¿Y si lo mejor está por venir?
Haciendo honor al espíritu optimista con el que nació EL PAÍS y echando mano de Claude, el agente de IA de Anthropic, Kiko Llaneras trata de se asomarse al futuro sin pesimismo ni ingenuidad. La conclusión: España mejoró y los datos lo demuestran
Este periódico nació optimista. Se construyó sobre un párrafo que escondía un plan para modernizar un país entero: “EL PAÍS debe ser un periódico liberal, independiente, socialmente solidario, nacional, europeo”, escribió en su fundación José Ortega Spottorno. Lo asombroso es que esas ambiciones se cumplieron. Para escribir este artículo, he hablado durante días con Claude, ...
Este periódico nació optimista. Se construyó sobre un párrafo que escondía un plan para modernizar un país entero: “EL PAÍS debe ser un periódico liberal, independiente, socialmente solidario, nacional, europeo”, escribió en su fundación José Ortega Spottorno. Lo asombroso es que esas ambiciones se cumplieron. Para escribir este artículo, he hablado durante días con Claude, una inteligencia artificial que conoce todos mis textos. ¿Qué tenía yo que decir sobre el futuro? ¿Cómo hablar de lo que viene sin pesimismo ni ingenuidad? Hemos intercambiado 50.000 palabras, equivalente a un libro corto. Estas son las tres ideas que yo quería articular, según dice este algoritmo rumiante. España mejoró y los datos lo demuestran.
España es mejor que hace 50 años. Es un país más sano, rico, educado, igualitario y libre. La mortalidad infantil se redujo siete veces, vivimos 10 años más, el PIB per capita se ha doblado. Tenemos cuatro veces más médicos y el triple de profesores. Los universitarios se quintuplicaron; las mujeres se incorporaron al Parlamento; todos nos podemos casar. Los españoles estamos conectados al mundo; viajamos y millones de extranjeros eligen vivir aquí. El progreso es patente en casi cualquier cosa que podemos medir.
¿Por qué no siempre lo vemos? A veces nos arrastra la nostalgia. Cuando preguntas qué época tenía las familias más felices o cuándo se hizo la mejor música, muchos respondemos igual: en nuestra juventud. Solo que eso para unos fue 1970 y para otros 1990. Lo que añoras no es la España de entonces, sino tu juventud.
Además, nos fijamos más en lo negativo. Es un sesgo de la prensa: si uno solo leyese periódicos, y no experimentase lo que funciona en su casa o en un hospital, pensaría que vivimos en el caos. Pero no es solo culpa nuestra: al lector también le atraen las malas noticias.
Y hay avances realmente invisibles: “El progreso consiste sobre todo en cosas que dejan de pasar”, me dijo Claude. Por ejemplo, España evitó la hospitalización de 10.000 bebés en 2023 gracias a una especie de vacuna contra la bronquiolitis. Pero ¿qué bebés evitaron el hospital? Pudo ser mi hija. Nunca lo sabré, porque las desgracias evitadas son balas que esquivan tu casa sin que lo sepas.
Hay problemas que son hijos del éxito.
El progreso de 50 años no impide que España siga siendo imperfecta. Hay problemas viejos y una categoría nueva: la paradoja de la abundancia. En el pasado, la mayoría de los problemas eran de escasez, faltaba salud, dinero o libertad. Ahora muchos problemas surgen del exceso. Logramos dejar atrás el hambre y ahora sufrimos obesidad; vivimos cada vez más años y las pensiones no nos llegan; estamos siempre conectados y nunca del todo presentes; millones podemos viajar y ahora sufrimos la turistificación.
Son problemas reales. Pero es fácil olvidar que gestionar la abundancia es preferible a sufrir la escasez.
El periódico vive esta paradoja en primera persona. Nació cuando la información escaseaba y ahora lo escaso es la atención. Yo pienso mucho en el quiosco de mi pueblo. En 1990, lo que podías leer y hacer era muy poco. La televisión era genérica. Si tenías suerte había algunos libros en tu casa. La mejor ventana para asomarte al mundo era el quiosco. Para mí tenía joyas: periódicos con novedades, un paquete enorme de suplementos, revistas sobre consolas o dinosaurios, mapas, cromos, cómics sueltos como restos de un naufragio, fotos de aparatos, discos y ropa que yo nunca vería por la calle. Hoy esto suena extraño porque en aquel quiosco había cuatro cosas. Lo que ofrece tu móvil nos habría parecido magia en 1990. Puedes leer sobre cualquier cosa, en cualquier idioma, recorrer Groenlandia, ver cómo se construye un rascacielos, o conversar con una IA. Y no solo puedes consumir: ahora puedes publicar y alcanzar a cualquiera. En 1976 necesitabas una rotativa; ahora necesitas una conexión.
Esta abundancia tiene efectos nocivos, como la desinformación, el ruido o la creciente falta de sueño de los adolescentes. Es verdad. Pero ocurre porque el quiosco se ha vuelto increíblemente grande, increíblemente accesible, increíblemente popular. Ese sueño se hizo realidad. Como dice Claude: “Tenéis los problemas que elegirían vuestros ancestros si pudieran cambiarlos por los suyos”.
Solo el optimismo construye.
No sé cómo será 2036 ni 2076. Hay ingenuos que asumen que el progreso está garantizado. Y hay pesimistas que miran los temores del presente —el declive europeo, el autoritarismo, los peores efectos de la tecnología— y casi disfrutan de quitarse de en medio. Tengo una hija pequeña: no me puedo permitir ninguna de esas posturas. El progreso es real, pero no automático: para que el mundo mejore hay que actuar.
¿Qué problema puedes solucionar sin hacer nada? Un bache en la acera no se arregla lamentando su existencia. No hay progreso sin gente como Katalin Karikó: se crio en Hungría sin agua caliente, emigró con dinero escondido en un peluche y pasó dos décadas investigando sin reconocimiento, pero su trabajo hizo posibles las vacunas contra la covid. El progreso también son cosas pequeñas, como ceder el asiento o cultivar un jardín —como escribió Borges—. O cosas medianas, como idear un nuevo periódico.
No hay progreso sin novedades. Escribí este texto conversando con una inteligencia artificial, no porque la necesite, sino por curiosidad: ¿de qué podría servirme? En 1977, José Ortega Spottorno completó su plan diciendo que EL PAÍS debía ser un periódico “atento a la mutación que hoy se opera en la sociedad de Occidente”. Hoy seguimos cambiando. Contribuir al progreso exige conservar lo que funciona, denunciar lo corrompido y abrazar lo nuevo.
Así nació este periódico: optimista, atento a su tiempo, mirando el presente como una obra inacabada. Y así es como creo que debe seguir. Servir al padre que busca el mejor colegio para su hija y a la joven que descubre Groenlandia en el móvil. Informarles, advertirles, acompañarlos, entretenerlos, sorprenderlos, y hacerlo con herramientas que aún no existen. Si logramos eso, atentos a las mutaciones que vengan, podremos celebrar otros 50 años.