El año de Fernando Alonso: la expectativa eterna
El asturiano no es el piloto del fracaso, sino el de la esperanza y nos representa a todos en esa resistencia inútil ante la derrota
La vida que a menudo toca a la mayoría es una mezcla de expectativas infundadamente altas, mala suerte y decisiones equivocadas. Hay momentos buenos, sin duda, pero suelen ser cortos. La mediocridad es estadísticamente irrefutable, sino el mundo sería un caos. Y lo mejor es que toda esa coreografía de la impotencia tiene lugar en el límite del fracaso, sin que el final sea nunca rotundo y demasiado claro, especialmente para el interesado. Y así uno puede seguir ilusionándose en evitar la derrota.
Y eso, exactamente, le ocurre cada año a una gran parte de la población española aficionada...
La vida que a menudo toca a la mayoría es una mezcla de expectativas infundadamente altas, mala suerte y decisiones equivocadas. Hay momentos buenos, sin duda, pero suelen ser cortos. La mediocridad es estadísticamente irrefutable, sino el mundo sería un caos. Y lo mejor es que toda esa coreografía de la impotencia tiene lugar en el límite del fracaso, sin que el final sea nunca rotundo y demasiado claro, especialmente para el interesado. Y así uno puede seguir ilusionándose en evitar la derrota.
Y eso, exactamente, le ocurre cada año a una gran parte de la población española aficionada al automovilismo a mitad de invierno.
Me he perdido con las reglas de la Fórmula 1, cuesta seguirla. Pero debido a algún extraño sentido patriótico, del que también juraría estar desprovisto, cada temporada nace en una ilusión irracional con las noticias que llegan desde el paddock de turno —o quizá sea el taller— sobre el momento definitivo en que Fernando Alonso volverá a ser lo que fue. Este año sí. La ilusión, sin embargo, se desvanece en la primera curva cada temporada. O de la pretemporada, como hace una semana en Bahréin, cuando el Aston Martin, no precisamente el de James Bond, se quedó parado en medio de la pista y tuvo que ser arrastrado por una especie de patinete mecánico.
Alonso tiene 44 años, es el piloto más viejo de la era moderna. Y van ya 13 años desde aquel campeonato que perdió el campeonato con Vettel subido a un Ferrari. Pero da igual. La alonsomanía sigue intacta año tras año, también entre la generación Z, que encuentra en ahí una manera de entender el motor que no vivieron y que alguien les dijo que no era tan aburrida.
Alonso es la nostalgia, la ambición por rebobinar una vida y volver a vivirla 20 años atrás. Daría igual si Carlos Sainz Jr gana el Mundial, porque si lo gana el asturiano, todos volvemos a ser jóvenes, regresamos a 2005. Alonso es el factor humano de un deporte donde reina la tecnología, los simuladores, la Inteligencia Artificial y los pilotos de Play Station. Él sí sabe entender un motor con solo escucharlo, nos cuentan.
Alonso, sus 32 victorias —y esa 33 que no llega desde hace más de una década—, nos representa a todos en ese drama que implica pensar que la vida puede llegar a ser un mecanismo de lógica encadenada. Pero hay que verlo de otra forma. No es el piloto del fracaso, es el de la expectativa eterna. El hombre que cada temporada sigue rascando décimas imposibles a un coche que no es lo suficiente bueno para su talento y continúa convenciendo a equipos y a miles de aficionados de que el milagro está a una mejora aerodinámica de distancia.
La gloria iba a volver con Ferrari, luego otra vez con McLaren. Parecía definitivo cuando regresó al origen en Renault, marca fetiche de aquellos mundiales que interrumpieron los aperitivos de domingo de media España. Y ahora 2026, con Adrian Newey, el mejor ingeniero de la historia. Un hombre infalible que ha revolucionado y llevado al podio a todos sus equipos. Pero su asociación con Alonso, tiene pinta, logrará también que para él sea un año en blanco. Hay algo de profecía maldita, una suerte de sortilegio oscuro y profundo. Quizá la grandeza del asturiano no estuviera en lo que ganó, sino en que nunca dejó de parecer posible. La única manera de vivir.