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Infraestructura verde como justicia territorial

La naturaleza urbana y la infraestructura verde son inversiones estratégicas, no adornos paisajísticos (...) Chile dispone hoy de evidencia suficiente para avanzar con decisión

Vista aérea del Parque Quinta Normal, en Santiago (Chile), en junio de 2025.Cristobal Venegas

El aumento sostenido de las temperaturas urbanas ha desplazado el debate sobre áreas verdes desde el plano ambiental hacia el de la salud pública y la equidad territorial. Hoy, ‘enfriar’ las ciudades no es solo deseable: es una condición para sostener la habitabilidad urbana en un escenario climático cada vez más exigente, especialmente para niños, personas mayores y comunidades que viven en entornos con baja cobertura vegetal y que son, especialmente, afectadas por el calor.

En este contexto, un estudio reciente de Corporación Ciudades detectó las “zonas frías” dentro de comunas que enfrentan las mayores olas de calor durante los veranos. Se trata de sectores con alta presencia de vegetación capaces de reducir de forma significativa la temperatura superficial. La magnitud del efecto es clara: el Parque Santiago Amengual, en Pudahuel, presenta hasta 5,5 °C menos que el promedio comunal; el Parque de los Reyes, en Quinta Normal, registra una disminución de 4,6 °C; y el Parque San Luis Orione, en Cerrillos, alcanza 3,4 °C menos que su entorno inmediato.

La evidencia confirma lo que múltiples estudios urbanos han documentado: la infraestructura verde como las vías arboladas, los suelos permeables y el diseño orientado a maximizar sombra y evapotranspiración convierten a parques y plazas en infraestructura climática estratégica, cumpliendo un rol funcional en la regulación térmica. Por ello, diversas ciudades en el mundo han integrado explícitamente el enfriamiento de puntos de la ciudad en sus instrumentos de planificación urbana.

Un ejemplo es Madrid, donde la iniciativa Madrid+Natural desplegó soluciones basadas en la naturaleza, incluyendo fachadas verdes, restauración fluvial, más bosques urbanos y superficies permeables. Entre sus actuaciones destacan la instalación de techos verdes en edificios públicos y la renaturalización del río Manzanares, fortaleciendo su función como corredor ecológico. A esto se suma Madrid Nuevo Norte, cuyo parque central —de más de 14,5 hectáreas— proyecta reducciones térmicas de entre tres y cuatro grados, incorporando el denominado “Jardín del Viento”, concebido para generar un microclima propio.

Una lógica de red también se observa en Medellín, donde desde 2016 el programa Corredores Verdes articula avenidas arboladas, jardines verticales, quebradas y parques. La estrategia ha permitido disminuir cerca de 2 °C la temperatura urbana y mejorar la calidad del aire mediante más de 30 corredores y 120 parques interconectados, con cifras que sorprenden: sembraron 120.000 plantas, 12.500 árboles en carreteras y parques, 2,5 millones de plantas más pequeñas y 880.000 árboles en toda la ciudad.

Algunas urbes han avanzado con transformaciones estructurales de altísimo nivel. En Seúl, la recuperación del río Cheonggyecheon —tras eliminar 5,8 km de autopista elevada— generó un corredor urbano que reduce entre 3,3 °C y 5,9 °C la temperatura respecto de vías próximas. París alberga el primer y más grande sistema de refrigeración urbana de Europa. Cuando la temperatura del agua en el río Sena está por debajo de los 8°C, se utiliza para proporcionar ‘enfriamiento gratuito’; y Guangzhou ha conseguido reducciones de entre 2 y 3 °C en su distrito central mediante enfriamiento centralizado como parte de un moderno centro urbano verde y ecológico en el área central del desarrollo de Pearl River New City.

La conclusión es consistente: la naturaleza urbana y la infraestructura verde son inversiones estratégicas, no adornos paisajísticos. Sus beneficios en reducción de riesgo, resiliencia y calidad de vida están ampliamente documentados, y Chile dispone hoy de evidencia suficiente para avanzar con decisión. El reto principal ya no es demostrar el efecto térmico de los parques, sino escalar estas soluciones con criterios de equidad territorial.

Esto supone focalizar inversiones en barrios con mayor vulnerabilidad al calor, resguardar el arbolado existente, incorporar estándares de confort climático en nuevos desarrollos y concebir los espacios públicos como parte de un sistema interconectado. En una ciudad que inevitablemente seguirá calentándose, la infraestructura verde debe asumirse como elemento esencial y, sobre todo, como un derecho que llegue de manera justa a todos los territorios.

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