Las cosas nuevas

Necesitaremos tiempo hasta que el resplandor del nuevo campo del Atlético nos permita centrarnos en el equipo

El Wanda Metropolitano, este sábado.G. Arroyo Moreno (Getty)

Al principio, cuando son nuevas, las cosas mandan sobre las personas, que gozan con ese sometimiento. No importa qué cosas, todas las cosas nuevas en general: un estadio de fútbol, una libreta, un coche, unos zapatos, una sartén, un lápiz negro y amarillo. Pasan semanas, incluso meses, hasta que la vida se invierte y las cosas se acomodan a nosotros. Por eso entramos al Metropolitano con las bocas abiertas, ejerciendo una admiración tranquila, lenta, casi miedosa, por cada detalle. Se susurraron muchos “oh” y “guau” sin dejar de mirar dónde se ponían los pies, para no romper o manchar nada. Si...

Al principio, cuando son nuevas, las cosas mandan sobre las personas, que gozan con ese sometimiento. No importa qué cosas, todas las cosas nuevas en general: un estadio de fútbol, una libreta, un coche, unos zapatos, una sartén, un lápiz negro y amarillo. Pasan semanas, incluso meses, hasta que la vida se invierte y las cosas se acomodan a nosotros. Por eso entramos al Metropolitano con las bocas abiertas, ejerciendo una admiración tranquila, lenta, casi miedosa, por cada detalle. Se susurraron muchos “oh” y “guau” sin dejar de mirar dónde se ponían los pies, para no romper o manchar nada. Sin darnos cuenta construimos un barullo ordenado, demasiado cívico. Hubo un minuto en que mis amigos y yo nos miramos y nos vimos repantingados sobre las butacas, comodísimas. Acostumbrados a viejas penurias, de pronto nos sentimos en la cúspide de una extraña burguesía.

No fuimos al fútbol, sino al estadio. El juego que despliega siempre la arquitectura, y que la vuelve fascinante, impone trámites mentales de los que no somos conscientes. Hay que estudiar los planos, hacerse al hábitat, mandar sobre la escala y solo al final conquistar cada espacio. Conocer tu propia casa exige una minuciosa aproximación, que quizá ni siquiera acaba el día que puedes levantarte a hacer pis por la noche sin encender ninguna luz. Hace tres años un amigo se fue a vivir a Madrid con su pareja y su hijo pequeño. Alquilaron un piso grande en un barrio tranquilo, lo decoraron a su gusto, incluyendo un campo de fútbol en el salón, y cuando había transcurrido un año y se suponía que la vivienda ya no tenía secretos, él regresó una madrugada, después de una fiesta salvaje, y se metió por error en la cama de la niñera, una mujer de 78 años que empezó a gritar, aterrada, despertando al niño, a la madre y a varios vecinos. Costó mucho hacerle entender a la señora, sensata e inflexible, que las personas también se desorientan en su propia casa. Aquel episodio dejó una especie de hilo suelto para siempre, como un crimen sin resolver.

Necesitaremos tiempo hasta que el resplandor que despide por dentro el nuevo campo del Atlético nos permita centrarnos simplemente en el equipo. Después de todo, la arquitectura necesita relatos o se vuelve una cavidad muerta, una edificación, y los relatos requieren tiempo. Poco a poco el estadio se irá llenando de estadísticas, jugadas, goles, ocasiones falladas, títulos, alborozos, gestas, campeonatos perdidos, y entonces por fin podremos disfrutar de la belleza de lo ordinario. Nadie podrá ya decir que añora el Calderón. Cuando llegue ese día, nos sentiremos del todo en casa, rugiremos sin miedo a descolocar el orden del edificio, y todo será fútbol, solo fútbol, y este una cuestión de pasar, encarar, regatear, adelantarse, rematar a la primera, en una ejecución coral, que observada al microscopio destapará una serie interminable de pequeñas acciones individuales, como cuando algo tan abstracto como el amor se reduce a veces a tocar, besar, abrazar.

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