventana, paseando por el balcón, volviéndome a sentar para escribir un poco y borrarlo todo. Empiezo de nuevo, una y otra vez, intentando encontrar el tono adecuado y las palabras con las que explicar las razones de mi cariño personal y de mi admiración profesional hacia ese gran tipo. A veces es más difícil escribir sobre lo que a uno le toca el corazón. Quizá por eso estoy empezando con este párrafo metaliterario, que no deja de ser, como casi toda la metaliteratura, un viejo truco: el del mago que distrae al público con una mano para apartar su mirada del lugar exacto donde ocurre la trampa.
Aunque puede que la trampa no sea tal. Quizá la mejor manera de escribir sobre Valverde consista precisamente en admitir que cuesta encontrar el tono con el que explicar la grandeza de este hombre, porque esta reside en su escala humana. Quizá es más difícil celebrar su exquisita profesionalidad porque no se anuncia con gestos exagerados ni con palabras hinchadas, sino que se expresa en el buen hacer de cada día, en la constancia de quien no avanza a grandes zancadas, sino paso a paso.
En un oficio cada vez más entregado al énfasis, al titular exagerado, a la solemnidad de quienes hablan de sistemas de presión como si estuvieran explicando mecánica cuántica, Valverde ha conservado desde el comienzo de su carrera una cualidad que es hoy paradójicamente extraordinaria: la normalidad. En un mundo lastrado por la fe casi religiosa en el dato, la tabla de Excel y las estadísticas, él ha hecho del trato humano y el sentido común claves de su éxito. Pero cuidado, estos son rasgos que no deben confundirse con falta de ambición, ni tibieza en el trato, ni mucho menos ausencia de carácter o de rigor profesional. Al contrario, hace falta ser extraordinario para no tener que fingirlo en todo momento.
Hay algo profundamente athleticzale en su forma de estar, en esa discreción que evita los focos pero no teme enfrentarlos; en ese mostrar que el fútbol es importante, pero ni mucho menos lo único; en esa elegancia melancólica de quien es consciente de la enorme responsabilidad de llevar el timón de la nave rojiblanca, pero sabe que las batallas importantes se enfrentan quitándoles hierro.
Valverde alcanza los 500 partidos como entrenador del Athletic. La vida entera cabe en 500 partidos. De su mano hemos vivido de todo: noches inolvidables, tardes aburridas de domingo, victorias que se recordarán durante décadas y derrotas que quisimos olvidar antes incluso de que terminara el encuentro. Por supuesto, se habrá equivocado muchas veces, pero ha acertado en todas las demás y, lo más importante, casi siempre en lo esencial. Y aunque ni en unas ni en otras ha querido hacer ruido, ni esquivar responsabilidades, ni otorgarse méritos, no cabe duda de que nadie permanece tanto tiempo en un club como el Athletic por casualidad.
Una vez dijo que su mayor aspiración era permanecer en la memoria de la gente. En un club que mira al futuro desde el legado, que construye desde el recuerdo y la memoria, su mensaje debe llegar también hasta los actos. El Athletic es único en el mundo precisamente por ser el más normal de los clubes profesionales.
Cómo explicarlo: en Bilbao solo se puede tocar el cielo con los pies en la tierra [quizá de ahí su postura en el área técnica, tan característica, agachado, analizando el juego con la mirada a ras de suelo]. Ese es su gran mensaje, el de Ernesto Valverde, construido con sus palabras y su manera de ser y actuar en cada uno de esos 500 partidos, jornadas de una vida en las que, junto a él, como con los buenos amigos, hemos sido sensata y profundamente felices.