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El penalti que vio un ratón en el PSG - Bayern

No es culpa del fútbol moderno que, con demasiada frecuencia, se acepte que un partido pueda dejar de serlo para convertirse en un procedimiento administrativo

El árbitro Sandro Schaerer acude al VAR para ver el posible penalti por mano de Alphonso Davies.DPA vía Europa Press (DPA vía Europa Press)

Ya estaba siendo un partido histórico, frenético, descomunal, cuando Del Cerro Grande llamó a Schaerer para que revisase una posible mano de Alphonso Davies en el área visitante: había llegado el momento de actualizar el estado de nuestra relación con el fútbol moderno, ese constructo cultural al que decidimos odiar con cierta frecuencia por el mero hecho de no ajustarse a nuestros mej...

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Ya estaba siendo un partido histórico, frenético, descomunal, cuando Del Cerro Grande llamó a Schaerer para que revisase una posible mano de Alphonso Davies en el área visitante: había llegado el momento de actualizar el estado de nuestra relación con el fútbol moderno, ese constructo cultural al que decidimos odiar con cierta frecuencia por el mero hecho de no ajustarse a nuestros mejores recuerdos.

Cuesta no perder la cabeza —para bien— ante una avalancha de juego que siempre va de frente, sin anclajes, pendular y estupenda. Con dos equipos enfocados en atacar, el viejo anhelo de Johan Cruyff que tanto parece gustar a todo el mundo salvo cuando uno de esos dos equipos es el Barça. Entonces ocurre lo inasumible: alguien o algo, sentado frente a un monitor, detecta una mano generosamente discutible. Y es ahí, en medio del éxtasis colectivo, cuando a todos se nos llevan los demonios pensando en cómo un deporte concebido para celebrarse con los pies puede vivir tan obsesionado, justamente, con aquello que prohíbe.

No es culpa del fútbol moderno que, con demasiada frecuencia, se acepte que un partido pueda dejar de serlo para convertirse en un procedimiento administrativo. O sí. Porque una acción en caliente —y en medio de un duelo vibrante— se puede enfriar a base de repasarla en pantalla, repetida desde ángulos que nadie puede apreciar en directo hasta que lo ocurrido ya no se parece a lo ocurrido, sino a lo que nos insinúa la cámara lenta: por fin un enemigo común a quien culpar sin matices. Ella es la que se ocupa de convertir lo que podría parecer un accidente en intención, el resto lo pone un reglamento que pretendería resolver algún tipo de deuda antigua con las extremidades superiores: que si el brazo aumenta los límites del cuerpo, que si es el brazo el que va hacia el balón... Como si el pobre brazo siempre tuviera un plan mientras que la pelota tan solo acude a su cita programada con el dentista.

Alguien nos engañó con el uso de la tecnología y no fue el fútbol. Se nos dijo que llegaba para aclarar el juego, para impartir más y mejor justicia, pero no para convertir cada lance en una prueba pericial. El árbitro ya no está solo, pero podría estar mal acompañado, que es el mayor temor de cualquier padre cuando el chiquillo empieza a salir de casa o se abre una cuenta en Instagram. Pite o no pite, el árbitro contemporáneo siempre pierde. Porque si pita diremos que el fútbol se ha convertido en una auditoría y si no pita nos parecerá que no conoce el reglamento. O que todo está podrido, una afirmación que nos remite al fútbol antiguo con la salvedad de que las pinzas para la nariz podrían haber cambiado de bando.

“It’s very difficult todo esto”, le dijo Mariano Rajoy a David Cameron en una cumbre presupuestaria de la UE allá por el año 2013, se supone que para romper el hielo. Y lo sigue siendo, presidente. A fin de cuentas, Schaerer terminó señalando penalti por una mano que casi nadie entiende, nosotros nos indignamos entre juramentos gravísimos y para cuando el balón eche a rodar otra vez ya habremos olvidado que ayer odiamos al pobre fútbol. Porque en realidad no le odiamos. Tan solo nos disgusta que nos quite la razón en el peor momento, a menudo tras una pausa incómoda y subcontratando para semejante trance a un señor que maneja un ratón: eso sí que nos parece imperdonable.

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