La desconocida historia detrás de la casa más cara de Santiago de Chile
La mansión, ubicada en el barrio Santa María Manquehue, está en venta, y ha sido valorada en unos 23 millones de dólares. Es el símbolo de la prosperidad que logró hace casi un siglo el catalán Antonio Rabat Comella
El primer techo bajo el que durmió el catalán Antonio Rabat Comella en su aterrizaje a Chile fue una caballeriza. Era 1902 y el joven oriundo de Manlleu, de 16 años, había llegado a Sudamérica para trabajar en la panadería El Banco Pobre. Era un local de buena factura, de propiedad de Joan Pujol, un amigo de sus padres, sin herederos, y que necesitaba una mano. La tarea inicial de Rabat fue hacerse cargo de los caballos que repartían el pan en el centro de Santiago. Luego, las responsabilidades fueron en aumento, al igual que sus destrezas para los negocios. Llegó a ser dueño de un puñado de panaderías, después de bodegas de vino y, cuando ya había amasado una pequeña fortuna, compró un fundo de 506 hectáreas en las faldas del cerro Manquehue, que limitaba al sur con el río Mapocho, en el sector oriente de la capital, para hacer su propio viñedo. Fue ahí, donde a mediados de la década de los cuarenta, construyó una mansión de estilo español, actualmente Inmueble de Conservación Histórica y convertida en la casa más cara de Santiago, valorada en unos 23 millones de dólares.
La Casa Viña Manquehue, de la familia Rabat, lleva en venta desde hace un par de años. El año pasado la Dirección de Obras Municipales (DOM) del municipio de Vitacura, el más exclusivo de Chile, aprobó un anteproyecto de Nueva Costanera Gestión Inmobiliaria para levantar un condominio de 39 casas y dos edificios en las 6,4 hectáreas, sin intervenir la mansión patrimonial. La exigencia de una serie de permisos ambientales previo a las construcciones llevaron a la inmobiliaria a levantar el caso hasta la Controlaría, que resolvió en enero que la declaración de Inmueble de Conservación Histórica no solo protege la casona, sino la totalidad del predio. Esto permite construir en el terreno siguiendo las directrices del plan regulador comunal, pero las edificaciones deben respetar el diseño arquitectónico, de materiales, colorido y terminaciones de la casona y no pueden ser más altas que ésta, que cuenta con dos plantas.
Antonio Rabat compró el fundo Santa Adela de Manquehue, lo que se conoce hoy como Santa María de Manquehue, el 30 de junio de 1932. En ese entonces, Santiago crecía hacia el sur, pero el catalán suponía que llegaría el momento en que se extendería hacia el norte. Carlos J. Larraín relata en su libro Las Condes (1952) -sobre el municipio donde estaba situado el predio antes de que existiera Vitacura-, que el empresario “con un desembolso permanente y al parecer inagotable” convirtió los terrenos áridos y pedregosos en un vergel, donde plantó una viña de 90 hectáreas, con cepas francesas de gran calidad que se adaptaron bien al clima, lo que fue el origen de la Viña Santa Adela de Manquehue. Edificó unas excelentes bodegas y dignas casas para sus operarios, a quienes “educa a sus hijos en una escuela y los cristianiza en la capilla que levantó a sus expensas”, apunta Larraín. También construyó un policlínico para que se les atendiera y un retén de Carabineros para resguardar el predio.
El fundo contaba con una casa patronal antigua, de maderas dañadas, donde el frío cordillerano se colaba en el invierno. Ahí se mudaron Antonio con su esposa, Carolina Gorchs Rabat -también catalana y prima del empresario- y su hijo José Rabat Gorchs, que entonces tenía seis años. Vivieron ahí durante más de una década, hasta que en 1946 el matrimonio decidió echarla abajo para levantar una mansión acorde al buen devenir que les estaba dando la viña y el estatus que habían alcanzado en la sociedad chilena. Confió los planos a los arquitectos Fernando Echaverría, madrileño, y Germán Rodríguez Arias, catalán. Este último, uno de los favoritos del poeta Pablo Neruda, que le encargó las ampliaciones de sus casas como la de Isla Negra y La Chascona, en Santiago.
El historiador chileno Sergio Martínez cuenta en el libro Los Rabat: una familia de Cataluña y Chile (2007) que Rabat le encargó a los arquitectos que la casa tuviese “un carácter suntuoso, a la vez acogedor y palaciego (...) Toda ella con finas maderas y rejería, para acentuar su estilo español con reminiscencias herrerianas”. Al arquitecto Echaverría, señala el escrito, Rabat le repetía una y 1.000 veces: “Haga grande la casa, para que no se me vuele la parvada (de pájaros)”. Martínez cuenta que es Carolina la que insiste en ampliar las dimensiones y cuida los detalles, como la calidad de las maderas y rejas, los adornos de bronces, chimeneas, la capilla, el gran salón y adquirir hermosos objetos de decoración, como tapices, alfombras, muebles y cuadros, marfiles y porcelanas.
El resultado fue una mansión con postigos de lingue, aplicaciones de ébano y rejas en hierro forjado y bronce de dos plantas, donde en la primera se encuentra la capilla, un par de escritorios y un dormitorio para visitas, mientras que en la segunda está el gran salón de estar con terraza y comedor, además de salones, baño de visita y más dormitorios. En total, la residencia con vista a la Cordillera de Los Andes cuenta con siete salones, siete habitaciones y cinco baños. Mientras el devoto matrimonio Rabat Gorchs vivía en la mansión, celebraban la misa todos los domingo y fiestas de guardar en la capilla y después de la vendimia y la cosecha de cada año, organizaban misiones con la ayuda de dos sacerdotes y dos monjas catequistas que acoge en su fundo.
Cuando la casona ya estaba construida, la salud de Rabat se debilitó y en 1950 su hijo José, de 25 años, asumió el control de sus negocios. Antonio vio casarse a su único heredero con María Estrella Vilaplana, que se van a vivir junto con ellos en la casa Viña Manquehue. Antes de fallecer, alcanzó a conocer a tres de los ocho hijos que tendría el matrimonio. Según el texto de Martínez, además de querer tener mucha descendencia, su corazón de empresario quería que el fundo fuese vendido por metros cuadrados y no por hectáreas para sacarle más provecho. A finales de los setenta, Rabat Gorchs -fallecido en 2010- decide cambiar el uso del terreno agrícola y lotear el predio de 500 hectáreas, fundando la inmobiliaria Manquehue y creando un barrio residencial llamado Santa María de Manquehue, el primero del país con planificación total y cableado subterráneo.