_
_
_
_

Texas sufre una epidemia de amputaciones por la diabetes

En el condado de Bexar, cerca de la frontera con México, más de una décima parte de los habitantes han recibido un diagnóstico de la enfermedad. Aquí se practican siete de cada diez amputaciones del Estado, unas 2.000 cada año. La comunidad latina es la más afectada

Dr. Michael Sobolevsky cares for his patient Jesús Resendez at the University Health Diabetes Institute in San Antonio, Texas.
El doctor Michael Sobolevsky atiende a su paciente Jesús Reséndez en el Diabetes Institute de University Health en San Antonio, Texas.Brenda Bazán
Wendy Selene Pérez Leonardo González

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Michael Sobolevksy sonríe a un pie, un pie sin dos dedos, maltrecho, un pie que se ha salvado de ser amputado. Y le sonríe al dueño de ese pie y suelta alguna palabra en español. Sobolevksy, un podólogo de origen ruso ahora en el sur de Texas, se toma el tiempo y la paciencia para hacer su trabajo como si estuviera cuidando a un bebé. Aunque tenga un alto número de pacientes en espera, casi todos hombres de ascendencia latina en edad laboral, que perdieron —o perderán pronto— una parte del cuerpo como consecuencia de la diabetes. Año tras año, el condado de Bexar al que pertenece San Antonio registra la tasa más elevada de amputaciones de miembros inferiores por diabetes tanto en Texas como en Estados Unidos, 69,9 por cada 100.000 hospitalizaciones.

Una mañana de mayo, José Reséndez llega a la clínica del Instituto de Diabetes de la University Health para la curación habitual después de ser operado por una úlcera en el pie derecho, que sostiene tres heroicos dedos. Debe tomar un antibiótico durante cuatro semanas y no quitarse un zapato especial para proteger la herida. Lejos de la mirada de los médicos, se calzará solo por unas horas los zapatos formales para acompañar a su hija preadolescente a un baile escolar. “No le digas al doctor que me quité el zapato”, dice con cara traviesa cuando posa para las fotos.

Sobolevksy, cabello espeso y barba oscura, coloca un aparato para limpiar la piel que le abre una ventana al hueso de Reséndez. “Los pacientes pueden tener un corte, pueden tener una herida y ni siquiera notarlo”, dice el médico. “Esa herida se puede infectar, necesitan antibióticos, necesitan una intervención quirúrgica, la mayoría no necesitaría una amputación, pero muchas veces no saben qué tan malo es y, cuando vienen a la clínica, tenemos que combatir la infección y tratar de salvar el pie”.

Dr. Michael Sobolevsky at the University Health Texas Diabetes Institute.
El doctor Michael Sobolevsky en el Diabetes Institute de University Health.Brenda Bazán

Las amputaciones han aumentado al doble desde 2009 en Estados Unidos, sobre todo en las comunidades afrodescendientes. Los latinos se enfrentan a varias disparidades frente a la enfermedad: un porcentaje bajo de seguro de salud, poca familiaridad con el sistema de atención, altos niveles de desconfianza médica y barreras idiomáticas. El 80% de las cirugías para extirpar un dedo, un pie o una pierna se deben a complicaciones con la diabetes. Un estudio de la Asociación Estadounidense del Corazón mostró que los pacientes hispanos tienden a buscar ayuda médica más tarde, cuando la enfermedad ya ha avanzado. Muchos reciben la noticia de una extirpación en la primera visita al médico, cuando ya no hay más remedio.

Si uno mira el mapa de diabetes en el país, el color más intenso está en el sur. Y si ya es preocupante la cantidad de casos en Texas, es aún más alarmante en Bexar. Poco más de una décima parte de los habitantes de este condado, que se encuentra cerca de la frontera con México, ha recibido un diagnóstico de la enfermedad, según el Distrito Metropolitano de Salud de San Antonio. Aquí se practican siete de cada diez amputaciones en el Estado, unas 2.000 cada año. La tasa de mortalidad también aumentó un 40% entre 2018 y 2021. El condado con más muertes por diabetes en Estados Unidos es San Bernardino, en California; Bexar es el segundo, y el Bronx, en Nueva York, el tercero.

Cuando una persona tiene un historial familiar de diabetes, el cuidado es fundamental. El papá de Reséndez tenía diabetes, lo mismo que su abuela, su tío y otros familiares. Su primera esposa murió de cáncer y él crió a los hijos de ambos. Hace diez años volvió a casarse. Vive con Gabriela y su niña de 10 años, con la que va al baile y a la que acompaña en sus juegos deportivos.

Migrante y no blanco

El doctor Sobolevsky nació y creció en Rusia. Al llegar a Estados Unidos estudió en el colegio de Austin y en la escuela de Medicina en Chicago. Como estudiante trabajó en diferentes hospitales por todo el país, pero en San Antonio se dio cuenta de la enorme cantidad de casos de diabetes. En la University Health empezó como residente y aquí sigue, una década después.

“Ves cuánto impacta la diabetes en las personas, les afecta en sus vidas personales y profesionales, en su calidad de vida. Muchos de estos pacientes son inmigrantes, justo como yo, inmigrantes que no son blancos, que tienen que ser capaces de caminar, manejar, de usar sus piernas, realmente duele”, dice con pasión. Muchos de sus pacientes tienen empleos en oficios rudos y trabajan por efectivo. Si no van, no les pagan. “Nosotros hacemos todo lo posible por ponerlos de nuevo en pie para que puedan proveerse a sí mismos y a sus familias”.

Reséndez no tiene seguro médico y Sobolevsky no le cobrará esta consulta. El médico conoce su realidad: debe trabajar para pagar el alquiler, la comida o los seguros de los autos, que son necesarios en estas ciudades donde incluso faltan las aceras para caminar seguridad. Es un caso más de una estadística abrumadora, por cada tres hombres con diabetes una mujer padece la enfermedad. En los consultorios la edad promedio es de 30 y 40 años, hace una década la mayoría de los pacientes tenían de 50 a 60. Sobolevsky ahora atiende a chicos de 12 a 16 años, prácticamente niños.

Jesús Resendez, a patient of Dr. Michael Sobolevsky, has his glucose levels measured.
Jesús Resendez, paciente del doctor Michael Sobolevsky, mide sus niveles de azúcar.Brenda Bazán

A Reséndez le diagnosticaron diabetes a los 36. Le comenzó una sed terrible que trataba de saciar tomando agua, agua y agua. Iba al baño hasta 12 veces cada noche y no podía dormir. Poco después del disgnóstico, comenzó a encontrarse mejor. Volvió a los antojos dulces y a la coca cola. 15 años después le pudieron salvar los pies pero le quitaron tres dedos. “Lo único que cuidaba eran los niveles de azúcar, era descuidado, no me tomaba la medicina”, reconoce.

La enfermedad comenzó a ensañarse un poco más. “Te va atacando todos los órganos, no te das cuenta hasta que está avanzado”. Ahora no puede estar de pie con seguridad, con un poco que pierda el equilibrio se irá de bruces. “Ya no tienes manera de detenerte porque no tienes esos dedos”. También ha ido perdiendo la visión, le falla para ver el teléfono y usa lentes para ver de lejos. La diabetes es la causa número uno de ceguera en adultos, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC).

A veces los pacientes no tienen redes de apoyo ni pueden cuidarse a sí mismos aunque tengan una herida profunda. “Esas son las barreras que mantienen a esta población más susceptible a las complicaciones de la enfermedad”, explica Sobolevsky.

A Reséndez ya no le queda más opción que seguir las instrucciones del médico. Ni azúcar ni comida rápida, nada de eso. “No es fácil, sobre todo porque nos encanta el pan dulce, las galletitas, cositas así. La coca cola nos encanta”, admite este hombre de 57 años que nació en la frontera del lado de Estados Unidos. Habla dos idiomas, pero se siente más cómodo con el español.

Lo más importante después de una cirugía es intentar que el paciente sane y pueda continuar con su vida con la mayor calidad posible. Eso implica una labor de educación desde cómo manejar los niveles de azúcar hasta cómo coordinarse para que consigan unos zapatos adaptados. El objetivo es tratar de ponerlos de nuevo en pie, con terapia física o con prótesis.

Dr. Michael Sobolevsky cares for his patient Jesús Resendez.
El doctor Michael Sobolevsky atiende a su paciente Jesús Resendez.Brenda Bazán

Pierna biónica y actitud de maratonista

Cuando era chico, Polo Guajardo hacía todo tipo de deportes y entrenamiento, hasta que un día llegó para hacerse un simple examen médico para entrar a la academia de policía y el doctor le soltó la noticia: diabetes. Tenía 19 años y no se lo tomó muy en serio. “Seguí comiendo lo mismo aunque no hacía el mismo ejercicio que antes”, cuenta Guajardo, con las dos manos sobre los vaqueros. Es amable, pero su mirada es como una cámara de seguridad. Sonríe cuando habla de sus nietos, tiene sus dibujos pegados en la puerta del refrigerador. Sonríe cuando habla de su hija. Y sonríe cuando explica que sus dos perros lloran y ladran porque cuando está en casa solo quieren estar con él.

Le amputaron el pie izquierdo de la rodilla hacia abajo y lleva una prótesis. “No puede hacer todo lo que hacía antes. Pero no paro de trabajar, nunca he querido salirme de trabajar. Me gusta lo que hago, por eso sigo adelante”, dice este texano de 50 años y ascendencia mexicana. Trabaja en una cárcel local y tiene un buen cargo. Le toca revisar reportes, papeles, cosas de los presos y del personal. Sus horarios son como guardias de hospital, largas horas y noches fuera de casa. Extraña la acción, pero se resigna.

Ahora es estricto con sus comidas. No tiene azúcar en casa. Los dibujos de sus nietos en el refrigerador, unas esposas de policía colgadas junto con las llaves de la casa y su auto. También un gimnasio bien equipado en el patio de atrás. Sale a caminar todos los días en la tarde y a veces anda en bicicleta. Su pierna biótica es moderna, de un fabricante que tiene una sucursal en Austin y cuesta entre 5.000 y 6.000 dólares. Pero él tiene seguro médico; hay quienes no. Texas tiene la tasa más alta de personas sin seguro médico de todo el país, en 2022 un 17% de la población carecía de cualquier tipo de protección sanitaria (casi cinco millones de personas).

Jesús Resendez, paciente del doctor Michael Sobolevsky, muestra los medicamentos que usa para controlar su diabetes en su hogar en San Antonio, Texas el viernes 17 de Mayo, 2024.
Jesús Resendez muestra los medicamentos que usa para controlar la diabetes.Brenda Bazán

El Instituto de Diabetes de Texas atiende entre 8.000 y 10.000 personas al año y una gran proporción es de origen latino, asegura el médico Alberto Chávez Velázquez, endocrinólogo especializado en diabetes y metabolismo del mismo hospital. Lleva nueve años trabajando en el instituto y es mexicano, nacido en la ciudad fronteriza de Matamoros, Tamaulipas. “La incidencia de pie diabético, de úlceras y amputaciones es tan alta como un 2% de la población general”, confirma.

La mayoría de los casos de amputaciones están en la zona sur de San Antonio, barrios de casas bajas y jardines modestos pero florecientes. Las fachadas son un mosaico de colores intensos. El Gobierno de la ciudad, hospitales y organizaciones civiles tienen grupos de apoyo y clínicas ambulatorias. La información sobre la enfermedad es clave porque la diabetes tipo 2 se puede prevenir en gran medida y representa casi el 95 % de los diagnósticos en Estados Unidos.

Guajardo opina que la cultura machista es una barrera grande en la prevención. “Uno como mexicano… Yo no soy mexicano. Bueno, soy mexicano. Lo único que me dice que soy americano es que yo nací aquí. Mis papás son de México, de Coahuila. Los mexicanos somos tercos, no hacemos caso si algo nos duele. Si nos sentimos mal, no vamos con el doctor. Pero luego vienen los chingazos, te dicen que te van a amputar el pie, y hay mucha gente que no quiere aunque te vaya a salvar la vida, prefieren morir. Tarde o temprano… más bien temprano, fallecen, la infección es un efecto muy fuerte a la sangre”, cuenta.

No es el único que piensa así. “Te pega donde más te duele, en tu hombría”, confiesa Reséndez. Él, sin sus dedos, aún se considera “una persona afortunada” por conservar las piernas.

Tu comentario se publicará con nombre y apellido
Normas
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_