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El gatillazo de Ilia Malinin trastorna el hielo de Milán

El favorito se cae dos veces y se proclama campeón el kazajo Mijaíl Shaidorov

Ilia Malinin, en la prueba de este viernes.Jamie Squire (Getty Images)

Simone Biles aplaude compasiva en la grada. Ilia Malinin, el dios expulsado del olimpo, llora. Recibe su calificación: 156,33 puntos, octava posición, y se levanta. Su primera derrota en dos años. Se acerca a la silla caliente y felicita con el alma a Mijaíl Shaidorov, el sorprendente kazajo de Almaty, de 21 años, que, representando a la vieja escuela rusa, se proclama campeón olímpico.

La grandeza de los Juegos. Nadie es sobrehumano. Tampoco Malinin, el virginiano que llegó al mundo para revolucionar el patinaje artístico y que solo conocía la perfección. Tan perfecto, que no emociona, decían. Solo emociona cuando se cae, lo hizo dos veces, y despierta ganas de levantarse, saltar al hielo, y abrazarlo como abrazan él, y todos los patinadores, los peluches que inundan el hielo al final de sus actuaciones.

El dios del quad es por una noche, al menos, Shaidorov, que, entrenado en Sochi por Alexéi Urmanov, oro en Lillehammer 94, clava cinco cuádruples perfectos, incluido uno como segundo salto en una combinación extrema iniciada con un triple Axel. Logra, el día más importante, la mejor puntuación de su vida.

Fue la peor actuación de Malinin, que dejó al mundo boquiabierto con sus siete cuádruples maravillosamente cerrados en la final del Grand Prix, en noviembre. Después, nunca alcanzó el mismo nivel. Tampoco en los dos ejercicios con que contribuyó en Milán al oro por equipos de Estados Unidos.

Dos caídas. Solo sobreviven de su programa único de siete cuádruples, un simple Axel en vez del cuádruple que todo el mundo deseaba y que, como un elemento maldito, nadie ha podio aterrizar en unos Juegos Olímpicos.

Últimas prácticas, ayer por la tarde, en Bérgamo, no en la pista olímpica. Nada de TikTok, su máximo vicio, porque no aguanta que más o menos cada 10 scrolls de pantalla le ataque la vista un vídeo suyo, y lo que quiere es algo divertido, porque aunque no tenga edad ya para serlo, ya ha cumplido 21, se sigue sintiendo un adolescente que vive con sus padres en casa, que encima le entrenan, y cuando patinan hablan de qué van a cenar, y cuando cenan de cómo va a hacer un cuádruple Axel. No cafeína, sí chocolate. Una barrita de Hersheys antes de saltar al hielo. Mantiene el suspense. ¿Intentarás el cuádruple?, le preguntan en la previa. “Iré a por todo”, responde. Pero no lo ensaya en los minutos de calentamiento.

Ilia Malinin lleva la excitación en el motor de serie. No necesita estimulantes, ni los necesita el público, que llena el pabellón de hielo en las afueras de Milán. Expectación propia de los grandes acontecimientos. Y una explosión. Y un grito. ¡Ay!

Malinin, revolucionario, hijo de patinadores rusos emigrados a las afueras de Washington, ha llegado al patinaje para definir una era. Para que lo que ocurrió antes de él, tantas cosas, en la historia, se distinga en los libros con la marca AM, antes de Malinin. Todo lo que ocurra después de un viernes 13 de febrero en Milán se conocerá, ha decidido, como DM, después de que Malinin estrene en una pista olímpica su cuádruple Axel, y con él, seis cuádruples saltos más. Es el Quad God, el dios de los cuádruples, de todos, el Lutz, el Salchow, el loop, el toeloop, el flip, el Axel, el máximo representante de una era que a los estilistas asusta, porque están tan puntuados los saltos que quien quiera existir en el mundo del patinaje tiene que saltar y saltar. Entrenar técnica, entrenar técnica. Olvidar el lado artístico.

Se acercó tanto al sol que sus alas se quemaron. El mito de Ícaro regresa al deporte todos los días. Pero el deporte es eso. Malinin es eso: la búsqueda de los límites para superarlos.

Como él, también tropieza y cae el segundo gran favorito, el japonés Yuma Kagiyama, que interpreta a Turandot hasta las últimas consecuencias, la muerte por amor, el suicidio sobre el hielo. Por eso Malinin salta confiado. Siente que la victoria es segura. Y se hunde.

La memoria muscular, tantas repeticiones over and over again, siempre le ha llevado en vuelo, él solo se encargaba de la expresión. Intrépido. Ambicioso. Predestinado. Ilia Malinin patina para convertirse en campeón olímpico y también para que los guardianes de las llaves del patinaje le concedan al fin el derecho a llamarse sucesor de Yuzuru Hanyu, el último dios reconocido en el olimpo, que nunca fue más grande que el día que se cayó, en la final de Pekín, intentando cuadrar un Axel. Hanyu, que ya lo había ganado todo, que era imbatible, decidió que no podía retirarse sin ser el primero que llevaba a unos Juegos Olímpicos el salto más complicado, pues se ejecuta girando hacia el frente, lo que exige media vuelta más. La búsqueda del honor máximo que no habría necesitado para ganar le llevó al suelo.

Malinin cayó también al intentarlo. La señal de la grandeza que un día alcanzará definitivamente.

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