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Autocracia

La pregunta no es si democracia y autocracia pueden convivir, sino cuál de las dos termina ordenando las reglas del juego. Y ahí no hay simetría posible, cuando la autocracia avanza, la democracia no coexiste, retrocede

José Antonio Kast y Donald Trump en Miami, el 7 de marzo. Kevin Lamarque (REUTERS)

Este mes se dio a conocer el informe 2026 de Varieties of Democracy (V-Dem), iniciativa de alcance global, nacida hace más de dos décadas, a partir de un taller sobre democracia coorganizado por Axel Hadenius y David Altman en el Instituto de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ese encuentro dio origen a una conversación académica entre Staffan Lindberg, Michael Coppedge, Jan Teorell y David Altman, en la que se instaló la convicción de que era necesario mejorar radicalmente los indicadores con que se mide a la democracia. Desde 2017, el instituto V-Dem, con sede en la Universidad de Gotemburgo (Suecia), publica anualmente un reporte sobre el estado de la democracia en el mundo. Los datos más recientes terminan por confirmar una tendencia que informes previos ya venían advirtiendo, que el ciclo de expansión democrática iniciado con la “tercera ola” de democratización está siendo desmantelado. El diagnóstico no apunta a problemas parciales o retrocesos acotados, sino que describe una reversión histórica de gran escala, en la que casi todos los componentes de la democracia muestran un deterioro respecto de hace 25 años.

El informe formula una advertencia severa, que la democracia global habría retrocedido a niveles comparables con los de 1978, lo que equivale nada menos que a medio siglo de retroceso. Según estos datos, hoy existirían 92 autocracias y 87 democracias, mientras más de dos tercios de la población mundial vivirían bajo regímenes autocráticos, es decir, sistemas en los que el poder efectivo se concentra en una persona, una élite reducida o un grupo gobernante, sin controles eficaces por parte de la ciudadanía, el Parlamento, la Justicia, la prensa o la oposición. Sin embargo, aunque la alarma es atendible, una lectura políticamente productiva del informe requiere preservar una mínima distancia crítica. El documento acierta al advertir el deterioro de la libertad de expresión, la integridad de los procesos electorales, la libertad de asociación y los controles al poder en diversas partes del mundo, pero el riesgo comienza cuando el diagnóstico deja de ser una herramienta de interpretación y se transforma en profecía, o cuando la complejidad de las trayectorias regionales queda subsumida en una narrativa única de derrumbe o colapso de la institucionalidad política.

En este punto conviene decir algo incómodo. La democracia no vale porque garantice siempre gobiernos eficaces, ni la autocracia es rechazable solo por una objeción moral abstracta. La superioridad de la democracia radica en que distribuye el poder, protege libertades y permite corregir errores sin convertir al adversario en un enemigo a destruir. La autocracia, por el contrario, concentra poder, erosiona los controles y transforma el disenso en amenaza. Puede parecer más expedita para abordar problemas puntuales, pero rara vez ofrece mayor seguridad a los ciudadanos. ¿Pueden convivir democracia y autocracia? Sí, pero no como modelos equivalentes dentro de un mismo marco normativo. Conviven en el sistema internacional, conviven en las regiones y, con frecuencia, se combinan de manera inestable en regímenes híbridos, que se caracterizan por elecciones sin cancha pareja, una oposición legal pero hostigada, prensa nominalmente libre pero intimidada, tribunales que existen, aunque cada vez con menos fuerza. Ese es, probablemente, el principal aprendizaje que América Latina debería extraer del informe; el riesgo regional no es solo el retorno de la dictadura cerrada del siglo XX, sino la creciente normalización de la autocracia electoral del siglo XXI.

Aquí aparece, sin embargo, una advertencia sobre los énfasis del informe, su tendencia a reforzar una narrativa global de colapso puede ser exacta, pero resulta insuficiente como brújula regional de lo que sucede en la región. América Latina no vive un solo proceso; vive varios a la vez. Democracias resilientes, democracias fatigadas, populismos plebiscitarios, autocracias consolidadas y regímenes bisagra que todavía disputan su dirección. Mirar a la región únicamente como otra estación de la ola global puede confundir más de lo que aclara. Lo más probable es que el deterioro regional no adopte la forma de una cadena de pronunciamientos militares ni de una desaparición abrupta de las elecciones, sino que sea algo más sutil y quizá más persistente; presidentes investidos de legitimidad plebiscitaria y con pocos contrapesos, congresos degradados, sistemas judiciales subordinados al poder, medios hostigados y ciudadanos cada vez más dispuestos a ceder libertad a cambio de orden, identidad o castigo al adversario. En eso el informe es certero, la censura a los medios, la represión de la sociedad civil y el deterioro de la deliberación se han convertido hoy en tácticas centrales de la autocratización.

La pregunta decisiva no es si democracia y autocracia pueden convivir, sino cuál de las dos termina ordenando las reglas del juego. Y ahí no hay simetría posible, cuando la autocracia avanza, la democracia no coexiste, retrocede. Desde la perspectiva chilena, el informe no coloca al país en el centro del problema, pero sí nos entrega una señal relevante; Chile sigue siendo clasificado como una democracia liberal y aparece entre los casos que aún resisten dentro de una región marcada por trayectorias cada vez más inestables y desiguales. Sin embargo, esa constatación no autoriza ninguna complacencia. También para Chile, el riesgo no consiste solo en una ruptura abrupta, sino en la erosión gradual de los contrapesos, en la tolerancia creciente frente a los abusos del poder y en la tentación de sacrificar libertades en nombre del orden.

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