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Mario García Romo regresa para disputar los campeonatos de España en pista cubierta

El mejor atleta español de 1.500m ha estado lesionado y con problemas físicos desde antes de los Juegos Olímpicos de París 2024

Mario García Romo.Claudio Álvarez

“¡La gente de Salamanca somos muy fuertes!”, exclama Mario García Romo, mediofondista herido y sentimental que regresa a la competición en España 20 meses después de quedar tercero en los 1.500m de los Nacionales de 2024. “Y llego con muchas ganas de volver a competir”, dice Romo, de 26 años, ...

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“¡La gente de Salamanca somos muy fuertes!”, exclama Mario García Romo, mediofondista herido y sentimental que regresa a la competición en España 20 meses después de quedar tercero en los 1.500m de los Nacionales de 2024. “Y llego con muchas ganas de volver a competir”, dice Romo, de 26 años, desde Boulder, en Colorado (Estados Unidos), donde vive y desde donde ha viajado a Valencia para disputar este fin de semana (sábado, 11.25, semifinales; domingo, 11.20, final, todo en Tdp) los 1.500m del Campeonato de España en pista cubierta. “2026 es un año con muchos campeonatos. Mundial en pista cubierta, Europeo al aire libre, Ultimate en Budapest… Es una temporada muy atractiva. Muchos objetivos y muchas ganas de afrontarlos. Estoy muy lejos de mi nivel de los últimos años pero poco a poco me estoy encontrando mejor”.

La herida antes que el sentimiento de olvido, la ausencia. Un dolor antes de los Juegos de París, en los que compitió lesionado. Promesas de empezar de cero, más fuerte que nunca, 2025, un año con Europeos en pista cubierta y Mundial al aire libre. Desde cero para volver a ser el atleta que fue cuarto y sexto en los Mundiales de 2022 y 2023, bronce en los Europeos de 2022; el tercer atleta español (3m 29,18s) en el ranking histórico de 1.500m, tras los 3m 28,76s de Mo Katir y los 2m 28,95s de Fermín Cacho. El único atleta español en activo que ha bajado de 3m 30s en la distancia reina del atletismo. Una enfermedad grave del padre a miles de kilómetros de distancia, en Villar de Gallimazo, en las tierras de Peñaranda, donde el verde ya colorea los campos de cereal. Un crujido en la rodilla y una cintilla iliotibial rebelde. Una bacteria en el estómago que le deja sin capacidad de recuperación, anémico. Tratamiento fuerte con antibióticos. Y 2025 se quedó en nada de nada.

“Los deportistas de alto nivel caminamos sobre una línea muy delgada entre entrenar y recuperar al máximo nivel posible”, reflexiona en conversación telefónica. “La primavera pasada hice el mejor bloque de entrenamiento de mi vida, pero, a finales, por una combinación de varias circunstancias mi cuerpo empezó a reaccionar de una forma diferente al entrenamiento. No recuperaba como debía y eso me llevó a unos problemas físicos en la cinta iliotibial y también, sobre todo, a encontrarme siempre muy bajo de energía. No competía nada bien. Como nada era normal, hicimos una pruebas médicas que nos dijeron que debía dejar de entrenar unos días, y volver muy poquito a poco. Así, en julio entrené con las chicas del equipo, a su ritmo. Finalmente, ni entrené ni competí como debía. Pero, bueno, son cosas de la vida. No me puedo quejar: hasta la lesión de antes de París llevaba una carrera bastante saludable”.

Los sentimientos. “El atletismo es un deporte que se caracteriza por emociones, muchísimas emociones diferentes”, avisa. ¿Ansiedad? “Ansiedad, no. Siento una emoción difícil de explicar. Envidia, sería la emoción correcta. No de los compañeros, rivales que lo merecen mucho, sino de que ellos puedan competir y yo no”, dice; “por encima de todo, me gusta mucho competir, y ser parte del espectáculo del atletismo. Ver las carreras, ver a la gente correr tan rápido, son cosas que como fan del atletismo me resultan espectaculares, increíbles, así que imagínate ser parte de ello”.

Como espectador televisivo, la emoción más intensa, íntima, la vivió durante los menos de dos minutos que Donavan Brazier gastó para ganar el pasado agosto los 800m del campeonato de Estados Unidos por delante del meteoro juvenil Cooper Lutkenhaus, “un chaval de 16 años que se metió en la final por los pelos. Y pensar que ahora mismo se ha convertido en uno de los mejores del mundo… es una historia increíble”. “Fue una de las mejores carreras que he visto en mi vida. Un atleta al que apenas conozco, con tres cirugías en el pie en tres años. Llevaba sin correr una temporada completa desde 2019… Y gana con casi 30 años el campeonato a un niño y con marca personal… 1.42.16”, relata. “Es una historia… Viendo la carrera con mis compañeros casi se me saltaban las lágrimas. Representa el viaje que muchos atletas tienen. Cuando veo a alguien que ha luchado tanto en los últimos años conseguir algo tan grande y, sobre todo, ver que el trabajo da sus frutos… Es lo más bonito que hay. Y me motiva mucho y me dan más ganas de seguir, y fuerzas”.

¿Miedo al olvido, a que nadie piense en la ausencia? “No es cruel el olvido, no lo sufro, lo entiendo”, dice. “Así funciona el mundo. Hay muchos atletas y no se puede prestar atención a todos. Y los que están consiguiendo los mejores resultados son los que merecen los titulares y las portadas. No se los vamos a quitar otros. Los atletas no estamos en esto por ver nuestro nombre en un artículo de prensa, sino porque nos encanta. Todos empezamos con siete u ocho años o de adolescentes, y creo que lo hacemos por razones diferentes. Y dicho esto, también me gusta que la gente me eche de menos, porque significa que es importante lo que he conseguido. ‘Algo habrás hecho bien, ¿no, Mario?’, me digo cuando me recuerdan”.

En el tartán del velódromo de Valencia en el que Pogacar hace ensayos aerodinámicos, se hablará más este fin de semana de Quique Llopis, figura mundial de las vallas, o de la velocista Jaël Bestué, que lleva un invierno atómico, y de Marta García, en gran forma, que dobla 1.500m y 3.000m, o de David Barroso, Moha Attaoui, Josué Canales, Rocío Arroyo, Marta Mitjans, Daniela García, y los demás del 800m, las pruebas estrella, o el 1.500m de Mario García Romo en el que ya se asientan dos del 800m, Adrián Ben y Mariano García. Pero también habrá hueco para el galgo de Villar de Gallimazo que estudió en Estados Unidos, y allí se quedó, trabajando y entrenando. “El mayor sacrificio, el único sacrificio, es el no poder estar con mi familia y con mis amigos, que son las personas más importantes para mí. Podría estar entrenando también en España, pero mi grupo de entrenamiento, mi entrenador, mi casa, los tengo aquí, en Boulder”, dice. “Estoy en un capítulo de mi vida que se desarrolla aquí. El deporte de resistencia exige sacrificio. Es lo que hay”. Y en Valencia se abrazará a su vecina de Peñaranda de Bracamonte Lorena Martín, que también estudió en Estados Unidos, también ha estado lesionada desde los Juegos de París, y regresa para correr 1.500m también. Y para gritar, junto a Romo, ¡qué fuertes somos los de Salamanca! Y también saben que los años malos les harán aún más fuertes.

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