Fin del Reino
Cuando se juntan razones locales y globales para las izquierdas en un mismo país, en este caso Chile, entonces resulta evidente que se encuentran expuestas a lo que los astrónomos llaman una amenaza ante un posible evento de extinción
Era imposible imaginar un fin de Gobierno tan funesto como el que se está observando. Si uno ya tenía en la retina y su memoria el pésimo término del segundo Gobierno de la presidenta Michelle Bachelet (su primera Administración fue infinitamente mejor), lo que por estos días estamos presenciando es pesadillesco. Todos los días asoma una imprudencia, un error de política pública, una orientación gubernamental reprochable, o simplemente una chambonada. No ignoro que los medios de prensa están derechizando sus líneas editoriales ante la llegada del nuevo presidente José Antonio Kast, y tampoco me pierdo ante lo evidente: se viene una demolición del Gobierno de Boric.
Tres razones explican esta demolición. La primera es la juventud del gobernante saliente: apenas 40 años con una esperanza de vida política útil que supera el cuarto de siglo. La segunda se refiere al agente colectivo que fue protagónico en este Gobierno que se va: una ‘nueva izquierda’ que llegó envalentonada y que se retira con muy pocas cosas que mostrar, pero que está allí, como un fenómeno inevitable, imposible de escabullir. La tercera razón es la del balance, especialmente por parte de los partidos que gobernaron junto a la nueva izquierda del Frente Amplio: la centroizquierda tiene enormes reparos, y se harán notar a partir de ahora. Basta leer la prensa dominical del primer día de marzo. Si la senadora democratacristiana Yasna Provoste (del ala chascona del Partido Demócrata Cristiano) se queda “con la imagen de un gobierno improvisador”, con un “estilo frívolo, voluntarista, que queda para la historia”, el gobernador de Valparaíso Rodrigo Mundaca (proveniente de los movimientos sociales) constata que “un gobierno que transfiere la banda presidencial a quien está en las antípodas es un fracaso” y advierte que “no soy de la izquierda indulgente que va a ir el 7 de marzo a despedirlo a la Plaza de la Constitución”. Estos dos juicios lapidarios que fueron publicados por el diario El Mercurio son lo suficientemente elocuentes para describir un mal fin de reino.
Estas tres razones explican el por qué de la demolición que se viene encima: abortar desde ahora, aprovechando la memoria fresca del pueblo de Chile, la posibilidad de una segunda candidatura de Boric en cuatro años más. El cálculo no es errado: a partir del 11 de marzo, el nuevo Gobierno de Kast enfrentará una predisposición a la crítica opositora que, de no mediar moderación y prudencia del nuevo presidente, será rápidamente presa de la ira de la izquierda más ultra. La pregunta será si esa ira ultra, especialmente comunista (que ya anunció movilizaciones en las calles a partir del 8 de marzo, el Día de la mujer, como si se tratase de un partido naturalmente feminista), arrastrará al resto de las izquierdas: el Frente Amplio tiene una natural orientación a ser arrastrado por la pasión de la calle, una pasión que el Partido Comunista (PC) intentará movilizar. La madurez del Frente Amplio se medirá en si se encuentra definitivamente orientado a gobernar, o si el Gobierno de Boric fue el resultado del azar, un accidente de la historia. En cuanto al Socialismo Democrático, sus partidos en miniatura enfrentarán el desafío de defender lo que se pueda defender, y callar ante lo impresentable: el problema es que son demasiadas las cosas impresentables, y una de ellas concierne directamente a los socialistas (el caso del exsubsecretario Manuel Monsalve).
El escándalo del cable chino que tanta furia despertó en el Gobierno estadounidense a través de su embajador border patrol, recibió de parte del Gobierno de Boric una respuesta política y comunicacional que se mueve entre el miedo a las represalias y lo imprudente. El déficit fiscal de 2025 ha desatado críticas importantes de los principales economistas de la plaza, y un economista reputado como David Bravo ve “en materia laboral [que] este es el peor de los gobiernos desde el retorno de la democracia”. Son demasiados los flancos abiertos tras conocerse la imponente derrota de la candidata presidencial comunista Jeannette Jara, hace poco menos de tres meses.
Hay que tomar muy en serio toda la infraestructura política, comunicacional e intelectual que se articulará a partir de marzo. La infraestructura política es evidente, y no descansa tanto en los partidos de derecha dura (republicanos) y centroderecha (Chile Vamos), sino en el gremialismo, que es el verdadero cemento invisible del Gobierno, ya que permea hasta los ministros y subsecretarios que no militan en partidos. La infraestructura comunicacional está allí: sigue siendo cierto que la propiedad económica de los medios prefigura la línea editorial, sobre todo ante un gobierno entrante cuyo cemento ideológico pondrá en evidencia toda la distancia que lo separa del gobierno saliente. En cuanto a la infraestructura intelectual, los diversos mundos de derecha nunca habían tenido a su disposición tantos centros de estudio y think tanks, así como universidades privadas que no son políticamente neutras a la hora de tomar posición en las materias que las atañen.
Es ante este estado de cosas que las izquierdas, cada una a su manera y con su propio itinerario, deberán reinventarse. Los desafíos son titánicos. Una parte de ellos tiene que ver con un balance mediocre de un gobierno que fue demasiadas veces chapucero. Pero hay otra dimensión que es aun más importante, y vienen del mundo mismo: en todas partes las izquierdas están viviendo zozobras electorales.
Cuando se juntan razones locales y globales para las izquierdas en un mismo país, en este caso Chile, entonces resulta evidente que se encuentran expuestas a lo que los astrónomos llaman una amenaza ante un posible evento de extinción. El primer movimiento que hay que hacer para evitarlo es reconocer el problema, y darse el tiempo político e intelectual suficiente para enfrentarlo.