Lamine Yamal, ariete democrático
Icono de nuestro tiempo, las verdades que propaga contra el racismo combaten el supremacismo de la extrema derecha, que quiere mordisquear el terreno ganado por la democracia
Para los que consumíamos todo el fútbol posible en los 90 y esquivábamos la violencia en los estadios —los ultras vivían en las gradas como en su casa y el racismo era una expresión aceptada por las masas—, Wilfred Agbonavbare siempre tuvo un lugar en nuestro elenco de héroes modestos. Felino en el arco e imperturbable ante los cánticos xenófobos, ninguno tan ofensivo como el que le dispensaron los Ultras...
Para los que consumíamos todo el fútbol posible en los 90 y esquivábamos la violencia en los estadios —los ultras vivían en las gradas como en su casa y el racismo era una expresión aceptada por las masas—, Wilfred Agbonavbare siempre tuvo un lugar en nuestro elenco de héroes modestos. Felino en el arco e imperturbable ante los cánticos xenófobos, ninguno tan ofensivo como el que le dispensaron los Ultras Sur en el Bernabéu en 1993, con aquello del “¡Negro, cabrón, recoge el algodón!”. No había protocolos antirracistas ni se agitaba la indignación colectiva. Pesaba, acaso, la consciencia individual de vergüenza ante tales barbaridades, que se expresaba en silencio si el escenario era el estadio. Y Wilfred, más expuesto que el aficionado incómodo, aguantaba los dardos de odio, como en aquel partido en el que los guantes del nigeriano sostuvieron a su Rayo atajando un penalti a Míchel para sacar un punto de la Castellana entre insultos.
Murió Wilfred de cáncer a los 48 años, un final prematuro retratado en un documental de Informe Plus de absoluta vigencia. Porque cada vez que el racismo enturbia el fútbol, como pasó en el RCDE Stadium en el duelo España-Egipto, los que ya cultivamos canas revivimos la valiente resignación del arquero rayista. Y nos gusta pensar que su figura abotijada simboliza, además de dignidad, el recuerdo de una sociedad que dejamos atrás. Pero los fantasmas reaparecen con cada dentellada xenófoba en el deporte, la última el “musulmán el que no bote” que avergonzó a todos y enojó a otro héroe de origen modesto, Lamine Yamal, este con categoría de estrella del Barça. El de Rocafonda ejerce la sana rebeldía que Wilfred no se pudo permitir contra los intolerantes. Cuando califica a los que se mofan de su religión de “ignorantes y racistas” aplica el coraje de quien despacha verdades.
Sin saberlo, Lamine conecta con Bertolt Brecht, que en pleno auge del nazismo reivindicaba la verdad como un acto político revestido de coraje. El doctor en humanidades y profesor Jordi Mir se apoya en las enseñanzas de Brecht —y de tantos otros— para escribir El nostre feixisme, un ensayo de defensa democrática frente a la efervescencia del fascismo. Sugiere Mir que, sin el coraje de repetir verdades, la mentira se extiende y empodera a los que la alimentan, una extrema derecha musculada. Mentiras para crear enemigos y presentarlos como culpables de nuestros males. Los migrantes, destinatarios del odio, receptores de miedos infundados. Los miedos que aparecen en multitud de encuestas. El último barómetro del Centre d’Estudis d’Opinió —el CIS catalán— situaba la inmigración como el segundo problema de Cataluña después de la vivienda, el primero para los votantes de Vox y Alianza Catalana.
El supremacismo que despliega la extrema derecha quiere mordisquear el terreno ganado por la democracia. Por eso recupera el racismo y se revuelve contra el feminismo. La receta de Mir para resistir tal embestida es más democracia y mucha verdad. Habrá más democracia si necesidades básicas como la vivienda quedan cubiertas —recuerden, primer problema para los catalanes— y la verdad requiere de portavoces. No lo pudo ser Wilfred, sí Lamine, icono de nuestro tiempo, ariete democrático dotado de la astucia que demandaba Bretch para propagar la verdad.