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Opinión

La universidad que queremos: el derecho a cambiar el rumbo

Apoyar la candidatura de Ángeles Solanes implica apostar por una universidad que no solo produce conocimiento, sino que también cuida a las personas que la hacen posible

Estudiantes universitarios en el Campus de Tarongers de la Universitat de València.Mònica Torres
Rafael Gil Salinas

En tiempos en que la universidad pública parece debatirse entre la inercia burocrática y la urgencia de reinventarse, las elecciones del próximo 12 de marzo al rectorado de la Universitat de València no son un mero trámite institucional. Son, o deberían ser, un momento de decisión colectiva sobre qué universidad queremos habitar y construir. No es una cuestión menor: de ello depende el modo en que se forman las nuevas generaciones, el lugar que ocupa el conocimiento en la sociedad y la capacidad de la universidad para ser, verdaderamente, un espacio de transformación social.

Estamos ante dos formas de imaginar ese futuro. Dos estilos, dos lenguajes y, sobre todo, dos sensibilidades políticas respecto a la universidad y a su comunidad.

La propuesta de Ángeles Solanes respira una idea de universidad profundamente vinculada a la justicia social, a la igualdad real y al compromiso con quienes habitan los campus. En ella se percibe algo más que una enumeración de medidas: hay una mirada política sobre la institución universitaria como espacio de derechos, de cuidado y de responsabilidad pública. La universidad no aparece únicamente como una maquinaria productora de títulos, publicaciones o rankings, sino como un ecosistema humano donde la docencia, la investigación y la vida universitaria están atravesadas por cuestiones tan decisivas como la igualdad de género, la inclusión social o la democratización del conocimiento.

Está bien que se tomen en consideración principios de gobernanza, eficiencia administrativa y reorganización institucional, así como una insistencia notable en la gestión de recursos, los procedimientos y la estructura organizativa de la universidad. Es decir, que se muestre preocupación por mejorar la administración, simplificar procesos y reforzar determinadas estructuras académicas.

Y aquí aparece una cuestión fundamental.

Porque la universidad no es solamente una institución administrativa: es también un espacio político en el sentido más profundo del término, un lugar donde se disputan valores, prioridades y modelos de convivencia. Por eso importa, y mucho, desde qué mirada se concibe su futuro.

Por lo que se refiere al estudiantado, claro que le preocupan problemas muy reales, como la crisis de la vivienda, las dificultades económicas o el malestar emocional que atraviesa a muchas personas jóvenes. Son cuestiones que forman parte de los retos que la institución debe gestionar. Por eso Ángeles Solanes sitúa al estudiantado no solo como destinatario de políticas, sino como sujeto activo de la universidad. Implica entender la universidad como una comunidad participativa donde la voz estudiantil forma parte del gobierno de la institución y de la definición de sus prioridades.

Algo similar ocurre con la cuestión de género.

Las mujeres constituyen hoy la mayoría del estudiantado universitario y una parte sustancial tanto del profesorado joven como del personal de administración y servicios. Sin embargo, siguen encontrando techos de cristal en la carrera académica, precariedad en los primeros años de investigación y desigualdades persistentes en los espacios de poder institucional. Frente a esta realidad, no basta con declaraciones genéricas sobre igualdad: hacen falta políticas activas, sensibilidad institucional y voluntad de cambio. De ahí que la candidata al rectorado de la Universitat de València incorpore esa perspectiva con claridad, integrando la igualdad y la diversidad como ejes transversales de la vida universitaria. No se trata solo de cumplir normativas o elaborar planes formales, sino de asumir que la universidad pública tiene una responsabilidad específica en la construcción de una sociedad más justa.

Porque la universidad no puede limitarse a reproducir las desigualdades que existen fuera de sus muros. Debe, por el contrario, convertirse en un espacio donde esas desigualdades se cuestionen, se investiguen y se combatan.

Nadie puede dudar de que son objetivos legítimos y necesarios en una institución tan compleja como la Universitat de València mejorar la gestión, reorganizar procesos, optimizar recursos, e introducir herramientas tecnológicas más eficientes. Pero el cambio que plantea Solanes parece apuntar en otra dirección: no solo mejorar el funcionamiento de la universidad, sino redefinir su papel social y su cultura institucional. Es el cambio entre una universidad que se limita a administrar su presente y una universidad que se atreve a imaginar su futuro.

Para el colectivo femenino y para el estudiantado, esta diferencia no es abstracta. Tiene consecuencias muy concretas: en las políticas de conciliación, en las condiciones de acceso a la investigación, en la atención a la salud mental, en la participación democrática en los órganos universitarios o en la sensibilidad hacia las desigualdades sociales que atraviesan las aulas.

La universidad del siglo XXI no puede seguir pensándose como una institución neutral. Las decisiones que toma sobre financiación, docencia, investigación o gobernanza tienen efectos directos sobre la vida de miles de personas.

Por eso estas elecciones importan.

Importan para quienes creen que la universidad pública debe ser algo más que un engranaje del mercado del conocimiento. Importan para quienes piensan que la investigación debe estar al servicio de la sociedad y no únicamente de los indicadores bibliométricos. Importan para quienes defienden que el campus debe ser también un espacio de cuidado, de igualdad y de pensamiento crítico.

Y, sobre todo, importan para quienes no se resignan a una universidad que simplemente funcione.

Lo que está en juego el jueves 12 de marzo es si queremos una universidad que gestione el presente o una universidad que se atreva a transformarlo. Porque la universidad pública, cuando es verdaderamente pública, no pertenece solo a quienes la gobiernan. Pertenece a quienes la habitan, la enseñan, la investigan y la estudian. Pertenece a las generaciones futuras que todavía no han cruzado sus puertas.

Y, quizá por eso, la pregunta que debería resonar en estos días de campaña no es quién administrará mejor la institución.

La pregunta es otra: ¿Qué universidad queremos llegar a ser?.

Apoyar la candidatura de Ángeles Solanes implica apostar por una universidad que no solo produce conocimiento, sino que también cuida a las personas que la hacen posible. Y, en una institución con más de cinco siglos de historia, quizás ese sea el cambio más necesario para afrontar con éxito los retos del futuro.

Rafael Gil Salinas es catedrático de Historia del Arte de la Universitat de València

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