Trump-Petro, poder y pragmatismo
La incertidumbre por la cita entre los presidentes de Estados Unidos y Colombia persiste, pero al final se trata de un encuentro entre dos hombres pragmáticos, a quienes no les conviene enemistarse
Existe una expectativa creciente por lo que pueda ocurrir en Washington el próximo 3 de febrero, cuando se reúnan Donald Trump y Gustavo Petro. Es natural: los dos líderes tienen personalidades polémicas, además la cita está precedida por una cadena de desencuentros que comenzaron en la madrugada del 26 de enero del año ...
Existe una expectativa creciente por lo que pueda ocurrir en Washington el próximo 3 de febrero, cuando se reúnan Donald Trump y Gustavo Petro. Es natural: los dos líderes tienen personalidades polémicas, además la cita está precedida por una cadena de desencuentros que comenzaron en la madrugada del 26 de enero del año pasado, cuando Colombia impidió el ingreso de dos aviones militares estadounidenses con migrantes encadenados.
Desde entonces, las tensiones escalaron con rapidez. El retiro del visado a Petro, la inclusión en la llamada Lista Clinton —una sanción comparable, en términos de estigmatización política, a la excomunión papal en la Edad Media— y la calificación de “narcoterrorista”, dan pistas del deterioro de las relaciones. El ambiente ya era tenso y se puso peor después, cuando un comando estadounidense en Venezuela culminó con el secuestro de Nicolás Maduro, trasladado a Nueva York para enfrentar cargos judiciales. En declaraciones posteriores, Trump sugirió que Petro podría ser “el siguiente” y le recomendó, en su universalmente conocido estilo, que “se cuidara el trasero”. Es evidente que a partir de ese momento, Petro comenzó a tomarse las cosas muy en serio.
En medio del éxtasis por el éxito de la operación, Trump ninguneó a la ONU; afirmó que podría hacer operativos terrestres en México o Colombia; que tomaría Groenlandia, que es parte de Dinamarca, “por las buenas o por las malas”, y que su único límite era su propia moral y su voluntad. El mundo quedó atónito. A muchos líderes les quedó claro que la alianza atlántica surgida tras la Segunda Guerra Mundial había entrado en fase terminal.
El oro y la plata por las nubes
Este ha sido el enero más agitado que se recuerde. Se respira un ambiente casi prebélico. Un indicador del nerviosismo mundial es el precio de los metales preciosos. El 20 de enero de 2025, día de la posesión de Trump, el oro cotizaba alrededor de USD 2.624 la onza troy. El viernes pasado cerró cerca de USD 4.987, un incremento cercano al 90%. La plata fue aún más lejos: pasó de USD 32–34 por onza a superar, por primera vez en la historia, los USD 100.
¿Qué expresa este brutal incremento? Ante todo, desconfianza en el papel moneda, particularmente en el dólar. Los bancos centrales —con China y Rusia a la cabeza— avanzan en procesos de acumulación de oro y desdolarización. Este metal ha sido históricamente considerado el “termómetro del miedo”. El comportamiento del precio refleja un entorno global inestable. También contribuye a esto, por supuesto, los ataques de Trump a la independencia de la Reserva Federal. En contextos de guerra o de tensión diplomática, las monedas fiduciarias pueden perder valor por temor a colapsos económicos.
¿Es siempre una señal de guerra? No necesariamente. Pero los analistas coinciden en que no es la industria la que empuja los precios al alza, sino la incertidumbre política. Un aumento tan agresivo indica que los mercados están pagando una prima por seguridad.
Incertidumbre y pragmatismo
¿Qué puede ocurrir en la reunión Petro–Trump? Difícil saberlo. Algunos advierten que Petro podría exponerse a una humillación similar a la de Volodímir Zelenski el 28 de febrero del año pasado en la Casa Blanca, por negarse a entregarle las tierras raras y aceptar una rendición ante Putin. Otros, quizás pensando con el deseo, creen que podría ordenar su arresto y celebrar así el primer mes de la operación venezolana. No lo creo. Un acto de esa naturaleza destruiría por completo la confianza internacional en Estados Unidos. A partir de allí, ¿quién podría confiar en ellos? Marco Rubio dice que el presidente colombiano tendrá todas las garantías. Hay que creerle.
Si algo hemos aprendido este mes es que Trump es un hombre de negocios, fundamentalmente pragmático. En Venezuela pactó con el chavismo, y se le nota cómodo. Eso desconcertó a la oposición, tanto en ese país como en Colombia. ¿Por qué no habría de pactar con Petro? Ya lo demostró tras la llamada telefónica que sostuvieron semanas atrás, cuando pasó de llamarlo narcotraficante a afirmar que había sido “un honor” hablar con él. Estados Unidos no tiene amigos ni enemigos: tiene intereses. Si hay dudas, basta preguntarles a María Corina Machado o a Delcy Rodríguez.
Negocios, no valores
¿Cuál es el interés específico de la Casa Blanca en Colombia? La lucha contra el narcotráfico es un discurso para la galería. Su verdadero valor podría ser geopolítico: la cercanía con Venezuela. Mantenerla bajo control por si la “patria de Bolívar” se desestabiliza. Por ahora allí hay calma, pero eso podría cambiar según evolucione el tablero global y comiencen a llegar las empresas gringas al terreno.
En El Padrino, de Mario Puzo, tras el atentado contra Vito Corleone, Virgil Sollozzo intenta negociar con los hijos de éste. “No es personal, son solo negocios”, les dice para intentar calmarlos. Algo parecido ocurre hoy en el mundo. Si Maduro hubiera pactado, como lo está haciendo la cúpula chavista, probablemente seguiría en Caracas. Apostó a que Trump no se atrevería a hacer lo que hizo, y a que Rusia, China o Irán lo protegerían. Y perdió. Un gravísimo error de cálculo. En la era actual prevalecen los negocios, no los valores ni el idealismo. Petro, que también es un pragmático, debe tenerlo claro.
De otra parte, Trump no llega tan fuerte como se piensa. Es un Goliat, cierto, pero con muchos malquerientes y varios frentes abiertos. Si su objetivo era romper con los viejos aliados, lo está consiguiendo. Canadá, con Mark Carney, y Francia, con Emmanuel Macron, marcaron una distancia clara en Davos. Tras el despliegue militar de ocho países europeos a Groenlandia, tuvo que retirar la amenaza de imponer aranceles a quienes se opusieran a la anexión de la isla ártica. Inclusive el Reino Unido, su aliado histórico, ha dejado ver su incomodidad, por las dudas de este respecto a que la OTAN le ayudara “si alguna vez la necesitaba”, y afirmar que las tropas inglesas enviadas a Afganistán se habían quedado en la retaguardia. El príncipe Harry recordó que su país perdió 457 soldados allí. Y a medida que Trump se distancia, Putin intenta acercarse. Ha hecho saber que desea restablecer relaciones con todos los países europeos, sin excepción.
Por otra parte, el frente doméstico se le está complicando. Minneapolis es un polvorín social, las autoridades estatales y la ciudadanía se enfrentan al ICE, la policía antiinmigración, tras el asesinato de dos personas: Renee Good y Alex Pretti. La brutalidad con la que reprime las protestas ha puesto a la ciudad en pie de guerra. Se respira miedo y polarización. El capital político de Trump se evapora con rapidez. Según Gallup, su aprobación cayó del 47%, cuando llegó, al 36%. A Petro, en cambio, le ocurre lo contrario: va en ascenso. La encuesta del Centro Nacional de Consultoría, contratada por la revista Cambio (publicada el pasado domingo), lo sitúa con un 48% de favorabilidad, y su candidato, Iván Cepeda, lidera todas las encuestas de intención de voto.
Confiemos en que las cosas salgan bien, y que la dignidad del país se mantenga en alto. Por ahora, todo cuanto se diga es especulación. Amanecerá y veremos.