El dilema de los hipopótamos expone las contradicciones de Colombia
En cuarenta años, han logrado lo que pocas especies: convertirse en un problema nacional, en una historia compartida y en un símbolo incómodo
El anuncio del Ministerio de Ambiente de dar vía libre al sacrificio de 80 hipopótamos del Magdalena Medio desató reacciones contrarias entre científicos, defensores de los derechos de los animales y habitantes del territorio, quienes llevan años enfrentándose en torno a la suerte de una...
El anuncio del Ministerio de Ambiente de dar vía libre al sacrificio de 80 hipopótamos del Magdalena Medio desató reacciones contrarias entre científicos, defensores de los derechos de los animales y habitantes del territorio, quienes llevan años enfrentándose en torno a la suerte de una especie introducida en Colombia por un narcotraficante hace cuarenta años.
Desde los debates sobre la prohibición de las corridas de toros, el país no asistía a una controversia con implicaciones morales, científicas, políticas y emocionales. La suerte del jaguar, del oso de anteojos o del manatí —especies nativas amenazadas— apenas logra atraer algo de la atención que despiertan los llamados hipopótamos de Pablo Escobar, que han colonizado el imaginario colectivo.
En cuarenta años, han logrado lo que pocas especies: convertirse en un problema nacional, en una historia compartida, en un símbolo incómodo. Mientras tanto, el planeta ha perdido el 60 por ciento de sus poblaciones animales sin provocar reacciones equivalentes.
El hipopótamo ha dejado de ser un animal para convertirse en una idea, en una “sensibilidad” conflictiva que recorre el país. Es la huella biológica de la guerra contra las drogas, víctima de un pasado violento y potencial victimario del presente. Es objeto de fascinación global, un protagonista del entretenimiento y figura recurrente en el arte colombiano. Como lo ha señalado el curador Santiago Rueda, es uno de los emblemas más potentes de la narcosis moral y ambiental del país.
Desde todos los rincones, las voces en contra de su sacrificio se multiplican. En redes sociales, en columnas, en foros. Los científicos —que enfrentan un fenómeno sin precedentes— responden con datos, modelos, estimaciones. Pero también con incertidumbres. Y esa incertidumbre ha sido suficiente para convertirlos en blanco de acusaciones que los sitúan, paradójicamente, del lado de una violencia que no buscan.
Un dilema entre causas encontradas
Desde 2009, cuando la caza de un ejemplar —Pepe— desató una ola de indignación nacional, la discusión ha girado en torno a una pregunta que confronta: ¿cómo controlar su reproducción sin matarlos?
El movimiento en favor de los derechos de los animales logró frenar la caza y posicionar una ética del cuidado que ha permeado la legislación y la sensibilidad pública. En paralelo, las autoridades ambientales, con recursos escasos y sin referentes internacionales, comenzaron a ensayar respuestas.
Unos pocos biólogos y veterinarios se dedicaron a estudiarlos y contarlos; aprendieron sobre su comportamiento, hábitos y rutinas; y finalmente se atrevieron a cebarlos y capturarlos con la idea de esterilizarlos. En el camino vieron morir a algunos, atascados en zanjas, ahogados en pantanos, accidentados con vehículos, y ayudaron a enterrarlos fuera del alcance de los reflectores mediáticos. Si alguien conoce el peso real de este dilema, son ellos. Y los habitantes de Puerto Triunfo, porque mientras el país discutía, el territorio cambiaba.
El corregimiento de Doradal, antes un lugar de paso, se convirtió en un polo turístico. La Hacienda Nápoles, transformada en parque temático, consolidó una economía alrededor del legado narco. Los vecinos de los predios dejados por el gran capo aprendieron a convivir con los hipopótamos. A esquivarlos. A temerles. A aprovechar su presencia. Crearon juntos una forma de vida posible. En ese contexto, la categoría de “especie invasora” pierde sentido. O, al menos, se vuelve discutible.
El crecimiento de la población y su expansión hacia nuevas zonas encendieron alarmas. Hubo ataques a pescadores y vaqueros, accidentes con motos y carros. La convivencia dejó de ser un equilibrio precario para convertirse en un riesgo latente.
En 2024, se hicieron públicos los resultados del mayor estudio científico realizado sobre los hipopótamos en el país, liderado por el Instituto Humboldt y la Universidad Nacional. Los científicos recorrieron más de 1.700 kilómetros lineales a lo largo del río Magdalena y cubrieron un área de más de 150 kilómetros cuadrados de ecosistemas lénticos, ciénagas y jagüeyes, para identificar 12 sitios con presencia de hipopótamos y 159 registros de individuos con observación directa. Los modelos poblacionales estimaron que en pocas décadas, el número superaría los mil ejemplares.
El Gobierno, con los datos en las manos, declaró al hipopótamo oficialmente invasor y formuló un plan de manejo que incluía diferentes acciones: confinamiento, esterilización, traslocación y eutanasia. Se aceleraron las esterilizaciones, pero apenas se han conseguido una veintena desde entonces.
La traslocación depende de acuerdos internacionales que no llegan. Aparte de los costos y de la complejidad logística, una población cerradamente endogámica despierta más dudas que beneplácito en las autoridades extranjeras. El confinamiento es costoso y limitado. Así se llegó al punto actual: la autorización de la eutanasia como medida necesaria. O inevitable.
Voces disonantes en búsqueda de un protocolo común
El proyecto Voces de la Universidad de los Andes convocó el encuentro “Futuros que nacen del diálogo. Hipopótamos en Colombia: es momento de actualizar la conversación”, que contó con paneles con actores del territorio, defensores de los derechos de los animales, científicos, habitantes del territorio, comunicadores y autoridades nacionales.
De un lado, la ciencia en su estado más honesto: consciente de sus límites. “No trabajamos con verdades absolutas”, se repitió en el panel con científicos, como si fuera necesario recordarlo antes de tomar decisiones irreversibles. Lo que sí hay, insistieron, es una acumulación de evidencia suficientemente sólida: una población en crecimiento acelerado, con tasas reproductivas inusuales, expandiéndose a lo largo de la cuenca del Magdalena. ¿Cuánta certeza necesita una decisión que implica la muerte de un animal?
El Estado habla en términos de protocolos, de comités científicos, de planes de manejo. El hipopótamo es un caso dentro de un problema global: las invasiones biológicas. El riesgo ya fue evaluado con alta confianza y se están materializando en impactos ecológicos y sociales, dijo Carolina Castellanos, bióloga del Instituto Humboldt. La decisión de la eutanasia no es aislada, sino parte de un portafolio integral de manejo basado en evidencia, limitaciones reales (diplomáticas, técnicas y financieras) y responsabilidad estatal, dijo Natalia Ramírez, directora de Bosques, Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible.
Para las voces del territorio, el hipopótamo es un vecino. Un riesgo, sí, pero también una presencia integrada a la vida cotidiana y la economía local. “Aquí decir es muy fácil; hay que venir a ver cómo vivimos”, reclama Damaris Luján, presidenta de la Acción Comunal de Estación Pita en Puerto Triunfo. Por su parte, Yamit Díaz, operador turístico de Estación Cocorná, insiste en que el animal ya no es africano, se ha vuelto colombiano y forma parte del paisaje.
Entre la ciencia, el Estado y la comunidad se instala el hipopótamo como un símbolo en disputa. Para unos, es la evidencia de una invasión biológica que amenaza ecosistemas frágiles. Para otros, es una víctima de la historia reciente del país, un residuo vivo del narcotráfico que ahora exige una respuesta ética.
Lo que el encuentro dejó en evidencia es que no hay una solución única. Ni siquiera hay un lenguaje común para discutirla. Pero sí hay, de manera incipiente, un punto de convergencia: la necesidad de construir un protocolo compartido, una forma de decisión que no borre las diferencias, pero que permita actuar a pesar de ellas.
Qué hacer con los hipopótamos sigue siendo un dilema abierto. Tal vez el problema no sea encontrar la decisión correcta, sino construir las condiciones para decidir juntos. La controversia sobre los hipopótamos del Magdalena Medio es menos una discusión sobre fauna que una prueba sobre la capacidad del país para gestionar sus propios conflictos, que saca a flote nuestras contradicciones más profundas: entre memoria y futuro, entre conservación y cuidado, entre la urgencia de actuar y la dificultad de ponerse de acuerdo.