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Van Aert le arrebata la París-Roubaix a Pogacar

El ciclista belga gana su primer carrera en el Infierno del Norte en el ‘sprint’ final

Wout van Aert gana la París-Roubaix por delante de Pogacar.Jean-Francois Badias (AP)

La París-Roubaix es un Monumento en manos del destino, que según los románticos es la única fuerza contra la que no se puede luchar, y en manos de Mathieu van der Poel, mitad humano, mitad bestia que flota en la cresta del pavés. Los pedruscos traicioneros, símbolo de lo inevitable, de lo inconquistable, se ríen del esfuerzo de los hombres, los baches de la existencia. Fuego cada uno de ellos que arde para apagar el fuego de los demás. Contra el destino más que contra ellos mismos, atacando y persiguiendo una ilusión, huyendo de la pesadilla en alas del viento de espaldas, luchan los dos favoritos de la razón, Tadej Pogacar, que pincha tres veces, Mathieu van der Poel, que cambia dos veces de bicicleta, y lucha también Wout van Aert, el maldito, el favorito del corazón, que al romanticismo le opone el sentimiento y la obstinación, y a todos derrota cuando en el velódromo de sus sueños esprinta fortísimo y deja clavado a Pogacar en un mano a mano fulminante. Levanta solo un brazo para celebrar la victoria. Un dedo hacia el cielo.

Casi 260 kilómetros. Viento de espaldas. Carreteras y caminos. Un bocadillo de poco más de cinco horas. 48,910 kilómetros por hora de media. Nunca se corrió tanto.

“En mis sueños y en mi preparación ya había hecho el sprint tantas veces que sabía exactamente qué hacer al llegar al velódromo. Lo difícil fue llegar, resistir tantos ataques de Pogacar”, dice el líder del Visma, que ha colaborado con el esloveno desde que ambos se quedaron solos en cabeza, una vez agotado Mads Pedersen a 53 kilómetros de Roubaix: un rayo en el relevo del campeón del mundo, manos siempre en lo alto de su manillar de mariposa sobre el pavés del tramo 12, en Bersée, antes de llegar al llano falso y traidor del cementerio de Mons en Pévèle. Manos abajo como los sprinters, Van Aert responde; Pedersen, su muñeca rota hace nada sufriendo los botes del pavimento destrozado, se rinde. Van der Poel persigue a medio minuto, saltarín su mullet, una cola de salmonete rubio asomando por debajo de su casco. Nunca llega. Nada, ni el destino ni el miedo ni el infortunio, le puede hacer perder la rueda de Pogacar, que multiplica los acelerones con el espíritu rebosante, labios secos de explorador en el desierto, oscuros de polvo, y una piernas cansadas de tanto atacar, perseguir, luchar. “No hay nada más bonito que llegar a la meta con el campeón del mundo”, dice Van Aert. “Enfrentarme a él en un sprint mano a mano ha sido algo realmente especial para mí”.

Pogacar pincha sus ruedas de tractor, 35 milímetros sus neumáticos, a 25 kilómetros del bosque maléfico de Arenberg. Sector 22. Imposible esperar al coche del equipo debe montar en una Canondale azul del coche neutro. Es el primer golpe del destino. Su equipo, los fabulosos Morgado, Molano, Politt, que han llevado al pelotón con el gancho a más de 50 por hora, tenso, tenso, antes de llegar al pavés verdadero, se transforma en barco de salvamento. Objetivo llegar a Arenberg, el lugar en el que se romperá definitivamente la carrera, bosque oscuro, pavés que patina, agujeros en los que caben ruedas enteras, zarzas en la cuneta, con los primeros. Agotado su equipo, ya con la bici buena, la Colnago negra y ligera, Pogacar debe hacer solo el último esfuerzo. Su éxito, pues alcanza la recta del bosque en el momento justo, coincide con el desastre de Van der Poel, que pincha cuando él enlaza. Su compañero Jasper Philipsen le da su bici sin acordarse de que usa una marca diferente de pedales: los del líder no encajan. Otro compañero, Del Grosso, le cambia la rueda pinchada por la suya. Cuando vuelve a partir, ha perdido la fe. No hay nada que hacer. Pogacar, Pedersen, Van Aert hiperactivo, ya ruedan con más de dos minutos de ventaja.

Pogacar y Van Aert ya están solos. Ladrones de gloria. El éxito de uno condenará al otro para siempre. Van Aert cree que es su última ocasión para ganar en Roubaix. Pogacar necesita ganar para completar el Grand Slam de los cinco Monumentos. El tiempo es bueno, aunque escaso, dice el poeta Larrea, y cuando habla el esloveno, de solo 27 años intensos, parece querer hacerle eco. “Los años pasan muy rápido y quizá no tenga tiempo para intentar ganar todo lo que queda”, había dicho en diciembre, y cuando acaba la carrera y le preguntan si volverá para ganar la prueba en la que ha sido segundo las dos veces que la ha corrido, responde, cansado: “No puedo decir que no, pero quizá sí. Volver a quedar segundo aquí, sí, solo necesito... tiempo”.

Tan cansado o más ataca contra el viento y contra toda esperanza en el Carrefour de l’Arbre desolador. El entusiasmo, que no la fuerza, le lleva a patinar en una curva. No cae como el año pasado, pero se rinde. “Ya estaba hecho polvo. No tenía mucha frescura en las piernas para tener realmente alguna oportunidad de dejarlo atrás en el pavés. Era una misión imposible”, admite el doble campeón del mundo. “Supe que iba a perder al noventa y nueve por ciento, pero aún tenía una pizca de esperanza en el sprint; sin embargo, cuando lo lancé, mis piernas estaban como espaguetis”.

El tren del Infierno, vagones en fila desbocados en lo alto del pavés entre una nube de polvo blanco, gritos locos de aficionados ebrios, maldiciones y gemidos en pueblos tristes maltratados por la crisis industrial, casitas de ladrillo y desesperanza, conduce al paraíso a Van Aert, el más desafortunado de todos los campeones de la década. Todos se alegran de su victoria que a todos conmueve, a Van der Poel, que solo esprinta para terminar cuarto, baja de la bici y rápidamente va a la pelousse del velódromo y se agacha para abrazar a Van Aert. Y el neerlandés, una bola de fuego y muy pocas palabras siempre, no sabe cómo explicar lo que siente, se queda mudo. “Creo que todo el mundo, todo el mundo, ¿cómo se dice?, quería esto… no sé. Todo el mundo, sí, no sé cómo decirlo”, responde cuando se le pregunta si es normal felicitar así a su hermano gemelo y enemigo en el ciclismo, rival encarnizado desde los tiempos de infantiles en el barro del ciclocross.

Caídas, heridas, infortunio… Un talento enorme condenado a ser segundo casi siempre detrás de Van der Poel y Pogacar, los monstruos de su época, condenado en Flandes, en Roubaix, en medias clásicas, en todas las carreras que ama, en Mundiales, en Juegos Olímpicos... A los 31 años, el más flamenco de los corredores consigue por fin ganar la reina del pavés, y por fin repiten los suyos, toda la afición al ciclismo. Es solo su segundo Monumento, tras la San Remo de 2020. “Esta victoria lo es todo para mí. Ha sido mi objetivo desde 2018, cuando corrí aquí por primera vez”, recuerda Van Aert. “Entonces, en aquella carrera, perdí a un compañero de equipo, Michael Goolaerts [corredor belga que murió de un ataque al corazón disputando la Roubaix]. Desde entonces, mi objetivo ha sido venir aquí y señalar con el dedo al cielo”.

Van Aert está en su mundo, en el recuerdo de sus días malos. “He dejado de creer muchas veces, pero al día siguiente siempre me despertaba y luchaba por ello de nuevo”, dice el ciclista armado de obstinación para derrotar al destino. Y los suyos, todo el mundo, aguanta un suspiro, el corazón, su vahído de emoción.

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