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El regreso a la razón

Nuestra ambición es muy moderada, es la de regresar a la razón antes de que el mundo sea más inhóspito, no es buscar una utopía, ni soñar con el mejor de los mundos, es simplemente volver a la historia imperfecta que solíamos vivir procurando mejorarla

Donald Trump en la Casa Blanca, Washington, el 28 de abril.LUKE JOHNSON (EFE)

Según la Real Academia Española el término razón como sinónimo de cordura tiene como significado el de indicar prudencia, sensatez y buen juicio, es decir, la capacidad de pensar y actuar con moderación y juicio claro; y tiene como antónimo las palabras locura, demencia, insensatez, irracionalidad, desvarío, delirio y trastorno, entre otras.

Mucho me gustaría poder definir la historia de la humanidad como un paso ascendente de la sinrazón a la razón, pero desgraciadamente no es así; la complejidad de la naturaleza humana hace que nuestro desarrollo no sea lineal sino lleno de avances y retrocesos, con diversos momentos de progreso y regresiones.

En el plano de las condiciones materiales de existencia ella ha progresado mucho, el recorrido es sin duda ascendente y desde el inicio de la primera modernidad y de manera más rápida desde la Revolución Industrial a fines del siglo XVIII.

Ella ha ido creciendo cada vez a una mayor velocidad hasta adquirir la vertiginosidad de los tiempos actuales; los tiempos de la cuarta revolución industrial y el surgimiento y extensión de frecuentes paradigmas instrumentales más avanzados nos abren posibilidades insospechadas a la vez que peligros y desafíos inimaginados que con gran dificultad podemos seguir durante nuestras vidas.

Lo hacemos en medio de asombros y miedos porque nuestras capacidades destructivas van a la par de nuestras capacidades constructivas y no tienen límite alguno.

Ese proceso ascendente resulta mucho más complejo en lo que llamamos modernidad normativa, vale decir, en el progreso de nuestra convivencia, armonía, acumulación civilizatoria, resoluciones pacíficas de nuestros conflictos, pluralismo y respeto a las reglas acordadas.

Si bien también en este sentido la humanidad ha dado pasos enormes, estos son más zigzagueantes y frágiles.

Aunque podamos considerar pesimista a David Hume, cuando señalaba que la historia es “poco más que un registro de crímenes y desgracias”, no es difícil darse cuenta de que el momento actual de la historia de la convivencia humana no está para optimismos desbordantes; está en un muy mal pie.

Como bien sabemos, la historia de la convivencia humana nunca ha sido del todo razonable, aun cuando después de la Segunda Guerra Mundial, que dejó un saldo de alrededor de 80 millones de muertos, en el planeta produjo un fuerte remezón en la conciencia de la humanidad.

Ello llevó a que se dieran un conjunto de pasos civilizatorios y universalistas que generaron un avance sin antecedentes, que no impidió conflictos y guerras locales, pero generó un mundo más vivible y de alguna manera más justo al establecer reglas de derecho internacional que impidieron una serie de conflictos y puso límites a abusos. Si bien la cordura no acabó con la locura, le puso límites, la morigeró. La amenaza nuclear no se transformó en guerra nuclear.

Muchos cambios políticos, culturales y económicos se realizaron en la transición entre el siglo XX y el siglo XXI. Sin embargo, estos cambios que remecieron la correlación de fuerzas existentes no significaron una ruptura total respecto a las modalidades de convivencia existentes.

Eso es lo que hoy ha sucedido; se ha producido una ruptura con los avances alcanzados. Estamos lejos de un simple cambio de orientación, de un empeoramiento de la situación geopolítica. Estamos ante un quiebre del esfuerzo histórico realizado hace 81 años por generar referentes éticos, jurídicos y políticos en los que la humanidad procuró establecer algunos valores básicos y algunas reglas infranqueables, quizás con más de algo de hipocresía, también con engañifas y saltos de torniquetes, pero sin cuestionar la paz como un principio, como un bien superior y no como una mercancía negociable y los derechos humanos como verdaderos derechos y no como meras prerrogativas temporales, que los fuertes pueden negar a los débiles, cuando así lo requieren.

Ningún jefe de Estado por poderoso que fuera, podía entonces decir frases como las dirigidas por Trump respecto a Irán, como “los enviaremos de vuelta a la Edad de la Piedra” o “esta noche morirá toda una civilización y nunca volverá a resurgir”.

Ellas son solamente dos expresiones de muchos dislates similares, de una seguidilla de insultos, improperios y groserías que uno de los emperadores actuales se permite decir un día sí y otro también.

Si bien los imperios ruso y chino son menos locuaces de quien preside de manera imperial a la democracia moderna más antigua del mundo, Estados Unidos de América, no por ello dejan de invadir a sus vecinos o los amenazan.

Entre ellos en ocasiones se muestran los dientes, pero se tienen el respeto de la fuerza, total todo es negociable y las relaciones no obedecen a valores o visiones del mundo, la fuerza y el poder lo es todo.

La democracia en lo interior y el derecho internacional en lo exterior parecieran ser solo obstáculos que los contraría.

Nos dirigimos a la ley de la selva y al caos, los menos fuertes deben obedecer y no exigir límites porque “mis únicos limites son los que yo me impongo”, como dijo el emperador más estridente con el rostro anaranjado y el cabello de un color inexistente.

De lo que se trata es de reordenar el mundo según los intereses de los poderosos, de disciplinar la historia, de hacer el más grande de los reset que es la anti-historia, y como se trata de recrear el mundo ¿por qué no convertirse en el enviado del creador original?, aunque para ello haya que llevarse por delante al Papa.

Nuestra ambición es muy moderada, es la de regresar a la razón antes de que el mundo sea más inhóspito, no es buscar una utopía, ni soñar con el mejor de los mundos, es simplemente volver a la historia imperfecta que solíamos vivir procurando mejorarla, solo hace algunos años atrás, con desgracias, errores y abusos, pero sin la locura y la agresión como factor permanente.

Cambiar la actual situación, en algunos imperios resulta casi imposible porque al no ser democráticos poseen los mecanismos para perpetuarse en el poder. Pero el que más pesa todavía, posee un sistema democrático y podría cambiar antes de que las cosas sean irreversibles.

Un mundo como el actual no es bueno para Chile, no responde a sus valores ni a sus intereses; debemos contribuir a cambiarlo y reclamar el retorno de la humanidad perdida.

Es tarea de todos, del gobierno, de la oposición y de la ciudadanía en su conjunto.

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