La Liga de las Isobaras
Solo en un ecosistema que presume más que ejecuta puede florecer una figura como la de Martín Presa, dirigente a la antigua, protagonista recurrente de polémicas
Era un secreto a voces que en Madrid llueve mal, que la suya no es manera cristiana de llover, pero hemos necesitado la suspensión de todo un partido de LaLiga a escasas horas del pitido inicial para que el resto del mundo se pregunte qué demonios le pasa a esta ciudad con la lluvia. Por qué no la entiende. Cómo puede ser que unos cuantos litros por metro cuadrado ocasionen tantos problemas entre una población que presume de beber más agua del grifo que nadie. “La lluvia es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de los madrileños”, afirmaba hace unos años el periodista coruñés Lu...
Era un secreto a voces que en Madrid llueve mal, que la suya no es manera cristiana de llover, pero hemos necesitado la suspensión de todo un partido de LaLiga a escasas horas del pitido inicial para que el resto del mundo se pregunte qué demonios le pasa a esta ciudad con la lluvia. Por qué no la entiende. Cómo puede ser que unos cuantos litros por metro cuadrado ocasionen tantos problemas entre una población que presume de beber más agua del grifo que nadie. “La lluvia es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de los madrileños”, afirmaba hace unos años el periodista coruñés Luis Pousa en una columna tan celebrada que le valió el premio Julio Camba. Ni siquiera necesitó personalizar en la figura de Raúl Martín Presa, actual presidente del Rayo Vallecano y máximo responsable del último guirigay liguero, para que cualquiera con dos dedos de frente comprendiera el alcance real de su queja.
El problema ya no es tanto la lluvia como la gestión de las expectativas, siempre desproporcionada caigan cuatro gotas o cuatrocientas. En el nuevo Bernabéu, por ejemplo, se juega a cubierta cerrada incluso en los días de sol, que es como andar por casa con el paraguas abierto, no vaya a calarte un chaparrón de camino a la cocina.
Por exceso o por defecto, la cuestión es pecar, aunque siempre serán preferibles las contradicciones morales del lujo por el lujo a encallar como un plástico en el fregadero frente a una borrasca moderada: tanto presumir de ser la Liga de las Estrellas y luego te estrellas, valga la redundancia, ante un parte meteorológico que en Santiago de Compostela se llamaría jueves.
Olviden la épica y el romanticismo asociados a la lluvia. Aquí no hablamos del barro en la cara ni del torso perfilado bajo la camiseta empapada, sino de fontanería básica, de drenaje, de previsión y un mínimo de profesionalidad. De respeto a las aficiones, las que recorren cientos de kilómetros para animar a sus equipos y las que ya ni se sorprenden de que su campo se encharque como un huerto abandonado hasta bien pasado el 20 de mayo. Si tu producto depende de que un estadio de la Primera División no pueda absorber cinco o seis litros de lluvia por metro cuadrado quizás no sea tan robusto, ni tan premium, como te gusta proclamar en las presentaciones con nuevos compradores y patrocinadores.
Solo en un ecosistema que presume más que ejecuta puede florecer una figura como la de Martín Presa, dirigente a la antigua, protagonista recurrente de polémicas y perfecto exponente de una manera, cuando menos peculiar, de entender la gestión. “Mucho lirili, pero poco lerele”, podría decir un castizo, que es una expresión tan válida como cualquier otra para denunciar el exceso de foco y la falta de estructura. Porque suyos son los resbalones, pero es LaLiga quien lo integra, lo legitima y lo exhibe como parte de su élite directiva mientras insiste que estamos ante una competición modélica.
¿Qué sería de cualquier club gallego en manos de un dirigente al que la lluvia le pilla por sorpresa? ¿Y qué harían los asturianos si cada borrasca exigiera la formación de un gabinete de guerra? ¿Qué pensarán de nosotros los ingleses, o los alemanes, que presumen del invierno como un añadido natural en su decorado futbolístico? Porque si hay que parar el espectáculo cada vez que llueve, quizás haya llegado el momento de abandonar tanto oropel y renombrar nuestro campeonato como la LaLiga de las Isobaras EA Sports Roberto Brasero.