Dónde está el error de Soto Grado
Que el CTA reconozca “un error grave” en la no intervención del VAR por el pisotón de Echeverri a Koundé tan solo ahonda en la sensación, casi generalizada, de que algo huele a podrido
No es necesario haberse visto las siete temporadas de The Good Wife para saber que, si el acusado pone cara de pena y reconoce su error, es culpable. Y no solo del delito que se le acusa, sino de algo más enrevesado, más intrincado, que tiene que ver con la intención de llevarlo a cabo. A nadie se le olvida declarar ingresos millonarios por un simple error. Ni se le dispara la pistola mientras apunta al objetivo porque confunde el seguro con el gatillo. O el acelerador con el freno, en caso de atropello, como alegaba Livia Soprano cuando se llevó por delante a su vecina Fanny, un acto t...
No es necesario haberse visto las siete temporadas de The Good Wife para saber que, si el acusado pone cara de pena y reconoce su error, es culpable. Y no solo del delito que se le acusa, sino de algo más enrevesado, más intrincado, que tiene que ver con la intención de llevarlo a cabo. A nadie se le olvida declarar ingresos millonarios por un simple error. Ni se le dispara la pistola mientras apunta al objetivo porque confunde el seguro con el gatillo. O el acelerador con el freno, en caso de atropello, como alegaba Livia Soprano cuando se llevó por delante a su vecina Fanny, un acto tan cínico y premeditado que enseguida comprendimos el peligro que acechaba a Tony desde el seno de su propia familia.
Que el CTA reconozca “un error grave” en la no intervención del VAR por el pisotón de Echeverri a Koundé tan solo ahonda en la sensación, casi generalizada, de que algo huele a podrido en la nueva Dinamarca. No es una acción fronteriza, ese término tan manido en los últimos tiempos para espantarse los demonios y ver la vida pasar al menos durante una semana más. Ni tampoco se presta a interpretación, salvo que uno se declare filosóficamente escéptico y demuestre lazos de consanguinidad con algún bibliotecario de la antigua Grecia. No existe ni la más mínima posibilidad de errar en el diagnóstico. No se necesitan radiografías, ni una resonancia magnética, para ver cómo se comba bruscamente el tobillo del defensa francés bajo los tacos del futbolista del Girona. Basta con un par de ojos —y media repetición— para advertir la dureza de la acción, decretar la falta del atacante y mostrarle la tarjeta amarilla: ¿dónde está, por tanto, el error? ¿en qué consiste, exactamente?
Un error fue enviar a la Grande Armée para invadir Rusia en pleno invierno sin garantizar una línea de suministros consistente, pregunten a cualquier estudioso de Napoleón. O confundir el pimentón picante con el dulce cuando se prepara ese sofrito hechicero, siempre justo y necesario, que antecede a unas buenas lentejas. Erraron nuestros mayores cuando confiaron en el director de la caja ahorros que les aconsejó invertir todos sus ahorros en las preferentes. Y erró Soto Grado, el árbitro de campo, al no señalar la falta sin necesidad de apoyo logístico, pero ni por asomo, ni por decoro, se puede considerar un simple error que David Gálvez Rascón decidiese no llamar la atención de su compañero sobre una acción que se podría haber arbitrado, casi a primera vista, desde cualquier ventanuco de la Estación Espacial Internacional.
¿En qué se equivocó Gálvez Roscón exactamente? ¿Se le cayó el bolígrafo al suelo mientras le mostraban las imágenes y sintió cierto apuro por tener que pedir que una nueva reposición? ¿Estaba entretenido en asuntos más importantes, como un familiar con fibrina o una llamada comercial de Gas Natural, y se limitó a establecer su propio orden de prioridades? Seguro que existe una buena razón para que un especialista reputado, de los mejor valorados por el propio CTA, no se avenga a la evidencia de las imágenes e inste a su compañero a revisar la jugada. Tiene que haberla, por muy inverosímil que nos pueda parecer. Y deberíamos conocerla porque el problema casi nunca es fallar: es decidir no acertar.
La alternativa a las verdaderas explicaciones solo es una puerta abierta a las peores consideraciones, incluidas las que se deslicen tras la remodelación casi total del CTA llevada a cabo, este mismo verano, por una RFEF que podría parecer más preocupada por los aciertos milimétricos de la temporada pasada que por los errores —cri, cri— colosales de esta.