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La geopolítica inestable de Trump

El presidente de Estados Unidos sin duda produce efectos y actúa como catalizador de cambios, pero eso no equivale a tener la capacidad de institucionalizar un nuevo orden

Los momentos de crisis del orden internacional suelen ir acompañados de diagnósticos apresurados sobre las características de un nuevo orden global. Sin embargo, la experiencia histórica muestra que entre una cosa y otra se abre un período más largo y menos visible, marcado por inestabilidad, disputas por las reglas y ausencia de consensos mínimos. Es bastante claro que hoy estamos en uno de esos momentos donde, como señaló el primer ministro de Canadá en Davos hace unos días, sabemos que el antiguo orden no volverá. Lo que permanece abierto no es el regreso al pasado, sino la forma del nuevo orden, con reglas, que pueda emerger en un futuro cercano.

La nueva estrategia de seguridad nacional impulsada por Donald Trump se ha convertido en uno de los principales factores de la incertidumbre global actual. No porque inaugure por sí sola un nuevo orden, ni porque pueda reducirse a una simple expresión del declive estadounidense, sino porque acelera y desordena procesos que ya estaban en curso. En ese sentido, el papel de Trump parece ser menos el de un arquitecto que el de un catalizador: intensifica tensiones, debilita reglas y precipita reacomodos, pero sin ofrecer una estrategia políticamente sostenible para modelar de manera duradera las nuevas configuraciones del poder internacional.

No cabe duda de que Trump está provocando reacomodos relevantes. Son muchos quienes anuncian el derrumbe definitivo del orden construido tras la Guerra Fría, basado en reglas, organismos multilaterales y una hegemonía estadounidense que combinaba poder duro con legitimidad normativa. La cuestión de fondo no es si las reglas están siendo vulneradas —es evidente —, sino si existe una ruta compartida hacia un esquema alternativo incluso dentro de la estructura de poder de Estados Unidos.

Aquí emerge el rasgo verdaderamente novedoso del momento actual. En reconfiguraciones anteriores del poder global en Estados Unidos siempre hubo conflictos, disensos y resistencias internas a las políticas de seguridad nacional, pero también acuerdos mínimos sobre reglas, instituciones y objetivos estratégicos. Durante la Guerra Fría existió consenso en torno a la contención del bloque comunista; tras la caída del Muro, el apoyo al multilateralismo liberal y la globalización fue transversal en la élite estadounidense. Incluso hoy, la preocupación por el ascenso chino es ampliamente compartida. Pero Trump ha ido más allá, está dinamitando el sistema que permitió a Estados Unidos sostener su hegemonía sin haber construido nada viable en su reemplazo.

A diferencia de otros momentos históricos, la estrategia de seguridad nacional actual no emana de un consenso mínimo de institucionales ni de una doctrina elaborada colectivamente sino que reposa sobre la personalidad de Trump sin articular al Congreso, dividiendo al propio Partido Republicano y desdibujando a su movimiento MAGA que se siente traicionado en su promesa de repliegue de las guerras. La estrategia y la táctica parecen confundirse con impulsos, gestos y provocaciones, desde el desprecio por el derecho internacional hasta la forma grosera de plantear pretensiones geopolíticas sobre América Latina o incluso Europa como en Groenlandia.

Vale la pena preguntarse entonces por la viabilidad de una estrategia de seguridad que no es compartida ni siquiera por quienes sostienen el poder en el propio país. Trump sin duda produce efectos y actúa como catalizador de cambios, pero eso no equivale a tener la capacidad de institucionalizar un nuevo orden. A ello se suma una fragilidad interna evidente: polarización extrema, conflictos migratorios, causas judiciales abiertas y un escenario electoral incierto en las elecciones de mitad de mandato de noviembre de este año.

Aunque la política de seguridad de Trump carezca de coherencia estratégica y de apoyo interno duradero, sus consecuencias pueden ser mucho más permanentes. El problema es que todavía no sabemos si esas transformaciones avanzarán en la dirección deseada por el propio presidente norteamericano o si terminarán produciendo efectos contrarios. La incertidumbre, en ese sentido, no es solo un riesgo, también es el espacio de la libertad y de la posibilidad de aproximarse a un orden mejor.

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