Jawad El Yamiq contra el destino
En el momento en el que te das cuenta de que ni la mejor de tus intenciones ni el mejor de tus esfuerzos será suficiente para evitar un destino irreversible, la mejor idea puede parecer abandonar la partida
Cafú, Pablo Aimar, los hermanos Milito, Jorge Valdano, Frank Rijkaard, Miguel Pardeza, Chilavert, Juan Señor, Juan Eduardo Esnáider, Roberto Fabián Ayala, Nayim, David Villa, Alberto Zapater, Fernando Morientes, Gerard Piqué.
Después de tanto ídolo con solera, en medio de la desesperanza, llegó Jawad El Yamiq al Real Zaragoza. A estas alturas de la película, hacer historia en el fútbol parece una di...
Cafú, Pablo Aimar, los hermanos Milito, Jorge Valdano, Frank Rijkaard, Miguel Pardeza, Chilavert, Juan Señor, Juan Eduardo Esnáider, Roberto Fabián Ayala, Nayim, David Villa, Alberto Zapater, Fernando Morientes, Gerard Piqué.
Después de tanto ídolo con solera, en medio de la desesperanza, llegó Jawad El Yamiq al Real Zaragoza. A estas alturas de la película, hacer historia en el fútbol parece una dicha reservada para los elegidos. Sin embargo, aún quedan —o quedaban— algunos récords imposibles por romper. Jawad El Yamiq, un imponente central recién incorporado en el mercado de invierno desde la estrambótica final de la Copa África, cogió el testigo de aquellos héroes de antaño en el minuto 25 del último partido contra el Éibar. Cuando estás en los infiernos, colocarte décimo octavo en lugar de vigésimo primero de la Segunda División y salir del descenso es mucho más trascendental que cualquier heroico triunfo en la Recopa del 95.
El Yamiq pareció cantar donde nada existe —en Zaragoza no existe casi nada de lo que un día existió— y “surcó los cielos”, que decían en Gol Play, para anotar el 1-0 con un cabezazo. En un equipo a la deriva, en un contexto de lluvias interminables que entristecen el alma, El Yamiq fue el único rebelde capaz de desafiar al destino. Aquello duró menos de una hora. Con la misma buena voluntad, en el minuto 54 El Yamiq volvió a enterrar a su equipo marcándose en propia puerta. “A las buenas ideas no se las ve llegar”, escribió en su columna del viernes Juan José Millás. Y es que en el momento en el que te das cuenta de que ni la mejor de tus intenciones ni el mejor de tus esfuerzos será suficiente para evitar un destino irreversible, la mejor idea puede parecer abandonar la partida. El Yamiq se autoexpulsó sin explicación en el minuto 92, convirtiéndose en el primer jugador de la liga española que consigue esta machada. El Zaragoza, entretanto, se consolida como penúltimo.
Intento convencerme de que Ona, mi hija, es una vida sin destino, con todas sus posibilidades intactas. Pero incluso los dioses tienen su final escrito. Por qué si no, Thibaut Courtois, el mejor portero de la historia, cayó a plomo sobre el césped del Da Luz de Lisboa después de otro cabezazo. El que acometió la única persona en todo el estadio que cinco segundos antes desconocía que un gol más clasificaba a su equipo y por eso se dedicaba a perder tiempo mientras sus propios aficionados le insultaban. Fue el portero rival, Anatoli Trubin, quien hizo claudicar al gigante. Era el minuto 97. Por qué si no, se repetía la historia que, cuatro minutos antes, en el 93 de hace ya casi 12 años, hizo lamer a Courtois el sabor de esa misma hierba cayendo en la misma portería, hacia el mismo lado, después del mismo cabezazo. No importa lo grande que seas si el destino quiere verte de rodillas.
Ahora, cuando Ona apenas acaba de cumplir seis meses, se me ha hecho tarde para algunas cosas. Para que me importe, por ejemplo, que mi equipo juegue cada vez peor. Ahora ya no importa admitir que nada importa más que ella y, por ende, uno queda desprotegido para siempre una vez se ha comprobado de sobra que los designios del destino pueden caprichosos y macabros.
Lo que me gusta de Ona es que, como El Yamiq, parece que canta donde nada existe. Ni a El Yamiq ni a Ona les importa la fatalidad del mundo de hoy ni los ecos de ídolos pasados. Su instinto vital es pura rebeldía. Detrás de Ona está el peso de la historia y la niña hace oídos sordos. Ona ríe —ya rio— como si nadie hubiera reído antes. Y andará como si ella inventara el andar, y pintará como si Goya, Picasso o De Kooning jamás hubieran existido. Ona es la dulzura de las primeras veces. Ojalá los adultos maltrechos sepamos allanarle el camino hacia sí misma.
Al destino le pido que no sea duro con ella. Y a ella, solo un leve consejo: que a pesar de todo nunca —¡nunca!— se autoexpulse antes del final de la partida.